Matías E. González
06/12/2017 11:14

EscribiendoCine dialogó con Miguel Baratta, director y guionista de Galpón de máscaras (2017), documental que se centra en el fenómeno de este tipo de piezas adornadas que cubren el rostro y pertenecen a distintos lugares del mundo. Cargadas de ritos, tradiciones y convicciones, las máscaras dan paso a historias fantásticas de sugestión y misterio. “El proyecto siempre corrió por carriles alternativos de narración, muy alejado de los modismos del documental tradicional y eso significó un gran esfuerzo para todo el equipo de realización”, sostuvo el cineasta.

Galpón de máscaras

(2017)

El documental se centra en las máscaras y las historias que llevan consigo ¿Cómo surgió la idea del proyecto audiovisual? ¿Cómo sintetizarías tu experiencia con el largometraje?
El proyecto surgió a partir de la invitación que recibió Luisa Valenzuela de exponer sus máscaras en el Museo de Arte Decorativo de Buenos Aires. Esa excusa me pareció perfecta para mover los hilos de una trama argumental que pudiera moverse libremente por distintas situaciones que orbitan alrededor de las máscaras.

Mi experiencia con la realización del documental fue (y sigue siendo) súper enriquecedora. Estudiar muy en profundidad un tema tan amplio y rico como el de las máscaras me resultó fascinante. Por otro lado, desde el costado más estético, también siento que hubo un crecimiento en mí como realizador, ya que el tipo de relato que intenté construir me resultó muy desafiante y tuve que asumir riesgos visuales y narrativos. Desde el momento de escribir el guion, como a la hora de hacer la puesta de cámara y luces, hasta la musicalización de la película, el proyecto siempre corrió por carriles alternativos de narración, muy alejado de los modismos del documental tradicional y eso significó un gran esfuerzo para todo el equipo de realización, pero por suerte estuve rodeado de gente muy talentosa y logramos consolidar lo que pretendíamos.

Teniendo en cuenta el importante rol que tiene la escritora Luisa Valenzuela en este documental ¿cómo fue tu encuentro inicial con ella?
Conocí a Luisa en un proyecto por encargo, que consistía en la realización de un audiovisual sobre ella, biográfico. Algo muy pequeño que finalmente no se llevó a cabo. Pero durante el desarrollo de esa idea, los dos nos entusiasmamos mucho con trabajar con las máscaras.

Así, al frustrarse la posibilidad de realizar ese pequeño retrato, nos propusimos hacer un documental que se concentrara más específicamente en las máscaras.

Luisa tiene una gran habilidad para narrar de forma muy sintética los mitos, ritos, leyendas y tradiciones que hay detrás de cada máscara. Tiene un conocimiento muy profundo y una memoria férrea. Entonces, conocer muchas de estas historias me sedujo rápidamente y enseguida quedé perplejo con la idea de encontrar una forma de relato que englobe la mayor cantidad de historias y de miradas sobre estos objetos tan misteriosos.

Respecto a los desafíos ¿cuáles fueron los principales obstáculos que debiste sortear para el desarrollo del film?
El primero y principal fue encontrar la excusa que sirviera como hilo narrativo que me permitiera unir a todas las actividades que yo pretendía. Una vez que apareció eso, que fue un momento maravilloso, el guión se armó muy fácil y con mucha naturalidad ya que tenía contacto directo con todos los participantes, que con mucha generosidad estuvieron dispuestos a participar de la película y a pensar las mejores situaciones para las escenas.

Posteriormente, en el momento de rodaje, quisimos llevar a cabo eso que habíamos planeado, pero como siempre pasa en los documentales, la realidad se mete en el medio y condiciona todo lo estipulado. Más allá de eso, un desafío importante fue contar qué sucedía en la casa en la que viven las máscaras. Hay un clima muy especial, silencioso y calmo, pero igualmente todo el tiempo suceden cosas muy interesantes.

