Tomás Tito
08/01/2017 13:21

Mi último fracaso (2016), opera prima de Cecilia Kang directora del cortometraje Videojuegos (parte de Historias breves 9), nos muestra el recorrido a través de las relaciones sentimentales de tres mujeres de la colectividad coreana en la Argentina. Con su estreno en el Malba este sábado 7 de enero y posterior proyección todos los sábados, EscribiendoCine tuvo el placer de dialogar con la directora quien afirma “cuando uno ambiciona grabar cosas de lo real, se vuelve completamente dependiente de lo que ello dictamina”.

Mi último fracaso

(2016)

¿Cómo surge la idea de filmar este documental?
Tenía ganas de hacer una película sobre la colectividad coreana desde que empecé a estudiar cine. En principio el deseo era ese, mostrar ese universo del cual yo era parte pero quizás era muy ajeno a ese otro costado de mi vida y mis relaciones, la parte porteña. Para mí era muy normal entrar y salir de los dos ámbitos, pero luego veía que ese lugar, el coreano, el cual era tan normal para mi, era ajeno para otros. Es por eso que sentía el deseo de poder mostrar ese universo desde adentro.

¿Hubo un guion de por medio o simplemente fueron las imágenes las que armaron el film?
Hubo un trabajo de escritura previo muy grande, el cual no hubiera sido posible sin la colaboración de la guionista Virginia Roffo. Dos versiones de guion, y muchas reescrituras. Fue un año entero en el que nos juntábamos las dos, una o dos veces por semana, para conversar, o más bien para que ella me escuchara contarle todo sobre la colectividad y por ende sobre mi propia vida. Tener la perspectiva de Virginia, una mirada desde afuera, me ayudó muchísimo a encontrar una forma de orden en ese primer caos, mezcla del deseo de hacer una película y las emociones personales que ello implicaba. Ese mismo año le hicimos varias entrevistas a mi hermana Catalina y a la profesora de arte, Ran. Desgrabar esas conversaciones y compartir con ellas su entorno nos ayudó mucho a pensar escenas posibles. Imaginar situaciones que pudieran ocurrir en la vida de estas mujeres. Como no contábamos con financiamiento para el rodaje, filmábamos cuando podíamos coincidir con los tiempos. Tuve que planificar mucho lo que salíamos a filmar, ya que teníamos pocos días y debíamos aprovecharlos al máximo. Es por ello que tener un guión fue fundamental para mí para poder salir a filmar. Por otra parte, siento que gracias a ese tiempo previo de escritura, en rodaje, una vez que registrábamos lo que habíamos ido a buscar, la realidad propia nos encantaba y nos derivaba a otras situaciones. Ese flujo fue muy interesante, porque a diferencia de ir a ver qué pasaba, yo iba con una idea determinada y luego me encontraba chocando o reflexionando contra esa idea durante el rodaje. Una especie de deriva más tranquila.

¿Cómo reaccionaron tus familiares y amigos a esta propuesta, ya que es un viaje a su mundo interior?
Creo que la reacción que tuvieron todos ellos fue mucho menor a la cual yo imaginaba en un principio que podrían tener. Cuando arranqué con la idea de hacer esta película, pensaba que iba a ser un proyecto trunco porque nunca iba a conseguir que los personajes que yo quería se descubrieran frente a cámara. La realidad es que todas las personas que participan en el film son personas con las cuales comparto un vínculo afectivo muy profundo, muy íntimo. Creo que no hubiera sido posible la realización de esta película sin ese vínculo. Sé que la razón por la cual tanto la profesora Ran, como mi hermana Catalina o mis amigas accedieron a hacer la película fue por querer darme una mano a un proyecto que yo necesitaba hacer. Quizás con no tanta consciencia de lo que ello implicaba en un principio. Pero luego, cuando veían que iba hacia algo un poco más profundo, venían las dudas y las preguntas. Ante ello, la mejor estrategia para mí fue poder ser lo más honesta posible con ellas. Les intentaba explicar de qué se trataba la película, para qué era exactamente importante (al menos para mí) hacerla, qué íbamos a filmar, etc. Luego, en relación a mis padres, ellos fueron inevitablemente subyugados por la dura vara del amor hacia sus hijas. Y también les encantaba estar delante de cámara.

