Rolando Gallego
09/12/2018 12:41

Ganadora de dos Osos de Plata en el Festival de Berlín, y de los premio a la mejor ópera prima y dirección  el marco de los Premios Fénix, Las herederas (2018) de Marcelo Martinessi, explora la relación entre dos mujeres que se conocen en medio de situaciones particulares. Tras algunos documentales, el debut en la ficción de Martinessi marca un nuevo rumbo en el cine paraguayo, en un año en el que varias producciones lograron cifras de taquilla considerable y la Ley de cine es sancionada.  “Mi generación nació en un país varias veces invisible. Y crecimos sin escuchar nuestro ‘acento paraguayo’ hablado en el cine”, sostiene en una charla exclusiva con EscribiendoCine.

Las herederas

(2018)

¿Cómo surge la idea Las herederas?
Desde hace años tenía ganas de hacer una película de mujeres, inspirada, en gran medida, en mis memorias de infancia. La construcción del guion partió de ideas fragmentadas que de a poco me fueron acercando al corazón de la historia. Cuando escribo, nunca me viene a la cabeza un mapa completo. Parto, como en este caso, de caminos posibles y más que nada de incertidumbres. Escribí Las herederas pensando en la generación de mis padres, hija del autoritarismo, que no se animó a romper lazos, al igual que la Chela del principio de la película. Una generación estática, víctima de la inercia, que se ha ido encerrando en una cárcel inconsciente y elegida. Entonces, cuando el sistema de relaciones se vino abajo y tuvieron que tomar las riendas de su propia historia, entraron en crisis. Me parecía que el personaje central podía ser cualquier hombre o mujer, más allá de su identidad social o sexual, pero que haya vivido una historia de autoritarismos y libertades, a veces reales, pero otras veces imaginarias. Entender el encierro en todas sus formas fue crucial a lo largo del proceso de escritura.

El casting es clave, ¿Cómo lo encontraste?
Más que un casting en sí, yo hablo con las personas, las conozco mejor y descubro si podré o no trabajar con ellas. En este caso, necesitábamos mujeres que pudieran moverse, hablar y relacionarse de forma natural con ciertos códigos sociales que son difíciles de imitar, porque pueden volverse muy caricaturescos. Así que no quería que las actrices interpretaran personajes demasiado lejos de quiénes son. Como sé muy poco sobre métodos de actuación, tengo inseguridad de trabajar con ellos. Entonces les pedí ensayar tanto como fuera posible, más por mi propia necesidad que por la de ellas. Ana Brun (Chela) fue la primera en llegar a la película. Nos conocimos a través de un amigo en común. Ella tenía algo de experiencia teatral pero nunca había hecho cine. Asumiendo que se trataba también de mi primera película, le pedí ayuda con el casting. Así, juntos, fuimos encontrando a Chiquita, a Angy, a Pati y a Pituca, todos personajes con relaciones muy cercanas al personaje interpretado por Ana Brun. Me llamó la atención que las tres actrices principales, Ana Brun, Margarita Irun y Ana Ivanova Villagra, tenían algo en común: estaban ansiosa por tener nuevos desafíos. Entonces, más allá de la preparación actoral que tuvieran, ellas traían al set sus historias y experiencias de vida. Para cualquier director, esa confianza e intensidad es muy valiosa, y hace que se vuelva mucho más interesante trabajar en una película.

¿Y la casa? Porque es un actor más…
Desde el guion, la historia está pensada para pocas locaciones. Y la casa, al ser central en una historia de despojos y oscuridades, ha sido siempre eje de la narración. Con Carlo Spatuzza, director de arte, venimos trabajando juntos desde hace años, en varios proyectos. Y ahora se dio una oportunidad única, para ambos, de retratar una clase social más cercana al universo en el que nos movemos cotidianamente, a partir de una historia urbana de personajes ubicados en la periferia de las clases acomodadas. La casa está pensada con mucha honestidad. Y por las particularidades de esta producción, pudo hacerse desde cero. Carlo propuso los empapelados, muebles, cortinas y fuimos viendo todos los detalles de color y textura en conjunto con el DF Luis Arteaga, hasta llegar a algo con lo que todos estemos cómodos. Pensamos además con Luis acerca de las formas de sentir el encierro en el modo de iluminar y de filmar la casa.

