Emiliano Basile
14/05/2018 17:57

Hoy en, en el marco de la Semana de la Crítica del 71 Festival de Cannes, se estrenó el cortometraje Rapaz (2018), dirigido por el chileno Felipe Gálvez, quien retrata con crudeza una detención ciudadana, ritual colectivo que se ha vuelto común dentro de Chile, en el cual un grupo de transeúntes capturan a un ladrón callejero y lo torturan antes de que llegue la policía.

El único cortometraje latinoamericano tuvo una gran recepción tanto en la prensa como en el público asistente, así lo afirma Gálvez, quien también agrega que “los programadores de la Semana de la Crítica del Festival de Cannes han catalogado la película cono una bomba política. Se sorprenden de la existencia de las detenciones ciudadanas en Chile. Ven en nuestra propuesta cómo estas instancias reflejan los aspectos más profundos y escondidos de nosotros como individuos y como sociedad. Es una reflexión sobre los límites de la violencia, basada en casos reales de detenciones ciudadanas donde en la calle la gente toma la justicia en sus manos. Por lo mismo, Cannes decidió que fuera el último corto proyectado, guardando para el final una apuesta provocadora, fuerte. Y así fue: la gente aplaudió mucho y nos dio palabras de apoyo”.

Registrado como si fuera grabado desde un celular, Rapaz resulta una mordaz crítica a la sociedad chilena, invitando a reflexionar sobre la violencia y los comportamientos humanos en situaciones límite, con un elenco compuesto por figuras como Roberto Farías (El club), Andrew Bargsted (Nunca vas a estar solo) y Ernesto Meléndez
 (Las Plantas), y tras la producción de Giancarlo Nasi, de Quijote Films, y Fernando Bascuñán de Productora Planta

Felipe, este es tu tercer cortometraje como director. ¿Te acomoda el formato?
Creo que sí. El primer corto que hice, Silencio en la sala, está basado en una situación autobiográfica y me dejó muy contento, pero con el segundo corto que hice no quedé satisfecho con el resultado, creo que lo hice por hacer y no movido por una necesidad profunda. Es por eso que pasaron varios años hasta que yo pudiera descubrir qué quiero hacer, qué me gusta y qué me apasiona.

En ese tiempo también te convertiste en un montajista muy prolífico, no?
Sí, siempre me interesó. Yo estudié en la FUC con media beca, a cambio de trabajar montando los trabajos de la escuela; esos años aprendí mucho y me di cuenta que el montaje es un momento de la producción que me gusta mucho, se ajusta a mi personalidad, a mis capacidades.

Rapaz es un corto muy particular. Lo primero que llama la atención es la relación de aspecto vertical, como si fuera grabada desde un celular. ¿Desde donde viene esa propuesta?
Hace tiempo descubrí una página en Youtube que se llama Detenciones Ciudadanas 2.0, y hay registro de más de 100 detenciones ciudadanas en Chile, y lo que pasa es que casi todos los videos son verticales, grabados con la cámara del celular. De hecho, los diálogos del cortometraje también están inspirados de esos videos, me senté a ver y a anotar situaciones, casi todo lo que se dice en el corte viene de esa referencia y me pareció que también había que respetar el formato vertical.

¿O sea Rapaz es el resultado de una investigación?
Sí, es el resultado de ver estas detenciones, de explorar ese morbo por ver situaciones violentas. Y también reflexionar sobre lo que ocurre ahí, los personajes que emergen. Por ejemplo el típico maletero que da una patada, y que empieza a generar la tensión de si alguien más va a comenzar a pegarle al ladrón. Tiene algo de sensacionalista, pero es muy real, es el fiel reflejo de lo que pasa en la realidad.

Y pensando en el formato vertical, también decidí hacerlo así para hablar sobre la sociedad actual, que a pesar de que aparenta ser horizontal, en realidad es cada vez más vertical. Es un mundo con racismo, clasismo… la imagen imperante es la vertical, la de historias de instagram, de snapchat. Al final en el cortometraje el ladrón roba un teléfono; Rapaz es un corto sobre teléfonos celulares, lo mucho que nos importan, la manera en que constituyen la visualidad de nuestra vida. Es la imagen que predomina hoy; es vertical.