Por momentos, la cámara funciona como espía, como intrusa, y por otros, logra planos mas planeados, ¿Así fue pensada la puesta en escena?
Teníamos una propuesta planteada con Diego Saguí, el DF de la película, desde un comienzo. Un tratamiento que queríamos seguir con cada personaje y ciertos elementos que yo quería que estén presentes: la atención en los objetos, el gusto por los reflejos, los espejos y sus dobles. Teníamos un esquema muy elemental, como un ejercicio de escuela, el cual planteaba que la cámara debía tener el mismo pulso que la persona a la cual registraba. De esa manera, tomaba una forma determinada en Ran, otra en mi hermana o otra en mis amigas. Sin embargo, a medida que íbamos avanzando con el rodaje, había algo a lo que ya no podía huirle y que tenía que enfrentar, no sólo desde lo estructural de la película sino también formalmente, mi propia persona como un personaje más. Un ejemplo claro fue el viaje a Corea, que entró de forma muy fortuita al rodaje y que tuve que hacer sola. Ahí tuve que asumir primero un rol que no es mío (no soy fotógrafa) y a su vez tenía que absorber no sólo el registro, si no todo lo que ello me estaba implicando personalmente, cómo ello me afectaba. Estaba completamente superada por todo lo que sucedía a mi alrededor. En esos casos, el único remedio es prender la cámara. Eso fue como un empujón al vacío, y ya en la mitad del rodaje, decidí no pensar en reglas, sino confiar más en Diego, en la información que veníamos intercambiando entre los dos a lo largo de esos años, y salir y filmar.

¿De qué manera se estructuró la producción de la película? ¿El viaje fue parte de esta etapa?
Como no conseguimos financiación para el rodaje, pude hacer esta película gracias al apoyo incondicional de mi equipo, mis amigos. Hicimos la película en un transcurso de cinco años. Íbamos filmando en los tiempos que podíamos. Una vez escuché a una productora decir “quien no tiene plata tiene tiempo”. Y si, es una realidad. Fue todo un aprendizaje. Es por ello que el trabajo previo de escritura nos sirvió un montón. Todas las jornadas fueron planificadas y no filmamos mucho tiempo en realidad. Por ejemplo, el viaje a Corea salió de pura casualidad. Ran se iba a un Congreso de mujeres, organizado por un asociación llamada Kowin, y pude seguirla gracias a que conseguí una invitación y el traslado para ir con ella. Una vez que me confirmaron el viaje, nos pusimos con Virginia a imaginar escenas posibles. A armar determinadas puestas en escena que sólo podían existir ahí. Cuando uno ambiciona grabar cosas de lo real, se vuelve completamente dependiente de lo que ello dictamina. Por ejemplo, el inicio de rodaje lo dictó una situación que no iba a volver a repetirse nunca, la fiesta por los diez años de la enfermedad de mi hermana. Una escena que no podíamos volver a armar. Teníamos que ir a grabarla. De esa forma creo que me animé a seguir, a insistir en completar la película, aun no teniendo dinero. Tenía a mis amigos que me bancaban, y tenía un material que me pedía que haga algo con él.

