Rolando Gallego
22/01/2018 15:34

La segunda película de Pablo Solarz, El último traje (2017) es el viaje de un anciano llamado Abraham (Miguel Ángel Solá) para cumplir una promesa. En el ocaso de su vida, la esperanza por cumplirla le dará el impulso para viajar por diferentes países y conocer en el camino a una serie de personajes que lo ayudarán a comprender el verdadero sentido de su travesía. Filmada en cuatro países, la película cuenta con secundarios de Angela Molina, Martín Piroyansky y Natalia Verbeke, entre otros, y tras alzarse con el primer premio en la 19 Edición del Festival de Cine Judío de Jerusalén se estrena en los cines argentinos. “Estudié para hacer películas, pero las circunstancias me llevaron a escribir guiones para otros”, el cineasta dice en exclusiva a EscribiendoCine.

El último traje

(2017)

De la comedia al drama, ¿cuán difícil fue esa transición?
Fue muy natural para mí, porque es la historia de mis abuelos, tiene que ver mucho con mi vida, con preguntas no contestadas de mi infancia, querer saber más sobre esto.

Siempre estuvieron las anécdotas ¿imaginabas hacer una película tan épica y universal?
No tenía la idea de hacer una película, un día se me armó como película, sí quería hacer la historia de amistad, ya en mi guion de Historias mínimas (2002) estaba eso, de un viejito haciendo un viaje para encontrar algo.

¿En algún momento pensaste que otra persona tenía que dirigir la película?
Yo no sabía que iba a dirigirla. Estudié para hacer películas, pero las circunstancias me llevaron a escribir guiones para otros, cuando escribí esta ya tenía otro para arrancar porque El último traje era muy grande , entonces se lo di a una productora por cinco años, y que si no la hacían los derechos volvían a mí.

¿Se te cruzó en algún momento el pensamiento de que no se haga así la dirigías vos?
Nunca deseé que no, yo quería que se haga, cuando no la hicieron supe que después de dirigir mi ópera prima la podía hacer, y la reescribí para mí, el primero y el último guion se parecen mucho, pero sí cambió el personaje, porque en un primer momento era más tierno, y lo endurecí. No no quería tanto al viejito tierno, y a este sí, porque si el objetivo era tan entrañable tenía que ser así. El primero era bastante parecido al de Historias mínimas, aunque originalmente también lo pensé más cabrón. Me gustan estos personajes con coraza y que en el fondo son puro corazón. Un poco me pasó a mí, cuando fui a Polonia, antes de escribir la última versión del guion, tratando de encontrar la casa donde mi abuelo vivió la infancia, a Łódź, al cementerio, al registro civil a buscar mis datos. Fue una manera de ir a mis orígenes, y vivir solo con muchas cosas que uno tiene que encontrar, como el personaje, que va a llevarle algo a alguien.

Ese es su ideal…
Hay una maestra de guion argentina, Paula Markovitch, que vive en México hace muchos años, y que también dirigió varias películas, entre ellas El Premio (2012), que me gusta mucho, me asesoró y me dijo “es la historia de alguien que va a un lugar y ni tiene la más puta idea de qué va encontrar”.

¿Qué fue lo más complicado de rodar en tantos países (Argentina, España, Francia y Polonia)?
Lo más difícil fue rodar la escena de la estación del tren, porque nos sacaron a pocos días de filmar en una estación recién inaugurada, que era ideal, porque necesitábamos que no pasara ningún tren, la escena era fundamental, y la terminamos haciendo en la estación central de Varsovia, pasando como Alemania, cortando las tomas porque no se escuchaba nada, exigiendo concentración, y ahí está la maestría de Miguel Ángel Solá encontrando con el equipo los intersticios de silencio en la estación. Los problemas que tuvimos para rodar no se notan.

¿Siempre pensaste en él para el protagónico?
No, pensé primero en un actor de la edad del personaje, y después se dio de hacerlo con él. Fue ríspido, intenso, tironeado, creativo, con muchos momentos de chispazos, de ver tanto talento de cerca, con el personaje resolviendo cosas en el momento, era agotador con el maquillaje, con la cara que le pica pero no se lo puede tocar, el pelito que empieza a salir y hay que sacarlo y poner químicos, quiere rodar, le tocaron ya la cara dos horas, los viajes, los aviones, hubo momentos ríspidos, pero es un actor de mucha personalidad, que defiende lo que quiere y cree como lo mejor, un trabajo tirante pero de mucho crecimiento, al menos para mí.

La película va más allá de la anécdota del traje y configura un panorama sobre la amistad, el amor y también sobre el holocausto nazi...
El último traje no es una película sobre el holocausto, es la historia de una persona que quiere recorrer todo para llegar a ver a su amigo.

Ya la presentaste en Festivales, se estrenó en España, ¿cómo sigue el recorrido?
Tuvo un recibimiento maravilloso en los festivales. Creo que la universalidad del personaje borra fronteras y el cine es el país, no importan divisiones políticas y territoriales, todos hacemos lo mismo, atrás del mismo sueño y con el mismo amor, no había argentinidad, polaquidad o españolidad, había cine, ojalá se borren las fronteras, son un estorbo, aduanas, migraciones.

Después de una película tan grande en cuanto a producción ¿qué?
Es difícil, pero quiero ver qué pasa ahora con el público en mi casa.

Comentarios