Juan Pablo Russo
11/09/2018 12:10

En el marco de la sexta edición del FIDBA, el chileno Mauricio Alamo estrena mundialmente en la Competencia Latinoamericana La Desmemoriada (2018), documental estructurado como el diario de trabajo de la actriz Myriam Palacios, recordada por sus trabajos en el campo del teatro, el cine y la televisión. Entre olvidos y recuerdos, surgen imágenes inéditas capturadas en su casa, narrándonos su vida antes de perder la memoria producto del Alzheimer. "A pesar de la adversidad el trabajo se vuelve fascinante y termina nutriendo la película", afirma en una charla exclusiva con EscribiendoCine.

La Desmemoriada

(2018)

¿Qué te llevo a trabajar sobre Myriam Palacios, la mítica actriz chilena?
Fueron varios los caminos que me llevaron a trabajar con Myriam. El principal fue mi gran fascinación por el mundo del teatro; de niño en el colegio me hicieron leer la obra Mamá Rosa, y con el tiempo tuve la oportunidad de verla, y era fascinante cómo creaba el humor a partir de personajes secundarios o femeninos. Y yo sentía que [#Persona,29964.Myriam] pertenecía a ese mundo de actrices cómicas. Ella rompía con el prototipo físico; siempre me atrajo su carácter irreverente y sabiduría popular. Y eso que comenzó a estudiar teatro de grande, a los 40 años. Era muy atractiva en el sentido de que rompía con la norma de la actriz, tanto en términos físicos, intelectuales y de formación. Myriam corrió mucho riesgo con lo que pensaba y decía, fue una de las pocas actrices chilenas mayores que hizo mucho cine. Y creo que tiene que ver que en la precariedad que vivía el cine chileno de esa época, en los 70 y 80´, ella se la jugaba por estar, y así fue como tuvo la oportunidad de trabajar con muchos directores de su generación, como Helvio Soto, Miguel Littin, Caiozzi, Luis Vera, etc. Era tan simple, trabajaba orgánicamente, con mucha observación, mirando la realidad; era alucinante ver como componía con la voz, con el cuerpo... creo que tenía un control del cuerpo muy fino porque había trabajado en un circo. En realidad, tuvo muchos oficios, desde vender huevos en el campo hasta trabajar con su mamá en cosas relacionadas a la medicina. El punto es que había un tipo de actriz que se estaba extinguiendo, que tenía que ver con estas figuras cómicas como Maruja Cifuentes, Ana González, que venían del mundo del radioteatro, y Myriam había absorbido todo ese universo.

¿Cómo fue el planteo inicial a la hora de pensar cómo construir la historia?
Antes de empezar a construir la historia estuve vagando por diversos textos que yo soñaba hacer con Myriam, como la película en la que trabajamos juntos en el verano del 2005, y estructura un poco La Desmemoriada, Las Golondrinas. Film que trabajó con la poética de Vicente Huidobro, poeta chileno representante del creacionismo, ligado al movimiento surrealista, junto con Juan Emar. Otro de los textos que hicimos con Myriam, cuando ella está vestida de verde, lo tomamos de un cuento que se llama Yo he visto un pájaro verde. A partir de estos textos, más la adaptación de una obra de teatro que se llama Los días felices, de Samuel Becket, se fue construyendo la historia: de cómo elaboraba esta actriz que ya comenzaba a olvidar, producto del Alzheimer. En esto radica la magia y el misterio que me hizo acercar a concretar la película e imaginar que paralelamente a estos trabajos que yo le ofrecía de ficción, era consciente de que quería hacer un documental sobre ella, como se acercaba a los textos desde otros lugares que no tenían que ver con la memoria. Ella trabajó mucho el mundo de los colores, del sonido y la mirada, tres elementos que también me dejaban tener en claro cómo construir el relato. En cada visita que hacía a su casa para ensayar los guiones, siempre estaba la propuesta de que iba a usar un color, por eso en la película el color es lo que va moviendo y desarrollando la historia. Es cierto que tuve un impasse de cuatro años, tenía todo el material, pero no sabía cómo desarrollar la historia, hasta que lo retomé en 2010, me puse en contacto con su hermana, y ahí comencé a indagar quién había sido esta actriz, a su vez que descubrí muchas cosas. La película no tiene una estructura clásica de desarrollo, hasta último momento me deje llevar, los materiales que iban apareciendo me iban llevando a montar una historia que construyó ese espacio donde ella habito. Tanto el espacio físico del Cajón del Maipo, como ese espacio espiritual y etéreo.