¿Tuviste apoyo para ir a los Festivales o corrió todo por tu cuenta?
Para el estreno mundial en la Berlinale ha habido apoyo de instancias públicas de Paraguay y Brasil. En este tipo de proyectos no disponemos de fondos para que el recorrido de festivales ‘corra por cuenta propia’, entonces a partir de marzo viajé a los festivales que invitaron a la película y además me invitaron a presentarla. Estuve en Australia, India, Egipto, Rumania, Corea, Escocia, España, Noruega, Suecia, Suiza, Eslovenia, Francia, Alemania, Estados Unidos, México, Colombia, Perú, Brasil. Viajé mucho y creo que es tiempo de tomarme un descanso y volver a la vida cotidiana de ir al super y regar las plantas. Eso me va a ayudar a pensar en un próximo proyecto.

¿Fue difícil conseguir la financiación? ¿Qué tipo de fomentos conseguiste para filmar?
En Paraguay aún no tenemos fondos concursables de cine, aun no hay Instituto. Entonces financiar una película es toda una aventura. La mayoría de los fondos vinieron del exterior, es una coproducción de seis países. Pudimos hallar colegas de Uruguay, Alemania, Francia, Brasil y Noruega que creían tanto como nosotros en el guión de la película y en su urgencia. Para Sebastián Peña y para mí, era importante que Paraguay fuese el productor principal. En nuestro país tuvimos apoyo de fondos destinados al arte (Fondec) y a la cultura (Secretaría Nacional de Cultura y CCR El Cabildo), pero al no haber políticas públicas bien delineadas, se trata aun de fondos discontinuos y que no están específicamente destinados al cine. Lo bueno de esta experiencia es que, en conjunto con gente muy voluntariosa en algunas de la instancias públicas, ha habido todo un proceso de debate y de ajuste para que se entiendan los tiempos y las particularidades de lo que hacemos. La idea es que esto cambie ahora que se promulgó una ley.

¿Cómo ves la Ley de cine? ¿Ayudará a poder seguir trabajando?
Ojalá que sí, pero eso aún está por verse. La Ley está un proceso de regulación.

Ahora con el espaldarazo de premios ¿será más fácil encarar el nuevo proyecto?
El proceso de armado de un proyecto y su financiamiento es siempre delicado. Pero para mí, y esto es algo muy personal, más allá de que los premios puedan alivianar el camino, lo difícil siempre va a ser entender las razones que generan esa urgencia por contar algo, y luego dar a ‘ese algo’ una forma narrativa.

¿Qué respuesta tuviste en materia de espectadores en Paraguay?
Tuvimos un enorme apoyo de la prensa. Entonces, la respuesta inmediata tras el estreno y los dos Osos de Plata en la Berlinale ha sido maravillosa. Las actrices fueron recibidas en el aeropuerto como estrellas de rock. Pero, era de esperar, apenas se iban enterando que la historia tenía como eje a una pareja de mujeres, algunas personas cambiaron de parecer. Esto se vio incluso en las reacciones negativas de algunos políticos, que insisten en aferrarse al pasado. En Paraguay, un país extremadamente católico y conservador, no importa si robás, si sos un narco o un asesino. El único pecado es el deseo. De todos modos, la película hizo un buen número de espectadores y, sobre todo, consiguió salir de los cines para instalar debates urgentes en un país que necesita mirar al futuro.

¿Expectativas por el estreno en Argentina?
Argentina, y Buenos Aires en particular, han sido históricamente referentes demasiado importantes para la producción cultural de nuestro país. Entonces que lo que hacemos sea visto y apreciado allá es importante para nosotros. Mi generación nació en un país varias veces invisible. Y crecimos sin escuchar nuestro ‘acento paraguayo’ hablado en el cine. Tampoco vimos paisajes nuestros en una narrativa cinematográfica. Entonces entendemos y sentimos al cine como un fenómeno reciente. Y eso nos entusiasma.

¿Por qué la gente tiene que ver Las herederas?
Las herederas es una película honesta, que narra una clase social, un país, una historia íntima, un camino de liberación. Pero nada de eso se completa si el espectador no pone un poco de sí al verla. Hacemos (con nuestro equipo de trabajo) el tipo de cine que nos gusta ver. Y esperamos siempre que pueda conectarse con la gente que esté abierta a nuevas historias.

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