La situación es como en El ladrón de bicicletas
De hecho está muy inspirado en esa película. Al principio yo quería que robara una bicicleta. Es interesante la comparación, porque hace 70 años la gente defiende al ladrón, dice “no puedes probar que él robó”, pero hoy al parecer es todo lo contrario. La gente no necesita pruebas, se asume que eres el ladrón por tu color, por la forma en que te vistes.

Además la bicicleta de esa época es el celular de hoy.
Totalmente. Es un producto urbano, deseado, útil.

Creo que Rapaz un retrato mordaz de la sociedad chilena, de ese sentido común sobre el trabajo, la propiedad privada y la fuerza de la ley. ¿Cómo surge el interés de llevar la realidad de esas detenciones ciudadanas a la pantalla?
Es que es muy fuerte ver estas noticias y pensar que eso ocurre en la vida real. Hay algo de voyerista, al principio uno no lo puede creer, pero si comienzas a leer los comentarios que hay en los videos de internet, la mayoría son a favor! Yo me comencé a hacer preguntas. Creo que esa situación habla mucho de nuestra sociedad, de lo que está pasando en Chile. Un país en donde la gente quiere que vuelva la pena de muerte, por ejemplo.

La gente está muy enojada con lo que pasa en el Sename (Servicio Nacional de Menores), pero si encuentran a ese mismo menor de edad en la calle robando, prácticamente lo matan. Hay una violencia muy cruda y verdadera en una detención ciudadana, y quería llevar esa violencia a la pantalla, proponer una reflexión sobre lo que está pasando.

¿Ya has tenido experiencias con público?
Sí, hice la prueba de mostrarlo en un colegio y la reacción de los adolescentes era impactante. La mayoría estaba de acuerdo con romperle las manos al delincuente, incluso viendo la violencia en la pantalla seguían de acuerdo con golpear al ladrón. Por eso es importante para mi hacer este cortometraje, de alguna manera yo me siento una minoría en este aspecto y quiero compartir mi punto de vista.

¿Cómo es eso?
Si bien yo y mis cercanos estamos en contra de las detenciones ciudadanas, hay que estar concientes de que somos una minoría; cuando ocurre una situación como esta en la calle, y se activan estos mecanismos, estos discursos, esta violencia, es claro que los que estamos en contra somos menos. Esto es un cortometraje para la era Trump.

Es interesante que en el corto nunca llega la policía, porque permite observar cómo la vigilancia está internalizada en cada uno de los transeúntes. Resulta muy foucaultiano, muy tenebroso…
En general la policía se demora en llegar. En los casos que observé en internet la gente los llama, los reclama, y al mismo tiempo dicen “para qué si no van a hacer nada”. Es parte de la poca fe en las instituciones, en la desilusión generalizada en el sistema.

Además la llegada inminente de la policía genera tensión, porque le da un tiempo limitado a la emergencia de la violencoa. Permite el surgimiento de los “policías ciudadanos”, esas personas que sienten la necesidad de ocupar ese el lugar de la ley. Y todo eso ocurre entre que pillan al ladrón hasta que llegan los carabineros, son entre 7 y 10 minutos que se demoran y Rapaz retrata ese tiempo.

¿Qué creés que motiva a alguien a transformarse en eso que tu llamas “policía ciudadano”?
Hay varios tipos en el cortometraje. Está el que actúa por estigmatización y prejuicio, como es el caso del personaje de Ernesto Meléndez
, alguien que se identifica con el ladrón en términos de clase y que por lo mismo busca diferenciarse. Ese personaje se siente estigmatizado por la sociedad, y por eso quiere castigar al ladrón, porque piensa que por tipos como él la sociedad estigmatiza a su clase. Por otro lado está el que actúa por reflejo, el que toma al ladrón por resolver un problema práctico, por ayudar… se ve envuelto en la situación sin haber querido provocarla, de hecho luego no quiere involucrarse. Y por último está el resentido, alguien que está enojado con el sistema, con la sociedad, y descarga esa rabia con el ladrón.

