Rolando Gallego
05/09/2018 11:40

La ópera prima del realizador Iván Abello, Yanka y el espíritu del volcán (2018), es un viaje hacia la cultura mapuche a partir de la búsqueda de una joven (Maite Lanata) que intenta descubrir qué pasó con su madre. Efectos especiales, aventura y ecología son sólo alguno de los puntos de esta propuesta que intenta recuperar un tipo de cine familiar y de entretenimiento. "Sentía que el nicho estaba vacío, y me di cuenta por tener un hijo, vas al cine a ver Minions y tenés a un tipo que encierra en un subsuelo a los personajes, esclaviza", dice el cineasta en diálogo con EscribiendoCine.

Yanka y el espíritu del volcán

(2018)

¿Qué sentís al poder finalmente estrenar la película?
Me siento muy feliz porque ha sido un camino muy largo, con varios vaivenes, sobre todo porque se está tocando un género que no se está haciendo en Argentina y requiere un diseño de producción distinto. Rodás, terminás, hacés el primer corte, hacés la primera corrección de color, etc. En el primer rodaje sacamos el croma y el live action, en el segundo rodaje volcás lo que no está en un nuevo equipo de diseño, mapeando, generando ambientes que no están, y esto lleva tiempo y tiene otros costos.

Entonces la demora en el estreno tiene que ver con esto…
Sí, para poder terminarla, porque en Argentina, el equipo de vfx capacitado para llegar a este tipo de producción es chico, y tiene un costo alto, terminás achicando el equipo, demorás más, pero podés trabajar con los mejores de la rotoscopia y otras terminologías, que son necesarias y propias de este tipo de cine.

¿Soñabas poder hacer esto? ¿Crees que se dejó de hacer este tipo de cine por una cuestión de costos?
Al principio el guion era más austero, pero me pedía cosas, se hicieron 13 versiones, pero en la primera ya había un jabalí que hablaba, no quedó, pero la génesis estaba y terminó siendo explotada muy bien por los productores, que me dieron vía libre para avanzar. Los personajes son tomados de la cultura originaria mapuche, revalorizados en una diégesis nueva que creo para contar esta historia del volcán Copahue.

La imagen romántica del mapuche que plasmás en la película ¿sabías que era así como lo ibas a reflejar?
Yo tenía una premisa inicial que el 80% de los argentinos tenemos en algún punto contacto con alguna sangre originaria, sea cual sea, quom, diaguita, mapuche. Esa era mi premisa, revalorizar los valores de los pueblos originarios y también plantear la duda sobre nuestros orígenes, y tomar el valor de esta cultura relacionada al respeto de la naturaleza. Yanka y el espíritu del volcán viene a contar que hay culturas que se sienten parte de la tierra, que hay que rescatarlo, porque si no, como le pasa a la protagonista, Pillán se lo va a cobrar. Por eso Yanka es rubia de ojos claros, ese axioma quería usar, que hay gente con esas características pero que tiene raíces originarias, eso era interesante para mí.

¿Qué fue lo más difícil de proceso de la película?
Lo más complicado fue ensamblar el Frankenstein, teníamos cosas del live action que daba “beauty” y era el momento más complicado, tomas sin ninguna nube, llevarlo al volcán enfurecido, lograr eso en la diégesis, era complicado, como también la comunicación entre los equipos de producción, diseño y vfx.

¿Vos hiciste los dibujos finales de los títulos?
No, yo hice bocetos no tan precisos sobre cómo eran para mí las cosas, licencias que me tomo, y se las transmití a un dibujante.

Hace unos años una serie animada, Los Peques, fue muy exitosa, ¿por qué creés que cuando se tocan temas relacionados a culturas originarias logran buena repercusión? Y ligado a esto ¿por qué son tan pocos?
Es una pregunta que me hizo Hugo Arana el primer día que llegó al set, me preguntó “sabés por qué vine hasta acá, porque no hay tanto de esto”. Para mí tiene que ver con un tema de producción serio y que no se asume el riesgo, estamos acostumbrados a hacer siempre lo que funciona, y por otro lado siento que estamos cada vez más alejados de la naturaleza y nos hace pensar fuera de ella. Después de rodar la película me fui a vivir al Bolsón, haciendo caso a lo que estaba diciendo.

¿Querés continuar con un cine asociado a estos valores?
Sí, infantil, que no se hace mucho, sentía que el nicho estaba vacío, y me di cuenta por tener un hijo, vas al cine a ver Minions y tenés a un tipo que encierra en un subsuelo a los personajes, esclaviza. También me interesa porque este tipo de cine sale de la ciudad, va a la naturaleza, y cuesta hacer entender que es necesario, porque los presupuestos se terminan yendo de la mano, y te dicen hagámoslo en el Pereyra Iraola, y no es lo mismo. En esta película el desafío era que la naturaleza sea un protagonista más de la historia. De hecho en el rodaje se manifestó en varias oportunidades.

¿Fue difícil el casting?
Maite Lanata apareció después de un casting muy grande que hicimos y la sugirió María Laura Berch, no quería caer en el estereotipo de la nena mapuche y quería llevarlo al extremo. Con Liuen el personaje que hace Ezequiel Volpe surgió de un casting en Neuquén, no quería perder la tonada y calidez, después de 400 chicos en cuatro frentes de casting apareció. A Hugo Arana lo quería tener, a Juan Palomino también, y elegí a Enrique Dumont, pero costó, porque lo reducimos, tenía mucha intervención, y después de varios encuentros apareció. Otros aparecieron como phisique du rol, como Gastón Pauls como el papá. En términos importante para mí la machi, tenía que ser una persona reconocida por la cultura originaria, y me atreví a llevárselo a Beatriz Pichi Malen, quien se puso a disposición ni bien se lo entregué, a mi entender es uno de los personajes más frescos de la película.

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