Matías E. González
08/09/2016 14:15

EscribiendoCine dialogó con Luciana Piantanida, directora de Los ausentes (2014), película que cuenta la historia de un plan que involucra a una pareja en situación de disolución, a un hombre que llega en busca de la mujer que lo abandonó y al sobreviviente de un accidente. El film narra los acontecimientos en el marco de las vísperas del Carnaval en un pueblo de provincia.“Nos interesaba corrernos del lugar de la nostalgia o de la melancolía a los que está asociado el tema en general para ahondar en las tensiones, los miedos, la vulnerabilidad que aparece cuando uno está atravesando un duelo reciente”, sostiene la cineasta.

Los ausentes

(2014)

La película refleja las ausencias existentes en la vida de los cuatro protagonistas ¿cómo surgió la idea de esta historia? ¿qué mensaje se busca transmitir a través de la misma?
Más que por una idea, las ganas de contar esta historia y sobre todo, contarla de este modo, surgieron de una serie de imágenes recurrentes que me acompañaron mucho tiempo y que, de algún modo me obsesionaban.

Las imágenes eran, a simple vista, bastante inconexas entre sí pero tenían en común un mismo espacio donde transcurrían y un mismo clima enrarecido y cercano a la pesadilla. La escritura de esas imágenes y sobre todo la profundización sobre ellas me fue dando pistas de que ahí había detrás una trama que quería ser contada. El trabajo entonces fue descubrir esa trama y contarla sin perder lo más interesante que era aquel primer clima onírico.

La película no busca transmitir ningún mensaje, busca más bien compartir con quien la ve una experiencia sensorial, un estado de inquietud.

Los ausentes es una película que se filmó dos veces ¿a qué se debió esta situación?
Estuve bastante tiempo buscando sin éxito la financiación necesaria para filmar la película. En el año 2009, me cansé de esperar, conseguí algo de dinero prestado y con un equipo de técnicos y actores que trabajaron ad honorem nos fuimos a filmar al pueblo donde transcurre la película.

La idea era filmar la mitad de la película. Teníamos la promesa de una productora de que con esa mitad filmada, ella conseguiría el resto de la financiación necesaria para terminarla.

Esa primera etapa estuvo signada por la desgracia: se nos rompió la cámara, la tormenta de Santa Rosa se extendió y no daba tregua y el camino de acceso al pueblo donde filmábamos se inundó y quedamos varados sin poder salir.

Así y todo logramos filmar algunas jornadas. La productora de las promesas desapareció antes incluso de ver el material y quedamos con una película a medio hacer y muchas, muchas deudas.

Volvimos a salir a buscar financiación y en el año 2011 ganamos el Concurso película digitales del INCAA y el Mecenazgo de la Ciudad. El dinero estuvo disponible en el año 2013. A la hora de volver a filmar, muchos de los actores y técnicos que habían participado en la primera etapa no podían ser parte esta vez por problemas de agenda. Jimena Anganuzzi, la protagonista de la película había cambiado bastante en estos cuatro años pero, sobre todos, los que habíamos filmado aquella vez ya no éramos los mismos y pensábamos cosas distintas del mismo guión. Así que decidimos volver a filmar de cero, como si nunca hubiésemos arrancado.

La historia transcurre en un pequeño pueblo bonaerense en vísperas del Carnaval, ¿cómo fue el rodaje del film? ¿cuáles fueron los mayores desafíos que debiste afrontar como directora?
La película se rodó enteramente en Carlos Beguerie, un pueblo de 300 habitantes de la provincia de Buenos Aires. Justamente por la primera experiencia de filmación vivida ahí, al momento del rodaje definitivo, el pueblo era muy familiar para nosotros y la película era también de todo Carlos Beguerie: los habitantes del pueblo nos facilitaron mucho las cosas para poder filmar, participaron de la película activamente y fueron también los primeros espectadores. Todo esto hizo que la experiencia de rodaje fuera muy placentera. El pueblo funcionaba como un estudio gigante. En el trayecto a pie desde nuestras “casas” a la locación de cada día pasábamos necesariamente por locaciones en las que ya habíamos filmado o en las que estaba trabajando el equipo de Arte en avanzada. Todos los que nos cruzábamos estaban al tanto del plan de rodaje, nos preguntaban cómo iba todo, qué necesitábamos y se anotaban para venir a participar como extras. Al terminar la jornada, nos íbamos a charlar del día siguiente y a tomar unas cervezas al bar que es la locación principal de la película.

Antes de ir a dormir, en el aparente silencio de la noche, escuchábamos los aullidos de los perros, los lamentos de los gatos y el ambiente general que sería la materia prima del diseño sonoro de la película. Es decir, la experiencia de rodaje, en la memoria al menos, se mezcla bastante con la experiencia de esas 5 semanas vividas en Carlos Beguerie.

