Juan Pablo Pugliese
06/12/2017 11:31

Presentado en el 31 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, Los sentidos (2016), el tercer documental de Marcelo Burd llega este jueves a la cartelera. El director posa su atención en la rutina de dos maestros rurales de Olacapato, un pequeño pueblo en la puna salteña. “Las escenas plasmadas como una construcción conjunta, un encuentro donde los protagonistas son plenamente conscientes de la idea de la película y proponen, además, lo que quieren mostrarnos de sus vidas”, sostiene en una charla con EscribiendoCine.

Los sentidos

(2016)

¿Cómo llegaste a Olacapato y cuándo te diste cuenta de que había una historia para contar?
Un poco, por el deseo de hacer una película en la zona del altiplano salteño; y otro poco, por azar. En un primer viaje recorrí varias localidades de la región pero no terminaba de vislumbrar un proyecto. Finalmente me dirigí a Olacapato, un pequeño poblado del que solo sabía que era el pueblo más alto de la Argentina. Al llegar encontré un paraje casi desértico, muy parecido al de otros lugares de la Puna. Sin embargo, ni bien entré en la escuela, la calma de afuera se desvaneció. Dentro, todo era movimiento: los chicos y chicas de sexto y séptimo grado se encontraban editando sus propios cortometrajes; los de cuarto y quinto grado estaban haciendo un programa de radio sobre literatura que transmitían a los pobladores de la zona desde un aula acondicionada como estudio. En otra sala había varios telescopios profesionales preparados para ser usados esa noche. Lo que alcancé a ver, y me pareció extraordinario, era una serie de situaciones que disolvían la típica imagen de una escuela rural. Allí los estereotipos sobre el norte argentino no encajaban. Una charla breve con el director y maestro de la escuela en la que me contó su experiencia en el lugar alcanzó para saber que ahí había una película.

¿Cuánto duró el rodaje y qué dificultades técnicas encontraste al filmar en la altura?
El rodaje nos llevó 17 días en total, repartidos en dos etapas. A fines de enero grabamos 12 días de corrido; y en abril volvimos para completar aquellas escenas que consideraba necesarias para terminar de construir el relato. Un rodaje bastante ajustado de tiempo, en relación con mis anteriores películas

¿Qué ventaja creés que tiene el documental de observación frente a otras modalidades de registro?
No me gusta demasiado la definición genérica “documental de observación”. A veces se asocia con la idea de que hay un sujeto que filma a un otro que se deja filmar pasivamente, haciendo como si la cámara no estuviera. Creo que la relación, al registrar determinadas situaciones, es bastante más rica y compleja. Entiendo las escenas plasmadas como una construcción conjunta, un encuentro donde los protagonistas son plenamente conscientes de la idea de la película y proponen, además, lo que quieren mostrarnos de sus vidas. Pero también es cierto que, durante el rodaje, solemos estar atentos a esos momentos de verdad que pueden surgir de manera inesperada como una frase sorprendente en una conversación, una mirada o un gesto casual que iluminan la escena y que, en definitiva, les dan un espesor singular a las situaciones.

Teniendo en cuenta que en Habitación Disponible (2004) y El tiempo encontrado (2014) compartiste la dirección. ¿Qué diferencias encontraste a la hora de emprender el proyecto como único director?
Más allá de tener que tomar varias decisiones personales durante el recorrido estético, realizativo y narrativo de la película, no encuentro muchas diferencias, ya que sigo pensando el cine como una forma de trabajo colectiva.

¿Qué devoluciones tuviste por parte de los protagonistas y de la comunidad luego de mostrarles el documental?
Durante el Festival de Cine de las Alturas, en Jujuy, Salomón, su esposa, Victoria, y uno de los hijos tuvieron la oportunidad de verla y conversar con el público. Fue muy emocionante para todos. Anhelo viajar pronto a Olacapato para que la pueda ver la gente de allá. Estoy esperando ese momento: una manera de cerrar un ciclo.

Comentarios