Por último, durante el montaje de la película, fue difícil encontrar la estructura. Como la película no se ocupa de desentrañar ningún misterio, ni de resolver un conflicto, esto daba muchas posibilidades en términos de orden. Así que fue un trabajo de mucha paciencia, de probar y probar opciones hasta ir encontrando el mejor modo de contar este universo.

En la película se explica el valor histórico, social, estético y político de las máscaras ¿cómo fue el proceso de investigación sobre la temática?
El libro Diario de máscaras de Luisa Valenzuela fue la biblia. Cada capítulo que leía abría puertas de investigación posibles. Fue un proceso de mucha lectura y también tuve muchas charlas con los profesionales que aparecen en la película. Todos me mostraron sin tapujos la cocina de su trabajo y contribuyeron a que pudiera tener una mirada más acabada del tema.

Lo que guió la investigación fue la idea de no quedarnos sólo con un tópico, sino por el contrario, abrir el espectro, ampliar y tratar de abarcar todas esas miradas y abordajes.

El recorrido de la cámara, la iluminación y la música también contribuyen al trayecto del film ¿Qué criterios tuviste en cuenta para los aspectos estéticos y técnicos?
Cuando uno se pone una máscara, la percepción del entorno se transforma, se modifica. Uno no escucha de la misma manera, no ve muy bien (en algunos casos las máscaras no tienen orificios oculares) y sobre todo la respiración no resulta fácil. Entonces, al conocer esa sensación, quería que esa fuera una manera de abordar determinadas escenas.

La iluminación es mayormente de luz natural (sólo las escenas teatrales cuentan con faroles) y está en clave muy baja. Por un lado para narrar la intimidad de los lugares, pero también para cargar de cierto misterio el mundo donde suceden las cosas.

En el aspecto sonoro, la música tiene un peso determinante para potenciar estos patrones. Pero también para ayudar al ritmo interno de la película. Galpón de máscaras es un relato que avanza rápido por momentos (mayormente en conversaciones) y luego se detiene a contemplar. En esa dinámica la música tiene un papel determinante y envuelve todo de una potencia extraordinaria.

Todos alguna vez en nuestras vidas hemos tenido contacto con algún objeto de este tipo, sin embargo, a partir del largometraje se pueden obtener nuevos conocimientos sobre el tema ¿qué te gustaría que genere la película en el público?
El uso de las máscaras hoy me parece no solo necesario, sino indispensable. Mantener las tradiciones, sobre todo las celebratorias y las grupales, es un modo de resistencia en el que creo firmemente.

Todas las personas con las que hablé del tema coinciden en que uno es más uno al portar una máscara que cuando no la tiene. Es una afirmación simple pero fantástica. Personalmente me interesa ver como la máscara nos permite ser, apenas por un momento, quienes queremos ser, al menos desde un lugar idealizado. Todos anhelamos libertad, felicidad, fuerza, poder. Y las máscaras nos lo otorgan.

El sistema en el que vivimos nos oprime permanentemente y nos coarta la posibilidad de crecer, de soñar, de alcanzar nuestros objetivos. En fin, de proyectarnos, tanto individual como socialmente.

La película pone el foco sobre el poder político de las máscaras y ubica a la imaginación como el nexo hacia la posibilidad de libertad. Mientras más habilitada esté la posibilidad de imaginar, de crear, de pensar, más libres seremos. Yo creo fervientemente en eso y por eso fue la convicción que guió la construcción del relato.

En cuanto a tu futuro en la industria cinematográfica ¿estás trabajando en algún otro proyecto o tenes alguna idea audiovisual desarrollada en mente?
Si. Con Carolina Fernández y Jorge Leandro Colás, de Salamanca Cine desarrollamos un nuevo proyecto documental que se titula Escondido. Ya está presentado en el INCAA y estamos esperando la aprobación. En un documental hermoso que indaga en la creación estética y artística a partir de objetos personales que fueron escondidos. Bajo esa excusa simple, se hace un recorrido histórico por temas concretos como el holocausto, el genocidio mapuche o la desaparición forzada de personas durante la última dictadura militar en Argentina.

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