En un film de estas características, el aspecto técnico/creativo de más “importancia”, si se puede decir así, es el montaje, ¿Cómo trabajaron este proceso?
El trabajo de montaje fue muy arduo y necesitó de tiempo. No sólo tiempo de edición, si no tiempo para poder dejar pasar. Como estábamos limitados por el dinero, sólo podíamos editar cuando el editor podía hacerlo y viceversa. Además, en un principio yo estaba muy consumida por todo el rodaje, no podía ni ver el material. Sebastián Agulló, el editor de la película, trabajó un tiempo muy largo huérfano, viendo el material y ordenándolo. A eso se le sumaba la cuestión del idioma. Tenía con él unas pobres notas en donde yo más o menos explicaba lo que decían los personajes. Por eso, mucho de su trabajo al principio (y en todo el proceso en realidad) fue muy sensible. Sebastián iba armando las escenas de acuerdo al guion y de a poco yo iba entrando en su laburo. Fue una lucha constante. Una lucha de él y mía contra mi otro yo. Mi yo de las inseguridades, el de las exigencias. Una vez que pasamos esa etapa de inmadurez mía, pudimos concentrarnos en la película. La búsqueda de estructura fue un proceso intenso. Si bien el guion planteaba un montaje en paralelo entre todas las historias, en la realidad eso no funcionaba. Ya en el final entendimos que la prioridad en esta película no era contar un relato, sino contar el relato de estos vínculos afectivos, y de esa forma encontramos la manera de que un personaje deviniera en otro. Fue un trabajo duro, una revisión constante de cada plano, cada tiempo. Muy sensible pero muy analítico a la vez. Teníamos también ciertos dogmas internos, ciertas reglas que nos imponíamos entre los dos y que nos ayudaron a construir ese universo que fue la película. Cuando nos sentíamos perdidos volvíamos a las reglas y eso nos ayudaba a refrescar la memoria, a volver a pensar qué era lo importante en lo que queríamos contar.

A pesar de que en la película se observa muy bien, ¿Cómo sentís vos esa dualidad de culturas/nacionalidades?
La siento como una pregunta que me va a acompañar toda la vida, de forma incansable. Como un motor que voy a tener prendido a lo largo de toda mi vida, que funciona a la hora de producir. Supongo que todos llevamos esa misma pregunta con nosotros a lo largo de nuestras vidas ¿quién soy? Yo hago cosas para intentar responder eso de alguna manera. Como si la forma de ver el mundo fuese una forma de verse a sí mismo, o al revés. No sé, suena un poco narcisista, pero no lo digo de esa forma; soy yo la que no puede explicarlo más claramente.

Videojuegos, cortometraje que formó parte de Historias Breves, tuvo un gran recorrido por festivales, ¿Esto te permitió más libertad a la hora de hacer esta película?
La repercusión de Videojuegos fue un regalo muy grande y muy inesperado. Creo que me llevó tiempo entender lo que sucedía y aceptar también dichos cumplidos. Pero no sé si me dio más libertad para hacer esta película. Al contrario, Videojuegos es un cortometraje que hice con una dinámica completamente distinta pero sin tanta mochila, fue un proceso que disfruté mucho y al cual no le di un peso o unas expectativas altas. Era un corto que podía hacer con plata, y eso ya era muchísimo. En cambio, esta película tenía mucha carga personal para mí, que por momentos fue muy pesada (por mis propios fantasmas y miedos por supuesto). Al mismo tiempo, fue un proceso muy largo del cual aprendí un montón, tanto lo bueno como lo malo, de mi forma de ver el cine y a mi misma. Aprendí que hay cosas o formas que no me gustan, y otras que sí. Y sobre lo que quiero hacer, o seguir haciendo.

¿Qué conclusiones sacas de la gran cantidad de festivales y premios que estuvo y obtuvo el documental respectivamente?
Hay que aprender que no importa mucho eso, sólo importa el momento de la sala de cine, cuando se apagan las luces y el espectador se somete a una visión del mundo con una esperanza de transformación. Ahora quisiera concentrarme en eso. En compartir la película con la mayor cantidad de personas posibles. Ese es el mayor de los regalos. Luego, por los festivales y premios que obtuvimos ¡pura alegría!

¿Tenes algún próximo proyecto en mente?
Si, estoy escribiendo un largo que se va a llamar Hijo mayor y trata sobre las vicisitudes de una familia de inmigrantes coreanos en la Argentina. Un melodrama de corazón. Y también voy a filmar un cortometraje que se llama Bicicletas, gracias a una beca del FNA. Espero poder compartirlo para fines de este año.

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