Matías E. González
04/12/2018 10:57

EscribiendoCine dialogó con Ezequiel Inzaghi, director de El jardín de la clase media (2018), película que se enmarca en tiempo de elecciones legislativas en Argentina, con la lista de candidatos a punto de cerrarse. En ese contexto político, aparece el cadáver de una mujer decapitada en la casa de uno de los candidatos a diputado nacional. A raíz del macabro hallazgo, la pareja del aspirante y funcionaria pública, junto con el fiscal designado para el caso, buscan descifrar el misterio que parece implicar un sombrío mensaje de amenaza. “Era muy importante manejar la dosificación de la información de un modo hábil, ya que es un elemento clave en la trama, que los mismos personajes manipulan: sugieren, mienten, disimulan”, sostuvo el cineasta.

El jardín de la clase media

(2018)

El film está basado en la novela homónima de Julio Pirrera Quiroga ¿Cómo llegaste al libro? ¿Qué factores te incentivaron a llevarlo a la pantalla grande?
Llegué a través de Enrique Liporace, quien es amigo de Julio hace muchos años, y me recomendó que lo lea porque le veía mucho potencial para que se convierta en película. Era un borrador y aún no se había publicado. Al leer las primeras páginas, ya comencé a imaginarlo como film y cuando terminé el primer capítulo supe que quería adaptarlo y dirigirlo. Tenía conexiones con un cine que siempre me resultó muy atractivo, las películas de gangsters, y directores como Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, Quentin Tarantino, David Fincher y Guy Ritchie. Además, desnudaba la corrupción como un hecho sistémico que contamina todo. Julio es un autor muy interesante, que retrata muy bien el mundo de la política, cuenta historias muy atractivas y crea personajes fascinantes.

El jardín de la clase media es un thriller político, en el que no solo estás como director sino también como guionista ¿cuáles fueron los retos que tuviste que afrontar en el largometraje?
En cuanto a la adaptación, la novela se centraba mucho en el pasado de los personajes. Trabajé mucho la condensación para centrarme en el presente, en el crimen y sus derivaciones, y reservarme dos flashbacks relacionados con el personaje de Eugenia Tobal (Silvina Campás) porque tienen un valor específico en cuanto al camino que transita. Luego, con la autorización del autor, me permití jugar con el universo y los personajes que la novela plantea, modificando algunas situaciones para poder profundizar en las relaciones de poder de un modo tal que se vayan transformando según quienes son los que interactúan.

El objetivo central de los personajes es la construcción de un lugar de poder dentro de la política, y la información con la que cuentan, la que brindan y la que ocultan, es parte vital de su estrategia. Era muy importante manejar la dosificación de la información de un modo hábil, ya que es un elemento clave en la trama, que los mismos personajes manipulan: sugieren, mienten, disimulan. Por eso la presentación del operador oolítico Antonio Gallaretto (Enrique Liporace) y de la jefe de Inteligencia del Estado Beatriz Santaclara (Leonor Manso) es en un partido de truco.

Por otro lado, es una película de focalización abierta, que implica jugar con varias líneas de acción que se van desarrollando en paralelo, con una tensión dramática que debe ir creciendo y que las debe ir integrando, y donde los personajes que creen tener todo controlado, van perdiendo el control. En las distintas versiones del guion fui perfeccionando esos mecanismos y creo que el resultado final es muy poderoso. Logramos una película fuerte, que logra desnudar la corrupción como un hecho sistémico del cual todos pueden terminar siendo prisioneros, por acción u omisión. Y como dicen que sucede con las mafias, una vez que jugas con sus reglas, es muy difícil cambiarlas.

