Juan Pablo Pugliese
16/11/2018 21:24

Cómprame un revólver (2018) forma parte de la Competencia Latinoamericana de la 33 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. El director de Las marimbas del infierno (2010) y Te prometo anarquía (2015) regresa con la historia de supervivencia de un padre y de su hija en un México donde no hay lugar para las mujeres y la violencia contra los más desfavorecidos es moneda corriente. “México está viviendo un momento muy convulsivo donde la violencia les pega a los más frágiles”, afirma el realizador en una charla con EscribiendoCine.

Cómprame un revólver

(2018)

¿Cómo nace Cómprame un revólver?
La idea surge de querer mezclar Huckleberry Finn de Mark Twain con Mad Max y con béisbol, cine noir, westerm, narcos y un poquito de los niños perdidos de Peter Pan. No suelo hacer películas pensando en otras, pero esta vez me di esa libertad pensando en las cosas que disfrutaba cuando era niño. Recuperar esos momentos de imaginación y trasladarlos al presente del México que me hiere.

Pero vos presentás un México atemporal
Eso viene de Mad Max. Es un futuro apocalíptico pero uno veía la película y los carros son de los setenta y está el problema de la gasolina y la tecnología es vintage. De niño cuando la vi no podía entender de que época me estaban hablando. Era un futuro pero más bien se mostraba un retroceso. En mí película me gustó plantear un futuro pero a la vez hablar del presente y que la frontera sea muy delgada, casi invisible.

¿Cómo fue la elección de tu hija Matilde para el protagónico?
Quería trabajar con ella. Con mis dos hijas. Convivir con ellas y que entendieran mi profesión y que es importante que los niños se empoderen y resistan y no bajar los brazos. Escribí muchas cosas imaginando o viendo a mi hija en esas situaciones. Las maneras de hablar, ciertas reacciones de su rostro. La utilicé a ella visualmente para escribir la película.

¿Y cómo cumpliste ese doble rol de padre y director?
Uno es varias cosas a la vez. Fue cansador que luego de decir corte me tocaba ver que cenaran, que se lavaran los dientes, que se acostaran, escucharlas porque extrañaban a su mamá y mediar en las peleas. También hablábamos del compromiso que firmaron para estar en la película y explicarles que el trabajo de ellas dependía del desarrollo del trabajo de los demás y también dependía de su predisposición y la armonía que podía haber en el set.

Presentaste la película en la última edición de Cannes. ¿Cómo fue la recepción?
Fue muy especial. Se cumplían 50 años de la quincena de realizadores y proyectaron la película justo el día que se cumplía la fecha. Fue muy emotivo y hubo una decisión curatorial de que se presentara ese día y yo lo tomé como una especie de piropo. Los comentarios que dio el director artístico fueron muy halagadores y la función de prensa que fue a las nueve de la mañana estuvo a sala llena. Las funciones de este tipo son las más complejas para un director y más cuando uno está ahí presente y más cuando aplaudieron de pie. Y después el público reconocía a Matilde y le pedía un beso y le tomaba una foto. Igualmente hubo un par de críticas ponzoñosas de revistas americanas cuyo punto de partida es otro tipo de cine.

Muchos críticos compararon tu película con La vida es bella, exceptuando el tratamiento qué hacés de la violencia. ¿Pensaste en la película de Roberto Benigni cuando escribías?
No, pero me gusta la comparación con La vida es bella porque es una película muy accesible a todos pero no es mi tipo de cine. Lo que sucede es que en mi filmografía son historias bastante furiosas donde la violencia no es muy explícita, siempre intento que sea sugerente. No me gusta ver sangre y de hecho a pesar de que la película es violenta no se ve la sangre. Es una especie de homenaje a Sergio Leone donde las muertes son sólo caídas.

Por ejemplo la escena donde liquidan al chófer que transporta a los músicos hacia la fiesta
Lo que pasa es que en las películas de violencia de narcos y crimen organizado lo obvio es sacar eso que es lo que se suele mostrar. Para mí es importante que las películas tengan un nombre y un apellido, que reflejen el mundo de la persona que está detrás de la cámara, la manera en que se relaciona con el cine y su entorno. Por otro lado tampoco quiero estar presente en cada plano, sino que en la suma de las cosas se sienta que hay una persona detrás.

Tu mirada sobre la violencia es muy particular. ¿Cómo lográs retratarla sin banalizarla?
En México la violencia es tal que no se puede tapar y si no se me puede acusar de vivir en Disneylandia. Creo que uno tiene que ser coherente con su lugar y el tiempo que le tocó vivir, retratar y exponerla que es la función del cine o del arte que además de crear comunidad y entidad es como crear memoria y que quede documentado a pesar de que sea una mirada subjetiva. México está viviendo un momento muy convulsivo donde la violencia les pega a los más frágiles, a los más jodidos.

Y darte cuenta de que puede ser en tu país
En la película quise hablar de la gente que vive con fragilidad en México y hacerlo de una manera respetuosa sin banalizar lo que sucede y lo que me gustaría que cambiara y lo que me hiere. A pesar de que la violencia no es democrática, sí lo es la paranoia que crea. Da la sensación de que vivimos en una ruleta rusa, te puede tocar en cualquier momento por estar en la hora equivocada y el país equivocado. Y esa idea es una mierda. México no puede ser el lugar equivocado, ningún país puede ser el lugar equivocado.

¿Y cómo se les transmite a los niños esa realidad?
Los niños actualmente son sumamente listos y tienen acceso a la internet y googlean cualquier cosa y están atentos a las conversaciones. Por más que uno quiera ocultarles algo la información siempre les llega y prefiero que llegue por mí.

Otro de los grandes aciertos de la película es el uso que hacés del humor absurdo en situaciones trágicas como por ejemplo la del niño que perdió su brazo y lo busca
Fue complicado porque el niño realmente perdió el brazo y es un tema delicado, por más que él lo asumía le noté cierta tristeza en la mirada. Entonces intenté ser lo más respetuoso. Cuando me trajeron el brazo se lo di aparte y le pregunté cómo lo sentía y si le parecía bien que apareciera en la película. El diálogo donde habla sobre la mano abierta o cerrada fue algo que él me dijo, lo mismo cuando practica la escritura con la otra mano. A mí me pareció lo más tierno y auténtico, a lo mejor es tonta mi visión pero que a pesar de todo la vida continúa y tengo los medios para superarlo. Recuperar el brazo es una metáfora sobre recuperar la memoria, la importancia de recuperar un pasado a pesar de que se esté pudriendo pero le pertenece.

¿Cómo fue la recepción del público argentino?
Fue muy emotiva. Se acercó gente mayor y jóvenes muy conmovidos. Los argentinos son muy apasionados, sentí ese cariño. Señoras que se tomaron fotos conmigo, o por ejemplo un adolescente que me regaló una novela gráfica que el hacía. Son un público muy especial.

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