Rolando Gallego
04/05/2018 11:29

Junto con la realizadora Ana Poliak, el talentoso Martín Farina (Fulboy, Mujer nómade) ha sido escogido por el 8 FICIC (Festival de Cine Independiente de Cosquín) para realizar una retrospectiva sobre su prolífica obra. EscribiendoCine se reunió después de la primera proyección en la muestra para conocer más sobre el trabajo del joven director que tiene por estrenar su última producción y otras tres propuestas. “Yo no creo que haya nada de talento y sí de una persistencia del trabajo muy concreta, no es algo que se pueda forzar en tanto darle como una herramienta todo el día, es una cosa que se mantiene en la intimidad, una pregunta que insiste, que te hace estar atento a qué es lo que pasa”, afirma en esta exclusiva charla.

Mujer nómade

(2018)

Martín Farina es uno de los elegidos para repasar sus películas durante los días del Festival, un corpus en progreso y transformación que surge de cuestionamientos propios acerca de sus inquietudes tras atravesar diferentes profesiones y actividades.

Ex futbolista, músico, productor, estudiante de filosofía, periodista, montajista, director, el multifacético y prolífico Farina supo, en un breve lapso de tiempo, imponer un estilo único que lo distingue e identifica, construyendo retratos íntimos sobre personalidades reconocidas, personajes anónimos y aquello que delante de su cámara se presenta y lo estimula.

La carrera del director comenzó con la épica sobre la amistad, y las relaciones dentro de los vestuarios de Fulboy (2014), película sensible, con una decisión de contar una historia con algunos ribetes autobiográficos por su pasado en el mundo del fútbol profesional.

La ambiciosa El Hombre Depaso Piedra (2015), por el período que le llevó contar la historia de un hombre que en el medio de la nada inventa su universo alejado de todo, fue su segunda incursión en la dirección, narrando un universo donde el trabajo encuentra y define al protagonista, determinando su relación con la naturaleza y consigo mismo. La película tomó, sin continuidad de rodaje, aproximadamente ocho años para su culminación.

El Profes1on4l (2017), lo acercó a una de las figuras emblemáticas de la escena cinematográfica independiente, Raúl Perrone. Farina se acerca, lo acompaña y lo plasma en su cotidianeidad, en su ámbito, y en ese devenir del director comienzan a trazarse algunos lineamientos de ese interés por el retrato íntimo.

Esta mirada personal para pincelar personajes es la que también se plasma en la reciente Mujer nómade (2018), una particular observación sobre Esther Díaz, su universo, y las posibilidades de asir, aunque sea en imágenes, la explosividad, histrionismo y singularidad de una mujer que avanza como un torbellino, al igual que su obra.

En Cuentos de chacales (2017), inicio de una trilogía personal, Farina explorará el soporte y la materia expresiva del cine. Multiplica en ella las posibilidades significativas y bucea en la mirada sensorial del espectador, un espectador activo que completará el sentido de la propuesta.

En Taekwondo (2016) comparte trabajó con Marco Berger (Hawaii, Mariposa) por primera vez y arranca una alianza que tendrá en breve en El fulgor una posibilidad de continuar con la exploración sobre la lábil línea que dentro de los camarines/vestuarios se entabla entre colegas.

Con El liberado (2018) probó trabajar con la síntesis que requiere el cortometraje para desnudar una reunión colegial en la que se debe decidir a quién se le otorgará el pasaje gratis para el viaje de egresados. La dinámica y rabiosa cámara busca complicidad en rostros y cuerpos, una vez más, logrando una efectiva y sencilla propuesta con la que recientemente ganó la competencia de cortometrajes argentinos del (20) BAFICI.

¿Te sorprendió la propuesta de la retrospectiva?
Sí, me llamó la atención porque Roger Alan Koza es un programador y un crítico que yo leo y sigo mucho que tiene un pensamiento y un trabajo constante sobre el cine y una búsqueda. Él había visto todas mis películas pero no habíamos tenido un feedback demasiado fluido sobre algunas de ellas, intuía que le habían gustado, pero me sorprendió primero por el registro que había tenido del trabajo, y cuando vio Mujer nómade sintió que se había plasmado una personalidad e identidad, que creo que es cierto, porque para mí pensar mi obra como una continuidad me da cierto pudor, pero yo diálogo con mi obra, seria falso no decirlo, yo trabajo con el cine, no como urgencia laboral, hay algo que me empuja a querer filmar y hacerme preguntas de mí relación con el mundo, cada película es una especie de ensayo de esas preguntas que yo me hago, de probablemente algunos agujeros que me fueron quedando en momentos de mi formación que yo sentía que me jugaba cosas más existenciales.