¿Ese último es el personaje de Roberto Farías, no?
Claro. Es el que rompe más límites… en algún momento violenta a otros ciudadanos, hace insultos racistas. Se puede convertir en un criminal incluso, descargando su rabia físicamente con el ladrón.

Hablemos de ese personaje que tú dices que participa casi por reflejo. Es nuestro protagonista al principio, partimos con él en una suerte de negocio piramidal tipo Herbalife. ¿Me podrías contar más sobre ese personaje?
Partimos la historia por ahí porque ayuda a explicar desde donde viene el sentido común de una detención ciudadana, desde donde viene ese discurso. El mundo donde ocurren estas situaciones es en el centro comercial de la ciudad, se trata de un mundo donde los trabajadores circulan: vendedores de multitienda, un mundo privado donde se hacen capacitaciones, donde se habla de surgir, de lograr metas, de ser mejor que los otros. Es un mundo competitivo, del capital privado, que termina convenciéndote que es mejor que le pagues la educación a tu hijo, que te convence que los servicios públicos no son necesarios; es un discurso clasista y discriminador que se naturaliza en los contextos laborales. Ese sentido común viene de los paseos de trabajo, del coaching, de ese discurso.

Esta vez le cediste el montaje a alguien más. ¿Fue difícil?
Fue un cortometraje complicado, un experimento social. Imagínate que no cerramos la calle para grabar, muchos de los extras eran personas que iban pasando. Grabamos mucho, improvisamos, y cuando empecé a editar llegué a un primer corte de 16 minutos que no me convencía. Como montajista yo había tenido varias asesorías con Andrea Chignoli, así que acudí a ella para que me ayudara, necesitaba su sinceridad cruda, su agudeza. Y claro que ayudó, se dio cuenta que el cortometraje debía ser más corto y concentrado en la acción, y ahí por primera vez observamos la estructura que pudiste ver, una historia creíble.

Me parece raro que la credibilidad haya sido un tema en el montaje, porque los diálogos de cada personaje transmiten mucha verdad.
Es que son todos grandes actores. También ayudó el haber trabajado con los videos reales, ensayamos todos juntos y cada uno fue modificando sus propios diálogos, apropiándose y cuestionando cada cosa que les tocaba decir. Ellos mismo fueron perfilando sus personajes, sobretodo el persoanje de Claudia Cabezas y Roberto Farías, que son los personajes con posturas más marcadas dentro del cortometraje. De hecho ese personaje fue escrito para Farías, y estoy muy feliz de haberlo convencido de participar.

¿Por qué? ¿No quería?
Porque quizás no le interesaba estar en un corto, pero sobre todo porque el personaje es muy violento y requería improvisar. A eso súmale la modalidad de rodaje, que era estar en la calle como una especie de intervención al aire libre, llena de gente, algo que quizás podía ser incómodo para los actores.

¿Fue complicado el rodaje?
Sí, mucho. Fue muy adrenalínico grabar en Plaza de Armas, estábamos a merced de cualquier eventualidad. Después de cada toma todos los actores comentaban la escena ahí mismo, hubo mucha receptividad de la gente, que a veces no sabían que se trataba de una ficción. Por ejemplo, algunas personas intentaron golpear a Andrew, el actor que interpretaba al ladrón. De hecho los asistentes de dirección tenían que estar pendientes de calmar a la gente, de decirles que era una grabación, porque era fácil confundirse en medio del alboroto, estábamos con una cámara chica que apenas se notaba y el equipo completo estaba a unos veinte metros, lejos de la acción. Yo estaba mirando un monitor comunicado por radio. Fue muy impactante que la gente de la calle reaccionaba inmediatamente ante la detención ciudadana y quería interactuar.

