Rolando Gallego
02/05/2018 13:12

De reciente paso por el (20) BAFICI en una de las “Noches Especiales”, estrenada mundialmente en la 68 Berlinale y elegida por el 8 FICIC como película de apertura, Malambo, el hombre bueno (2018) de Santiago Loza llega a los cines. El director, dramaturgo y escritor cuenta en esta oportunidad la historia de Gaspar, un bailarían de malambo que desea su revancha en los certámenes. En el seguimiento del personaje y sus vicisitudes, Loza compone un fresco sobre la pasión, el amateurismo y la vida en la periferia con características que sólo él puede describir. “Hago cine para crecer, también para creer, para entender al otro y a mí mismo”, afirma en esta charla con EscribiendoCine.

Malambo, el hombre bueno

(2018)

¿Cómo surge la idea de contar la historia de Gaspar y su revancha?
En realidad la historia de Gaspar (Jofre) está ficcionalizada, cuando investigaba sobre los bailarines de malambo, aparecieron esos destinos posibles, el tener que partir luego del triunfo y transformar el talento en atracción para espectáculos de dudosa calidad. Parte de lo que se ve en la película tiene anclaje en la realidad de Gaspar, pero la mayoría está inventada o recreada. En todo el proceso dudé si había una película posible, había escrito un guion con mis puntos de contacto con el tema. La competencia, la rivalidad, el dudar sobre la propia integridad, una suerte de fábula moral, me resultaban atractivas pero no sabía si eso podía constituir una película. También hacer un relato sobre el movimiento, un movimiento incesante, incansable. La transmisión de conocimiento. Algo de todo eso impulsó la película.

¿Aceptó de primera la invitación y propuesta?
Gaspar aceptó, sí, pero sin saber bien de qué se trataba. Lo que no tuvo en cuenta que a sus horas de entrenamiento se sumarían incontables horas de rodaje y que tendría que actuar. Pero él es un intérprete poderoso, resolvía las situaciones a la par de los otros actores y actrices que sí tiene formación profesional.

¿Cómo tomó la idea de mezclar ficción y realidad?
El equipo de rodaje era reducido, podíamos entrar en su cotideaneidad con cuidado. Es su madre la que aparece, su cuarto de infancia. Era intrusivo ingresar a esos mundos, pero al mismo tiempo, había un cuento, una ficción que permitía el juego. Por momentos lo fastidiaba, en otros le divertía. Creo que tomó conciencia y orgullo de la película cuando la vió terminada.

¿Cuánto tiempo de acompañarlo y rodaje hubo? ¿Y de edición?
Hubo muchos meses donde iba sólo y asistía a algunas clases de entrenamiento. Allí conocí a Gaspar. Me retiré, escribí un guion. Finalmente el rodaje se precipitó cuando supimos que él competiría. El rodaje tenía que ver, básicamente, con su entrenamiento. Entonces tuvo varios tramos, en capital, en Lobos, en Ramallo, después en Cosquín. Fueron jornadas separadas, que no suman más de tres semanas. A este rodaje breve le sucedió una edición de varios meses, la hizo Lorena Moriconi, con quien vengo trabajando hace muchos años, me conoce, sabe lo que busca y rescata lo mejor de los materiales. Ahí se cristalizó la película, en el montaje.

¿La decisión de utilizar blanco y negro para narrar responde a algún motivo particular? Porque después elegís resaltar algunos detalles de vestimentas y momentos claves del relato…
Siempre la imaginé en blanco y negro, creo que el relato tiene algo atemporal. También el blanco y negro sintetiza y aleja de un posible pintoresquismo. Los detalles de color aparecen en los sueños, como si los sueños tuvieran más realidad que la misma realidad. Son pequeños detalles de color en los sueños o en las gráficas.

¿Por qué decidiste ser vos el narrador en off?
Me parecía honesto que fuera mi voz, me siento un contador de historias. Es mi punto de vista sobre algo tan lejano y mi forma de acercarme a ese personaje, de ponerme a la par, de comprender un sentir.

¿Cuál era tu relación con el malambo antes de la película?
No había relación. Soy cordobés y miraba con fastidio los veranos de la infancia todo el asunto festivales provinciales y competencia. Tenía prejuicios, sobre el machismo, el nacionalismo, le adjudicaba una serie de valores que no me interesaban en absoluto. Cuando comencé a pensar en la película fue para intentar aproximarme a lo diferente. Descubrir que hay una épica modesta en ese mundo, un deseo de sobrepasar los límites del cuerpo, de pisar un presente que me conmueven. Algunos prejuicios siguen estando y otros cayeron y hacer la película fue un aprendizaje. Hago cine para crecer, también para creer, para entender al otro y a mí mismo. Finalmente la película es sobre un mundo lejano que se me fue revelando de manera próxima y entrañable.

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