En ese diálogo, ¿cómo ves vos la evolución de tu obra que en Mujer nómade se cristaliza notoriamente?
Hay varios factores que definieron eso, uno tiene que ver conmigo y otro tiene que ver con Esther Díaz, en este caso el objeto, la realidad, hubo una dinámica entre esos dos factores que fue más fluida y duró más en el tiempo. Las preguntas que yo me hacía en esa película tenían una forma cinematográfica a priori, no eran preguntas que me hacía literarias o preguntas imaginadas simplemente en el seno de mi intimidad, inmediatamente identifiqué a Esther con una pregunta cinematográfica, la filosofía y el cuerpo en una dinámica que yo sentía que ya formaban parte de mi cotidianeidad y no era discontinuo, eso es clave para mí, es muy difícil de pensar y de explicar en el foro íntimo del trabajo de la escritura que hace un año no se me detiene, antes no era así, porque antes hubo discontinuidades, como en El Hombre Depaso Piedra que la filmé en siete años pero en el medio hice otras cosas, pero se suprimieron y Mujer nómade es la primera película en la que yo trabajo por y para el cine de manera continua, todo el día.

¿Ayuda la continuidad?
Uno puede agudizar mucho, yo no creo que haya nada de talento y sí de una persistencia del trabajo muy concreta, no es algo que se pueda forzar en tanto darle como una herramienta todo el día, es una cosa que se mantiene en la intimidad, una pregunta que insiste, que te hace estar atento a qué es lo que pasa, en este caso con Esther y hay algo además que ella que es el primer personaje que me deja trabajar tiempo completo, pude hacerlo desde dónde quise hasta dónde quise, llevando esas preguntas al tiempo de ella sin detenerme ni avasallarme. Trabajé con una dinámica y un fluir que nunca se detuvieron. El trabajo fue hasta días antes de estrenar, sumando cosas de miradas exteriores, que no me hacen crisis, sintiendo que el trabajo está suelto a una vinculación con el otro. En El Hombre Depaso Piedra el trabajo se cortó porque estrené en BAFICI, curiosamente, porque la pregunta fundamental apareció en el último rodaje donde me enteré que él se pone de novio con una mujer que era la pareja de su vecino, su único vecino.

¿Ahí encontraste esa pregunta definitoria del proceso?
Sí, pero no lo rodé, se relacionaba con el lugar de la mujer, pero no la filmé, porque tenía fecha de estreno.

Cuando comenzás los rodajes vas en busca de respuestas a tus preguntas, antes decías que el talento no es necesario pero es inevitable que sin él no pudieras encontrar la información para construir los relatos de tus películas…
Hay una construcción de una mirada, cuando decía talento quería referir a que me volví cada vez más consciente del proceso de trabajo, en mi vida se da así ahora porque logré que mis obligaciones confluyan allí, pero hay que ver cómo sostenerlo, porque en momentos se hace insostenible, me pasó con Perrone, con Díaz, con los jugadores de fútbol, viví momentos en los que quería largar todo, porque era insostenible por la tensión, pero la mirada empuja el límite entre la ficción y la realidad, entre la impostura y la autenticidad, lugares donde me gusta trabajar y que entiendo que el otro no lo tolera. Además trabajar con una manera que no juzgue, llego a los espacios de esas tensiones, pero después no se puede sostener, porque no es una ficción construida con el guion, intento hacerlo para que el espectador viaje dramáticamente para que no sienta que es sólo un testimonio, sino que busco raptos para que se sienta que está al borde del abismo.

La música es clave en tus relatos ¿cómo al seleccionás?
Soy músico de formación, no estudié cine, pero sí música. En un primer momento fui muy purista, pensando que no haya música en mi cine. Pero yo viajo todos los días muchas horas, y me armé una tradición de escuchar en ellos con una dinámica de la música de larga duración, que no está presente, por ejemplo en las canciones pop, canciones que admiro, pero no es lo mismo escuchar un concierto de 50 minutos, que es como una película, eso lo vivo, yo lo hago todos los días, y no es en un viaje de mucho tiempo, donde te armás un listado, acá escucho esto y después entro en mi cotidianeidad. Paso por Morón en un lugar muy lumpen, donde pasa de todo, me voy a la Capital escuchando el concierto, sin pretender nada, pero a veces quedo impactado, quedo sorprendido y de ahí armo retazos, de una arbitrariedad, y luego le doy significados y los presento como los había percibido y en las películas trato de reconstruir esa sorpresa. Trato que me guste, como una pregunta o emoción y con la música trato de enarbolar eso, corriéndome de lugares solemnes.

Pero en Mujer nómade, por ejemplo, la solemnidad está…
Claro, pero después hay una canción pop.