El largometraje está protagonizado por Luciano Cáceres y Eugenia Tobal, cuyos personajes se someten a situaciones peligrosas ¿cómo trabajaste las personificaciones con cada uno de ellos?
Ambos ingresan en un esquema mafioso. Luciano Cáceres (Claudio Sayago) de un modo mucho más consciente. Eugenia Tobal (Silvina Campás) de un modo más inocente, casi sin planteárselo, y en la película la venda le cae de los ojos. La historia comienza en el momento en que la mafia te cobra lo que te da o te reclama lo que no le das o los acuerdos que no respetas. Y en el transcurrir del film, ambos van tomando conciencia de eso. Es una película donde lo oscuro emerge y deben hacerse cargo.

El poder comienza a mostrarse de la manera más siniestra y hay que luchar para sobrevivir, no solo dentro del marco político, sino también sobrevivir literalmente. En ese devenir se desnuda también la ambición, porque el mundo de la política es un mundo de poder, un mundo muy seductor. ¿Cuál son los límites que estamos dispuestos a cruzar en pos de esas ambiciones? ¿Estamos dispuestos a cambiar nuestra valores y principios y adoptar otros códigos sabiendo que si no los respetamos ponemos en juego hasta nuestra propia vida?

La corrupción política es una cuestión que aparece con frecuencia en la agenda de los medios de comunicación y en las conversaciones de la sociedad. Si bien abordaste una ficción, ¿cómo trabajaste este tema que atraviesa todo el film?
La corrupción es un hecho sistémico y lamentablemente cíclico. La novela fue escrita en el 2004, con algunas referencias más explícitas a la década del 90. Ya en las primeras versiones del guion (que tienen casi tantos años como la novela), quitamos esas referencias porque no queríamos que se centrara en aspectos coyunturales. Lamentablemente, casi 15 años después, no perdió un ápice de vigencia. Las discusiones en los medios siguen siendo las mismas. No es casual que el delito que retrata la película tenga que ver con el contrabando, que está en la génesis de los hechos de corrupción de nuestro país. Como tampoco lo es que dicho contrabando esté vinculado con la contaminación, que es lo que termina sucediendo con la política. Un servicio público que debe administrar y establecer reglas en pos del bien común, se convierte en un esquema de negocios para beneficio de unos pocos. Y los que quieren cambiar el sistema, terminan atrapados en las redes de los poderosos y los mafiosos.

La película integró el Festival internacional de cine de Punta del Este ¿Cómo fue la experiencia?
Fue una hermosa experiencia. Primero, porque hicieron un reconocimiento a la trayectoria de Enrique Liporace, grandísimo actor y un gran amigo, a quien admiro y quiero. Luego, porque la película gustó muchísimo y tuvo un gran impacto, ya que desnuda una problemática que no solo es Argentina, sino también mundial. Y, en lo personal, yo vinculo a Punta del Este y Maldonado con lugares donde fui espectador de grandes películas que marcaron mi infancia. Cuando era chico, uno de mis abuelos tenía un departamento allí y, cuando íbamos de vacaciones, mi salida favorita era ir al cine. Hoy, lamentablemente, muchos de esos cines ya no están, pero los uruguayos son maravillosos y tiene una vinculación muy linda con el arte y con el cine, con directores que están triunfando en el mundo, y fue una alegría que formáramos parte tanto del festival de Montevideo como del festival de Punta del Este.

En cuanto a tu futuro en la industria cinematográfica ¿estás desarrollando algún otro proyecto audiovisual actualmente o tenes alguna idea en mente?
Sí, junto con Gustavo Corrado, uno de los productores del film y también guionista y director, estamos evaluando muchos proyectos para 2019. Estamos hablando con Julio Pirrera Quiroga para adaptar otra de sus novelas, aunque todavía no definimos a qué formato (serie o película). También estoy escribiendo un thriller judicial y trabajando junto a Enrique Liporace en un proyecto para cine y otro para teatro. Asimismo, ya comenzamos a trabajar para reestrenar mi primera obra teatral El Dolor de las Hojas, que retrata el drama cíclico y doloroso de las inundaciones y sus consecuencias a nivel familiar y social.

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