¿Con la cámara?
No, con Andrew… la gente quería sangre! Se juntaba tanta gente que quería ver lo que pasaba con Andrew, que la grabación pasaba a segundo plano. Nuestros extras estaban ahí, pero se confundían con la gente real. Además grabábamos de corrido, entonces entre acción y corte había muy poco tiempo, fue muy intenso todo.

Imagínate que unas personas también me querían pegar a mi, porque decían que yo también estaba robando al filmar esta historia para ganar plata. También llegó la policía dos veces a detener a Andrew, se generó toda una situación muy real que transformó el rodaje en un experimento social.

¿Y Andrew Bargsted no se complicó con toda esa agitación?
Yo creo que sí. Como te contaba, todo se sintió como un experimento, incluso también hay gente que quiso pegarle a Benjamín, el protagonista.

¿Gente que defendía al ladrón?
Claro, pero no eran transeúntes. Eran otros ladrones de la calle que se defienden entre sí y que querían salvar a Andrew. Fue muy intenso físicamente para él.

¿Y nadie se metió a defender a Andrew?
El personaje de Claudia estaba haciendo eso, pero la gente en general no lo hace porque en las referencias que yo vi esa agente termina golpeada o violentada de alguna manera. Es una minoría; esas personas al final son los transeúntes que pasan de largo, pueden estar en desacuerdo pero no pueden contra la masa.

Es muy fuerte el trabajo físico que hizo Andrew, es el que más sintió la violencia de la gente. Es un excelente actor, entendía mejor que nadie la situación. Estudió mucho la manera en que se comportan los ladrones detenidos en la calle, entendió la manera en que al principio niegan cualquier robo y después confiezan, además que tuvo que estar amarrado mucho tiempo durante el rodaje, estaba indefenso.

En realidad todos los actores lograron construirse muy bien. Ya habíamos ensayado y conversado mucho sobre el proyecto, pero en el set yo estaba lejos, así que había mucha responsabilidad en el hombro de los actores.

Es curioso llevar esta escena tan criolla a Cannes. ¿Crees que hay una relación con los discursos y los valores que están en crisis en el mundo?
Totalmente. Tiene que ver con Trump en Estados Unidos, con los inmigrantes en Europa, creo que el ciudadano común está muy rabioso y muy racista. Esta sociedad vertical es un fenómeno global, el mundo se ha dirigido hacia ese lugar, hay gente que se siente superior en todas partes. Si bien la situación es bien chilena, creo que alcanza a todos los espectadores del mundo.

Por otro lado, es un cortometraje muy sensorial, involucra a quien lo ve de una manera visceral, es como si estuviera entremedio de la situación viviendo de cerca esa violencia. En ese sentido es también sensacionalista, apela a la emoción y la manera en que uno se relaciona con la escena es como estar grabando con tu propio celular, ser un caza noticias.

¿Qué te gustaría que pasara después del estreno del cortometraje?
Algo muy simple: que pueda recorrer pantallas y la gente lo pueda ver. Yo quise rescatar un tema que considero importante, y por lo mismo espero que las personas puedan verlo y reflexionar sobre eso. Quizás parezca extraño en el extranjero, en lugares donde no ocurren detenciones ciudadanas, pero el tema de la violencia está latente en todos lados.

En Chile creo que lo podemos reconocer como algo muy nuestro, y de seguro no te va a dejar indiferente, todos tenemos una postura y el cortometraje te obliga a tomar una posición.

Por último, ¿Existe algún proyecto de largometraje a futuro?
Sí, estamos trabajando en un proyecto llamado Los Colonos. Tiene mucho que ver con el cortometraje, también reflexiona sobre la violencia, sobre cómo las personas se desenvuelven en ciertas situaciones que conducen hacia la violencia. Por suerte La Semana de la Crítica nos invita en noviembre de este año a una residencia llamada Step by step donde vamos a trabajar el proyecto junto a otros directores que fueron seleccionados en esa sección de Cannes. Estoy muy entusiasmado con todo lo que está pasando.

Comentarios