El desafío más grande del rodaje fue filmar una escena que transcurre dentro del desfile del Carnaval del pueblo. La dificultad residía en que, por cuestiones presupuestarias, no podíamos recrear el Carnaval sino que teníamos que filmar dentro del desfile mismo procurando no interferir con su normal desarrollo.

Es decir, no podíamos decidir qué carrozas se verían y cuáles no, no podíamos decidir quiénes pasarían delante o detrás de nuestro personaje, no podíamos iluminar la escena ni controlar el sonido ni manejar los tiempos en que ocurría cada una de las cosas que hacía al Carnaval. Por otra parte no nos interesaba tener una imagen referencial del evento sino que necesitábamos construir un entorno onírico para el personaje y finalmente la escena incluía un travelling circular que daba 6 vueltas alrededor del personaje y que debía hacerse cámara en mano. La jornada fue agotadora, intensa y feliz.

El desafío no sólo para mí sino para todos los que trabajamos en la película era grande pero, al ver la película terminada, por suerte vemos que superamos nuestras propias expectativas.

En la película se plasma la ausencia como estado de inquietud a través de una experiencia sensorial no solo desde lo narrativo sino también desde la estética ¿cómo fue el planteo de este aspecto?
Si bien los personajes de la película están todo el tiempo en relación a sus ausentes creímos siempre que el tema de la ausencia no se agotaba en su instancia argumental. Es decir, no queríamos hablar de la ausencia, queríamos antes transmitir a nivel emocional ese estado de inquietud que están viviendo los personajes.

Nos interesaba corrernos del lugar de la nostalgia o de la melancolía a los que está asociado el tema en general para ahondar en las tensiones, los miedos, la vulnerabilidad que aparece cuando uno está atravesando un duelo reciente.

Ese estado de inquietud que viven los personajes los deja a todos un poco por fuera del mundo. Es decir, son personajes en trance que sólo accionan en relación a su ausencia y esto los corre de la realidad objetiva. Esto justamente es uno de los puntos más importantes que trabajamos desde la puesta en escena: toda la película se apropia de esa extrañeza y el clima pesadillesco que están viviendo los personajes es el mismo que percibe el espectador.

Es síntesis, la película cuenta un duelo pero es a la vez un thriller de fantasmas

Respecto a los personajes del film ¿cómo fue la selección de los protagonistas?
El proceso de casting no fue tal en el sentido estricto de la palabra. Este proyecto me acompaña hace mucho tiempo así que de alguna manera los personajes estaban presentes siempre en mí mientras trabajaba en otros proyectos. Trabajé como ayudante de dirección en El cielo elegido (2010) de Víctor González. Una noche mientras filmábamos una de las escenas, Jimena Anganuzzi (que trabajaba en la película) hizo un gesto o miró de un modo, o usó una entonación (ya no puedo recordarlo) que automáticamente me hizo pensar en Gringa. En cuanto tuve una primera versión del guión se lo acerqué a Jimena que, por suerte, aceptó enseguida. A partir de ese momento ella no sólo pasó a ser Gringa sino que fue parte fundamental a la hora de elegir al resto de los actores.

Con Alberto Suárez me pasó algo similar. Si bien es un actor del cual yo conocía mucho de su trabajo, fue en una prueba de cámara para la película Vaquero (2011) de Juan Minujín (donde yo estaba encargada del casting y era coach de actores) donde me di cuenta que Alberto podía ser un gran Jafa. Me pasó lo mismo que con Jimena: algo que hizo él, un brillo, un detalle, me hizo pensar automáticamente que él debía hacer el papel.

Con Jorge Prado y con Agustin Pardella fue un poco distinto. A los dos los conocía también mucho por su trabajo y me encantaban pero en ambos casos tenía dudas sobre cuestiones físicas: originalmente Tania era un poco menor de edad que Jorge y al personaje que interpreta Agustín siempre lo imaginé bien distinto a él: pensaba en un hombre muy morrudo, grandote, morocho y Agustín no estaba cerca de ese preconcepto. En ambos casos le expliqué a ambos la situación y les pedí que probáramos una escena con Jimena. En ambos casos nos pasó lo mismo a Jimena y a mí: literalmente a los dos minutos de empezar la escena ya estábamos convencidas de que debían ser ellos quienes interpretaran esos personajes.

Sobre su futuro en la industria cinematográfica, ¿está trabajando en algún otro proyecto actualmente o hay alguna idea en mente?
Si, estoy empezando a apuntar algunas imágenes de un nuevo material. Creo que va a ser una película de ficción, que va a ser el intento de un policial, que se va a desarrollar en las proximidades de Plaza Once y creo también que en el inicio va a haber un crimen. Eso es lo que creo pero, cuando pase el estreno de Los ausentes y me siente a escribir, veremos qué es lo aparece esta vez.

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