Juan Pablo Russo
07/02/2019 11:52

En El día que resistía (2018), estrenada en la Berlinale, la realizadora Alessia Chiesa afronta el desafío de realizar una película protagonizada por solo tres niños y un perro. Ambientada en una casa quinta, tres hermanitos y su perro Coco disfrutan de la libertad ante la ausencia de sus padres, pero a medida que el tiempo avanza la libertad da paso a la alineación, los roles se ponen en conflicto, y la oscuridad comienza a caer sobre ellos. "No pretendía hacer una película de terror con niños, sino más bien sobre las dolencias de la infancia pero también sobre la fuerza que la habita", afirma la realizadora en diálogo con EscribiendoCine.

El día que resistía

(2018)

¿Dónde tiene su génesis El día que resistía?
Siempre me intrigó mi propia infancia de la que tengo pocos recuerdos, pero muy intensos. Eso me genera a la vez mucha curiosidad por la infancia de los demás. Es un mundo que me fascina porque es diferente al de los adultos, siento que encierra misterios, vivencias fuertes y formas de ver que hemos perdido u olvidado. El día que resistía nació de las ganas de explorar ese mundo como una mezcla de pasado y presente en el cine.

¿En qué momento decidiste que solo ibas a trabajar con niños prescindiendo de los adultos?
Desde el comienzo. Empecé a escribir y en ninguna de las escenas aparecía un adulto. La historia parte de la idea de una ausencia y yo sentía que esa ausencia tenía que ser palpable, no sólo metafórica. Es una paradoja: la ausencia tenía que "corporizarse". Creo que eso se generó paralelamente con la idea misma de un relato y un punto de vista que se acercaran a la infancia. Me parecía que omitir a los adultos de la imagen ya generaba un dispositivo de trabajo y de narración que permitía ubicar fuertemente el punto de vista desde los niños.

Más tarde, ya con el guión más armado, me cuestioné esta idea como quién hace de abogado del diablo de uno mismo para cerciorarme de que realmente esto era una decisión a defender -riesgosa, sí- y no un accidente.

La ausencia de adultos va acompañada de un "afuera" (de la quinta) que no sé ve, y que fue otro de los cuestionamientos del guion. Pensé en alguna que otra escena la aparición de un paisaje exterior a la quinta o de un adulto, pero rápidamente confirmé que lo que quería era crear un mundo a puertas cerradas, aislado de la palabra y de la presencia adulta. Al romper eso, aunque solo fuera brevemente, decaía la fuerza que contenía ese mundo, se relativizaba. Esos son los cimientos de este relato cuya narración se apoya en un registro diferente al habitual, es un registro que para mí representa el punto de vista infantil.

¿Cuáles fueron las pautas que les ibas dando para que no lo tomaran como un trabajo?
Con Cora Elía (coach) lo encaramos como una suerte de "colonia de vacaciones" poniendo la película como marco. Nos juntábamos con listas extensísimas e inagotables de juegos y actividades para niños, según las edades, según las épocas, según lo que fuera, y pensábamos en cómo éstas se podían relacionar directamente con las escenas de la película o simplemente, cómo estas nos podían acercar a los chicos para construir un puente entre su sensibilidad y la nuestra y así armar algo juntos. Teníamos un amplio repertorio de actividades, que iba desde la lectura de cuentos - el cuento principal siendo la historia de la película -, sesiones de charlas, preguntas e intercambio acerca de éstos, momentos de dibujo y de creación de todo tipo, juegos más habituales como las escondidas o la mancha, y por supuesto, juegos de roles.

Armamos un marco de rodaje en el que la tecnicidad no invadiera las actividades que hacíamos con los chicos, pero tampoco éramos invisibles y los chicos eran conscientes de que estábamos filmando una película. Entre esas actividades había una relación con el equipo, con la cámara, con algunas pautas de rodaje, con la idea de repetir tomas. Para ellos también eso era parte del juego y un desafío a la vez.

¿Qué la cámara esté a la altura de ellos a que se debe?
Es otro de los recursos de puesta en escena que nos acerca a ellos, a ver el entorno a través de esa altura. Refuerza y define claramente el punto de vista.

Fue una de esas cosas que ni me cuestioné. Obviamente teníamos que verlos y ver desde esa altura, agacharse para estar con ellos, acompañarlos y observarlos. La película tiene muchos planos subjetivos en los que la mirada de ellos se confunde con la de la película, es decir nuestra mirada.

Si hubiéramos puesto la cámara a altura "media" o "normal" (de los adultos), eso hubiera significado imponer el punto de vista adulto por sobre el de los niños. No habríamos visto a los niños desde el mismo lugar, uno cercano a ellos, lo cual habría sido contradictorio con la apuesta de la película.

La película es sobre niños pero no es una película infantil, sino que va atravesando varios géneros, y en un punto llega al terror, ¿Qué te llevó a querer contar la historia de esa manera?
Creo que lo que quise hacer fue acceder a un mundo de manera íntima, generar una atención sostenida en él durante el espacio y tiempo de la película y estando ahí mismo hacerlo evolucionar en un marco de ficción que también pudiera abordar las zonas más oscuras, desconocidas, de la infancia. Esa oscuridad es una mezcla de varias cosas, somos nosotros y nuestro punto de vista sobre los niños, son las vivencias fuertes que atraviesan los niños y su manera de lidiar con ellas, son los cuentos que están teñidos de terror en sí. En definitiva, es la experiencia de contraste de la vida en todos sus momentos, y que es menos habitual ver o hablar de ella en la infancia. Porque frecuentemente los adultos pensamos que los niños son solo belleza y fragilidad. También tenemos miedo a lo oscuro, como si fuera algo terrible, con lo cual unir eso a la infancia parece un sacrilegio. Pero los niños son seres humanos y como todos nosotros, viven la oscuridad. Creo que la película, como bien decís, va atravesando diferentes estadios, sólo para que el mundo infantil sea visto en otras dimensiones. De todas maneras, es una ficción. No pretendía hacer una película de terror con niños, sino más bien sobre las dolencias de la infancia pero también sobre la fuerza que la habita.

¿La pensaste en cierta forma como los cuentos infantiles que parecen naif pero que terminan escondiendo situaciones terroríficas?
Sí. La forma de la película adopta esa lógica. Hace un arco entre una visión que nos parece realista, porque es la visión que estamos acostumbrados a tener, de los niños en situación de juego, despreocupación, alegría; y una visión terrorífica, que está más del lado del cuento fantástico. La película nunca abandona el terreno de lo real. Como en los cuentos, el mismo bosque bucólico se vuelve amenazante por las noches, lleno de misterios y peligros. La oscilación entre una cosa y otra, la ambigüedad, creo que es lo que da más miedo.

El día que resistía está hecha por fuera del INCAA, ¿cómo fue el proceso de producción y su posterior distribución para llegar al estreno?
Fue una producción muy pequeña e independiente. Tuvimos dos apoyos fuertes de producción: Mecenazgo de la ciudad de Buenos Aires y la Universidad del Cine. La película también ganó premios que la ayudaron a terminarse: estuvo en el Work in progress de SANFIC (Chile) donde ganó el primer premio, en el BAL (BAFICI) ganó 2 premios, y en un festival de Portugal ganó el 2do premio. Todo eso fue fundamental para que la película se terminara bien en una etapa que es realmente muy costosa y exigente.

Hay una frase que dice que no hay que trabajar ni con perros ni con niños ¿lo volverías hacer?
¡Sin ninguna duda!

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