Ezequiel Obregón
04/05/2017 12:16

El co-director de la notable La Tigra, Chaco (2008) presenta con Pinamar (2016) un sensible relato en donde la hermandad cobra un rol esencial. En esta charla con EscribiendoCine, Federico Godfrid nos habla de su vínculo con el tema, el hallazgo de los actores y la importancia del espacio en su nuevo film.

Pinamar

(2016)

Para quienes hayan estado en Pinamar o en cualquier otra ciudad costera (excepto, tal vez, Mar del Plata) fuera de temporada, sabe que allí se gesta un clima particular. Se define cierta fantasmagoría de los espacios consagrados al ocio, pero vacíos tanto de él como de la circulación más cotidiana. Pinamar pone en tensión ese espacio con el vínculo entre dos hermanos, Pablo (Juan Grandinetti) y Miguel (Agustin Pardella). El resultado, en términos dramáticos, es conmovedor. Y ese camino desde la también conmovedora La Tigra, Chaco hasta Pinamar no fue tan directo.

¿Por qué se postergó tanto tu debut en soledad como realizador hasta llegar al estreno de Pinamar?
Principalmente, nos llevó mucho tiempo encontrar la película que queríamos hacer. Hubo algo de cerrar el proceso, empezar el otro, y tratar de que no se solapeen uno con el otro. La Tigra, Chaco, si bien la estrenamos en el 2008, durante el 2009 estuvo girando por festivales, en el 2010 siguió en festivales y también se estrenó. Entonces, su ciclo cerró a mediados de 2011. Y ahí empezamos a esbozar una película que yo había escrito para hacer en Córdoba. Después a ese proyecto lo empecé a modificar con Juan Sasiaín y finalmente, empecé con Lucía Möller (su guionista). Y después de darle un par de vueltas, con setenta páginas escritas, nos dimos cuenta de que no daba para darle cinco años para adelante a esa película. La mandamos al cajón y empezamos de vuelta. Para mediados de 2011 comenzamos con la idea de empezar a desarrollar Pinamar. Hubo dos años de escritura de guión, yendo al lugar, sirviéndonos de ideas. Así dos años, hasta el 2014. En marzo de ese año tuvo precalificación en el INCAA por unanimidad. Aplicamos un crédito, que salió en julio. En noviembre y diciembre de 2014 estábamos empezando a rodarla. Y durante dos años editamos, intentando encontrar la película.

El espacio de la película, la ciudad fuera de temporada, genera un clima muy singular. ¿Ya te habías relacionado con ese clima antes de pensar en el guión?
Lo experimenté casi igual que los personajes. El punto de vista dentro del cual se construye la película es Pinamar fuera de temporada, con la percepción que tiene Pablo que es similar a la que yo fui percibiendo. Desde hace miles de años, en este departamento que es familiar, siempre me encantó –sobre todo por mi trabajo en la facultad- ir a leer, escribir, estar tranquilo allá. Solo. Me encantó siempre ese Pinamar céntrico de edificios que tienen las persianas completamente bajas. Algo que tiene mucho movimiento y de repente no tiene nada, sobre todo de lunes a miércoles. Después, el jueves es como que muta. Eso siempre me resultó apasionante de las ciudades costeras fuera de temporada. Entonces, lo que hicimos con Lucía fue ir en mayo, en agosto, en diciembre. Distintas fechas como para transitar eso. Íbamos los espacios y transitábamos cosas. A las diez de la noche sólo había ese lugar para jugar bolos o el Center Play. Y mientras jugábamos a los bolos, pensábamos cómo los personajes podían terminar ahí.

Hay todo un sub-género de “película de hermanos”. ¿Qué sentís que le aporta Pinamar?
La verdad que no sé. De hecho, para mí es una pregunta compleja la de los hermanos. De hecho mi gran maestra, que es la Chiqui Suárez, me dijo cuando leyó la primera versión del guión “lo que pasa es que vos no tenés a Caín y a Abel en tu familia, porque el vínculo que vos tenés con tu hermano es muy armonioso, nunca podrías llegar a un nivel de traición y es muy difícil que encuentres eso”. ¿Cuál es mi vínculo y hasta dónde me meto con mi vínculo de hermandad y Lucía con el suyo para transitarlo desde esta película? Nos parecía un tema interesante la cuestión de la masculinidad y la sensibilidad ante un momento complejo y cómo se vinculan dos personas que naturalmente no lloran, que naturalmente no se tocan entre sí. Entonces, era ese lugar de la restricción cultural y cómo se ponía en juego. Eso fue un poco lo que fuimos a buscar. No sé qué aportará, pero siento que el lugar del amor, de la relación de pareja, era un lugar más cómodo para mí en términos de cómo generar las transformaciones. Pero cómo mutaba ese vínculo entre los hermanos era bastante más complejo, sin haber una transformación gigante.

¿Siempre estuvo lo lúdico en la construcción del guión?
Sí, siempre. De hecho, en plena pre-producción nos fuimos los últimos diez días, antes de empezar a filmar, solos con los tres actores, el primero de dirección y yo. Y el resto del equipo seguía trabajando con el asistente de dirección en Capital. Antes habíamos hecho un viaje de fin de semana, sólo con los actores también. No necesariamente ensayamos la película. Mucho de eso después apareció en la película, como en la escena del rap con el vínculo entre un personaje y los chicos de Pinamar.

El casting en muy preciso. ¿Qué hizo que se definiera de esa forma el trío protagónico?
Juan Grandinetti tiene algo muy importante, para mí, de un actor, que es el no deseo de mostrarse. Necesito gente que no se quiera mostrar y eso es difícil para un actor. Grandinetti desde un comienzo ya estaba presente, y tenía algo en la mirada que permitía meterme, llenarme de preguntas sobre qué estaría pensando. Fue verlo en un casting y ya lo definí. Ya teniendo a Pablo, definimos quién sería Miguel entre todos los actores que teníamos, que enseguida decantó en Agustin Pardella. La única duda que tenía era sobre la diferencia física, si me generaría un problema o no. Y después, con esa dupla bien armada, buscamos a quien sería Laura (Violeta Palukas). Pero cuando apareció Juan se acomodaron todas las piezas, después de tres semanas de casting.

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