Es uno de los arranques más impactantes que se puede ver en un cine documental…
Yo trato de trabajar con recursos que pueden hacerse con elementos al alcance de mi mano. En este caso se grabó sin querer, puse rec y salió, después entendí que había que darle una forma desde lo cinematográfico, recitó ese texto como diez veces, no creía que la estaba exponiendo algo a lo Lars von Trier, quería darle una indicación simple, de bajar el tono de voz, ponerlo en otra sintonía, no tenía elementos, porque ella no tiene un oído musical, las variaciones de su voz me costaba mucho indicarles, en ese clima de intimidad tan chiquito era sobre cada sílaba. Ahí está lo de la recurrencia, yo sí dialogo con mi trabajo, sé que es un comienzo hasta parecido de otras películas pero no es lo mismo.

Partís de preguntas, ¿es difícil compartirlas cuando trabajas de a dos como con Marco Berger?
Con él hicimos tres películas pero nos vinculamos de distinta manera, la relación parte de una admiración mía por su trabajo, yo me siento deudor de algunas de las cosas, no porque las hayamos hecho junto pero sí de su mirada. Cuando hice Fulboy siendo ex futbolista heterosexual, sabía qué quería, poner el acento en una cuestión erótica, que existe, que es muy hermosa, que sé que se vive con límites y represión puertas afuera, no puertas adentro, hay algo muy lindo, de estar todo el día juntos, bañarse, desnudos, pude mostrar algunas cosas, y supe que algunos encuadres y cosas los iba a tomar de sus películas, él se sumó en el montaje, cuando ya tenía un corte final y ahí me propuso lo de Gualeguaychú y Taekwondo, yo le fui con una película terminada, no le fui con un proyecto ajeno. Trabajamos yo filmando y él luego editando. En El fulgor filmé un vestuario donde la mayoría son heterosexuales y está el límite, donde están todo el tiempo desnudos, donde proyectan una imagen donde su deseo se expande, y lo maravilloso de la película es que ellos asumen eso, de tener tantas ganas de sentirse deseados por todos, y pudimos, a diferencia de Taekwondo, una dinámica de ficción. Esa es nuestra dupla, el montaje lo va a hacer Marco.

¿Creés que tu propia transformación en el ámbito profesional y laboral es la que te ha impulsado a que tus películas tengan esta profunda reflexión sobre el trabajo?
Creo que en mi búsqueda eso es más importante que la parte erótica, porque siempre se destaca la mirada sobre los cuerpos masculinos, en Fulboy están las dos cosas. Yo me reconozco en cada una de mis películas, con una pregunta que me hago a mí mismo luego de dejar mi carrera futbolística, que me hizo vivir semi desclasado, un mundo de clase más humilde, diferente a la mía, después me metí en la música, después hice una carrera, pero lo que nunca yo perdí es la pregunta, y pude aceptar el fracaso del fútbol y seguir a otra cosa, pude aceptar el fracaso de la música, donde sólo tocaba el piano, me pasó con la universidad, me pasaba con las parejas, sentía que todas las cosas fracasaban, hasta que sentí que en cine empezaba a coser todo eso.

Pero eso no es un fracaso…
Fracaso es una palabra muy exagerada, pero me dí cuenta que en ese tiempo, las preguntas derivan hacia cosas más profundas. Cada película es eso, no es casual que tenga una película sobre el fútbol, una pregunta sobre la soledad, sobre la filosofía. No hay nada oculto, esas son mis preguntas.

¿Qué preguntas tenés ahora?
Estoy con una trilogía, la continuación de Cuentos de chacales, que es sobre algo más largo y me fui para atrás, que es la cuestión familiar y la voy a dividir en tres partes, sexualidad, política y religión. Porque no me resulta feliz hacer un retrato familiar en primera persona, si me parece interesante, y dialogo con esa tradición porque es la que pertenezco, nací con el digital a partir del registro de mis padres, hay obras que surgen maravillosas, pero también hay idea del agotamiento del archivo familiar, sigue habiendo posibilidades de preguntarse sobre el archivo familiar, recurro a eso llevándolo a una dinámica que no está anclada en la primera persona, si se ve intimidad, con cercanía al realizador. Estoy con la trilogía, más legible, menos experimentales, acabo de editar la segunda parte El lugar de la desaparición, la dimensión política sobre la pregunta que hago en el foro de la intimidad, y se viene la tercera, sobre lo religioso, que estoy filmando, con una situación sobre que parte de mi familia vivió en una secta, que se ve algo en la primera, pero toda esa crisis, expresionismo medio caótico es lo que me estaba pasando y cuando se me ocurrió la idea de trilogía es para ir ordenando un poco todo, el cine va cosiendo las preguntas. Después de ahí no sé.

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