Rolando Gallego
17/07/2018 14:48

Tras recorrer festivales y muestras finalmente llega a las salas El espanto (2017) de Martín Benchimol y Pablo Aparo, una película diferente, que acaba de alzarse con el premio al mejor documental para DOCA en el 2 Festival Internacional de Cine de Santiago del Estero. Construida sobre la delgada línea que divide la ficción y el documental, la mirada de los directores sobre una pequeña comunidad rural permite profundizar sobre medicina ancestral y tradiciones ajenas para aquellos que habitan las grandes urbes. El espanto es algo bastante local y raro, que no vamos a revelar para que vean la película y siempre nos pareció importante trabajarlo visualmente”, afirma Pablo Aparo en una charla con EscribiendoCine.

El espanto

(2017)

¿Cómo surge la idea principal de El espanto?
Surge terminando de filmar nuestra película anterior, La gente del río (2012), empezamos a conocer todo este mundo de la curandería, y que quizás desde la ciudad teníamos alguna idea de la cura del ojeado, la culebrilla y el empacho, pero se nos abrió un mundo increíble con esta gente aislada en el medio de la nada, de pueblos del interior de la provincia donde no llega la medicina tradicional, la salud pública es un problema bastante grande, y tienden a curarse entre ellos, de muchas cosas, y creen fervientemente en eso.

¿Fue difícil entender ese concepto?
Partimos desde el escepticismo de la ciudad, y nos fuimos encontrando con estos curanderos en el pueblo de al lado de donde rodamos la otra historia, así que empezamos a conocer mucho más de ellos. De un pueblo de 150 habitantes, 15 ó 20 son los que curan, y nos llamó mucho la atención.

¿Y cómo dieron con “el espanto”?
Por casualidad “el espanto” es algo bastante local y raro, que no vamos a revelar para que vean la película y siempre nos pareció importante trabajarlo visualmente.

¿Por eso el cuidado con la fotografía?
Siempre quisimos con Martín, que es uno de los dos directores de fotografía, el otro Fernando Lorenzale, como es una película de entrevistas, y lo que se cuenta en ellas es el espacio, que esté cuidado, porque en ellos están no sólo el personaje, sino también la familia, el lugar, etc.

Allí es donde se percibe cierto “artificio”, ¿querían que el espectador comprenda rápidamente que no se está ante una película netamente documental?
El juego de verdad o mentira no lo planteamos de entrada, pero cuando comenzamos a conocer las historias y el trato con ellos tampoco sabíamos si nos estaban diciendo verdades o mentiras, y en un punto quisimos que eso no nos importara, no juzgarlo, el artificio de la puesta fue más que nada para mostrar el lugar, el espacio, armándolo, pero transmitiendo su verdad.

Esos espacios hablan más que lo que realmente cuentan…
Claro, los espacios cuentan mucho, las casa viejas, los espacios abandonados, sus familias, el entorno, no queríamos trasladarlos a otros lugares.

¿Hubo algún choque con ellos? ¿Se resistieron a que los filmen?
Se nos abrieron mucho las puertas por nuestra experiencia anterior, éramos los chicos de la película anterior, y al ser un equipo muy reducido, se daba una charla coloquial, nos hacíamos amigos rápido, querían contar sus vivencias, algunas entrevistas son de la primera toma, y se fue logrando unidad para contar temas más profundos e íntimos como la homosexualidad que surgieron más tarde avanzando en el rodaje.

Buscaron una manera diferente de acercar la película a los espectadores ¿por qué?
La película estuvo primero en carácter de pre estreno en CINEAR y QUBIT TV, porque es un problema grande el de encontrar salas para estrenar y la distribución. Decidimos hacer algo nuevo, que no se hace generalmente, que es estrenar en la web, en plataformas para que llegue a la gente y puedan recomendarlas, es una película para ver en salas, por la fotografía, el sonido, que le dedicamos mucho tiempo, pero también es una posibilidad así que se vea en todo el país, algo difícil a través de las salas y apostamos a eso.

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