¿De qué manera trabajaste el dilema a la hora de hablar sobre el Alzheimer y su vida como artista sin que ninguno tapara al otro?
En un primer momento no lo tomé como un dilema, pero durante el montaje si se convirtió en un dilema, porque la carrera de ella abarcaba varias áreas. Estuvo en televisión, en el cine, en el teatro, entonces se dificultaba que material de archivo seleccionar, por este motivo fue fundamental el trabajo de montaje que hizo Sofía Franca. También se fue dando de forma natural que el material del asilo, relacionado al desgaste mental y físico de Myriam, no predominará sobre su material artístico. Yo la pude ver en dos momentos con el Alzheimer avanzado, y sabía que en los últimos siete meses ella ya no caminaba, entonces ¿cómo contar eso? ¿Cómo mostrar sin ser tan gráfico? Se me venía a la cabeza el cine de Eric Rohmer. Me concentré mucho en los diálogos, en el espacio, en insinuar que ella estaba ahí a través del dialogo entre la enfermera y la hermana, e ir entregando pistas de lo que había ocurrido con ella. En cuanto al espacio, por ejemplo, jugar con el paso de las estaciones, quise tratar de simbolizar esa cosa confusa que debía tener ella con la enfermedad, para situar su personaje. Tampoco es una película biográfica, quise ir construyendo el diario de trabajo de la última película que alcanzó a hacer.

¿Con qué adversidades te encontraste a la hora de contar una historia documental sobre un personaje con el que ya no podías contar?
La adversidad mayor fue como reconstruía el pasado de una actriz, que no tenía una formación actoral tan formal. Entonces fue difícil indagar y dar con información del pasado de ella, cosas concretas como por ejemplo en que año estudió; y otras me fui enterando por lo que me contaba cuando la visitaba, y a través de su hermana. Uno nunca piensa que la persona que tiene adelante, que a pesar del Alzheimer sostiene sus personajes, de un día a otro puede olvidar o dejar hablar, fue un desgaste rápido. Entonces la adversidad mayor fue reconstruir la historia desde el afuera de Myriam. Fue un trabajo muy largo de investigación, teniendo en cuenta que en Chile hay desorden para trabajar temas de archivos y memoria, con la conservación del patrimonio cultural; entonces tuve que empezar a ordenar y seleccionar. Son varias etapas que pueden tardar varios años, pero a pesar de la adversidad el trabajo se vuelve fascinante y termina nutriendo la película.

¿Pensás el cine como una forma de memoria?
Veo al cine como un ejercicio con la memoria desde que uno se plantea escribir un guion o cuando se está rodando, ya que salen a flote cuestiones de la puesta en escena, de la actuación, de los diálogos. La memoria pone en tensión lo que estás contando, y hasta qué punto te acuerdas o estás improvisando. El cine es una reescritura constante de la historia del cine, es un ejercicio de memoria porque mientras lo hacés tienes en tu cabeza referencias de otras películas, pinturas, música. Uno en cada trabajo vuelca lo que la memoria ha ido almacenando.

¿Qué es lo que te llama a construir este tipo de retratos cinematográficos?
Me impulsa el misterio, otras veces una especie de enamoramiento. Lo más importante en una película, como director, es cuál es mi relación con esa persona que retrato. Desde donde la conozco, que me motiva a aprender, más allá que este viva o muerta, porque son personas que uno admira. Por ejemplo, ahora estoy en un proyecto de Raúl Ruiz, como se inicia de joven a hacer cine, en el que también convoco a seis actrices mayores que trabajaron con él. Lo que me llama hacer estos retratos es el valor de la confianza que se tiene en las personas al momento de crear. La complicidad, ir descubriendo afinidades artísticas… son procesos muy bonitos de compartir, porque uno entra a espacios muy íntimos de ese ser que admira.

¿Qué más nos podés adelantar de tus próximos proyectos?
Después de estrenar La Desmemoriada aquí en el FIDBA, no tengo claro cuál va a ser el próximo retrato o película porque tengo varios proyectos paralelos. Puede ser que reúna un par de testimonios, retratando a estas actrices que trabajaron con Raúl Ruiz, para un documental llamado Las palomas de Ruiz, y que me centro en indagar el cine que realizó en sus inicios en los 60 y 70´; también hay otro documental que tiene que ver con el actor Patricio Contreras, que este año estuve grabando en Santiago una parte, y otra en Buenos Aires. El título de este documental, La ocasión o como no quedarme aquí, nació por casualidad al encontrarme con la locación en la que Gustavo Cerati grabó el video Pero hoy ya no soy yo, y ahí con Patricio filmamos varios testimonios de como desarrolló su carrera aquí y Chile. Es una película que me planteo en un plazo de cuatro años, juntarnos una vez por año a conversar, a recordar, a indagar que cosas van apareciendo y cuáles van desapareciendo.

La Desmemoriada se proyecta el miércoles 12 a las 19hs en sala Cosmos 1 y el sábado 15 a las 22:30hs en la sala Cosmos 2.

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