Ezequiel Obregón
06/04/2016 17:02

En Guaraní (2015), coproducción argentino paraguaya, el director Luis Zorraquín aborda las tensiones entre lo local y lo global a través de una “historia pequeña” pero plena en humanismo. El vínculo entre un abuelo y su nieta para hablar del estado del mundo. En una entrevista exclusiva, dialogamos sobre la temática del film, el preciso y exitoso casting, y las dificultades a la hora de filmar en un escenario tan agreste.

Guaraní

(2015)

Considero que el par protagónico es uno de los grandes aciertos del film. ¿Cómo se llegaron a esos actores, y cómo fue dirigirlos?
Tuve mucha suerte de encontrarme con esta dupla… Antes de filmar la película, decidimos filmar un pequeño corto y conseguir financiamiento para el largo. Con la ayuda de Hebe Duarte hicimos un casting, Hebe convocó a unas niñas de un grupo de teatro de Luque, una ciudad paraguaya. Una de estas niñas era Jazmín Bogarín, que en un principio me parecía de tez muy clara para el rol, pero Simón Franco -que conocía el personaje porque escribimos juntos el guion-, me insistió en que no importa su piel, que tremendo talento teníamos que aprovechar. Trabajar con Jazmín fue un placer, porque ella es muy estudiosa y comprometida con su personaje; Juan Antonio, su profesor de teatro, fue su coach en la pre y durante el film, y me ayudó mucho con el guaraní de Jazmín que no era su fuerte. Pero tampoco sabía andar en bicicleta y en la película ambas cosas le salieron de forma natural. El abuelo fue una pegada de Osvaldo Ortíz, el productor paraguayo. Ya teníamos la niña y nos faltaba su abuelo. Un día me manda un mensaje con una foto de Emilio Barreto que decía “ya encontré a nuestro abuelo”. En un primer momento me costó reconocerlo por foto, entonces me mandó unos videos y me pareció fascinante. Después hablamos por Skype y conectamos perfectamente; era el actor ideal. Yo no sabía pero Emilio tenía una trayectoria de años de teatro y se notaba que sabía muy bien lo que hacía en los ensayos. Después, en la película, sorprendió en todas las escenas. Y así fue que nos pusimos a trabajar y ensayamos como tres meses por Skype y viajé a Paraguay en dos oportunidades con jornadas duras de trabajo.

La película tiene una "trama", entendida dentro de una concepción de guión clásica, pero también hay mucha observación. ¿Qué decisiones lo motivaron a detenerse en determinados gestos, miradas, momentos de tensión, paisajes?
Me gusta pensar la película como un diálogo y una reconciliación entre el desarrollo y las raíces como cultura o identidad. Y esto representado en los personajes, en los recursos de cámara y en la música.

Hay un equilibrio que no quería perder a lo largo de la película, y era el de transmitir la sensación de viaje, sentir que avanza siempre a lo que sigue de forma inevitable, porque así sucede el desarrollo humano, el de las ciudades o el mundo globalizado. Pero al mismo tiempo en este equilibrio no hay que perder la identidad propia, y la posibilidad de reflexión y contemplación de este mundo en constante desarrollo. Los conflictos internos están en primer plano y ahí están las miradas; los paisajes forman parte de reflexión y ayudan a retratar la evolución del viaje y los momentos de tensión son las situaciones límites que ayudan a resolver los conflictos.

¿Cuáles fueron los desafíos y complicaciones a nivel técnico, en relación a haber filmado en paisajes tan agrestes?
Creo que un desafío grande en estos lugares es el Compani Move, el traslado de actores y equipos siempre es dificultoso y en estas locaciones cuesta más, pero el diseño de producción a cargo de Esteban Lucangioli fue muy inteligente y evitamos movernos lo máximo posible, y logramos contar una road movie que cruza media Argentina y la filmamos casi toda en la provincia del Chaco. Técnicamente armar un set de filmación en el rio no fue fácil tampoco.

¿Por qué cree que en los últimos años, desde Las Acacias (2011), pero también desde otros films como El cielito (2003), el cine argentino produjo "retornos" a los espacios regionales?
No sabría bien la respuesta. Pero si se que muchos estamos reconociendo y disfrutando el proceso migratorio de los países limítrofes a la Argentina de los últimos 50 años, entiendo que migración significa cambio y en nuestro caso es dejar de creernos que somos los mejores y que podemos solos y comenzar a valorar la diversidad como única posibilidad de superación.

¿Cómo se llega a lograr una co-producción de estas características? ¿La temática condicionó encontrar fondos?
Con Simón Franco ya trabajábamos en Paraguay filmando publicidad. Formar parte del medio facilitó las cosas, lo difícil fue convencer primero que un argentino podía cuidar su cultura. Y ese fue el rol de Osvaldo Ortíz, el productor por Paraguay que ya nos conocía, le gustó el guion y puso su voto de confianza. Creo que todavía no hay un convenio bilateral escrito con el Paraguay específicamente, pero es cuestión de tiempo nomás.

¿Qué lo impulsó a pensar los conflictos de género, de clase, de cultura, a partir de un vínculo entre nieta y abuelo?
Esta película intenta conciliar el idioma, las raíces con el desarrollo, y está representado en la relación entre el abuelo y su nieta. Paraguay por diversas cuestiones socioeconómicas a lo largo de su historia, obligó a una generación trabajadora a emigrar dejando a sus hijos al cuidado de sus abuelos. Esta relación es la que intento describir con mucha delicadeza a lo largo del viaje y de la peli.

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