Rolando Gallego
08/02/2016 13:47

A punto de estrenar El rey del Once (2016), su regreso al cine, al barrio del Once y también al Festival de Berlín, el realizador Daniel Burman dialogó en exclusiva  con EscribiendoCine sobre la aparición de Usher, el personaje real que le disparó la  historia, el proceso creativo, y algunas reflexiones sobre la realidad y su relación con la ficción. “Trato que las emociones no me ahoguen” sostuvo durante una distendida charla.

El rey del Once

(2016)

¿Cómo apareció Usher en tu vida?
Usher apareció en mi vida de una manera bastante casual o fortuita, había terminado de filmar Dos hermanos (2010) ye estaba agotado un poco de mi mismo e incluso del cine y necesitaba reconciliarme con el mecanismo cinematográfico y me había enterado de un grupo de amigos de Once que todos los años se subían a un ómnibus y viajaban cuatro mil kilómetros por Rusia, Ucrania y Polonia, visitando los pueblos en los que vivían antiguas comunidades judías masacradas por sucesivas administraciones y los cementerios, haciendo lo que se llama la ruta de los Tzadikim, que según los cabalistas eran personas que nacían con un alma justa y que podían salvar al universo y las tumbas de éstos serían como puertas hacia la divinidad. Tenía ganas de hacer un documental sobre esto, la cámara y yo, nada más, y este grupo de gente y para ser aceptado tenía que ser aceptado por Usher, y lo conocí acá, en el patio de comidas de Abasto y fui a una reunión con él en la que no me miró a los ojos y no intercambiamos más de cuatro palabras. Fui aceptado en el grupo, nunca supe por qué.

¿Hiciste el viaje y filmaste el documental?
Fui al viaje, lo conocí, y también a la fundación que él tiene en el Once profundo, y luego de hacer el documental, me acerqué allí, en donde hay un batallón de voluntarias, una especie de cofradía en un misterioso territorio, que es el del bien, porque la maldad no tiene mucho misterio, es natural al hombre. Y ahí empecé a ahondar en el ayudar al otro más allá de su necesidad subjetiva, por ejemplo es muy común estar comiendo en una pizzería y que se acerquen a pedirte diciéndote “no tengo nada para comer” y le das una porción de pizza y el tipo te pide una empanada y vos pensás “entonces no tenías hambre”, porque somos así, y si uno tiene ganas de comer una empanada ¿por qué tenés que comer milanesa? ¿por qué el otro va a ser diferente?, ellos trabajan sobre esta particularidad, sobre el deseo subjetivo del que recibe y no sobre el que da. Y me metí mucho con esto, Usher me parecía un personaje increíble y empecé a pensar cómo sería el hijo de alguien así, que ayuda tanto y es imprescindible para una comunidad y qué sentiría, qué competencia tendría en esto de poder amar tanto a los demás y no tanto a él, porque uno en relación al amor paterno tiene cierta exigencia de exclusividad, que no tiene mucho sentido, porque ¿por qué nos tendrían que amar más?, y esa sumatoria de temas y situaciones terminan con un mecanismo, que desconozco, y tampoco quiero comprender, que es el mecanismo de la creación de una película y en donde todo termina tomando forma y es la historia de El rey del Once.

Cuando te acercaste a Usher y su fundación ¿te interesó reflejar su trabajo porque rompe con el estereotipo de la comunidad judía que habitualmente se tiene?
En realidad eso apareció después, cuando contaba en qué estaba trabajando y mencionaba una fundación que ayudaba a judíos “pobres” y me di cuenta que la gente no sabe esto, yo me crié en el Once y sé que hay judíos ricos, de clase media y judíos pobres, y no me llama la atención, pero es muy impresionante cómo llama la atención que haya gente que tenga una fundación que ayude a gente judía que no tiene para comer, no que no tiene para un auto, sino que no tiene nada para ese día sobrevivir y que han vivido mejor y que han sido levemente expulsados de la sociedad como puede pasar con descendientes de armenios, italianos.... Pertenecer a una comunidad no es un salvavidas ante la crisis, y esto también es un tema polémico y complejo. Cuando la atravesé no le di la importancia que ahora tiene.

Hay un trabajo muy fuerte sobre la voz de Usher y la mujer de Ariel el personaje que interpreta Alan Sabbagh ¿cómo fue convencer a un actor para que ponga sólo su voz?
Generalmente trabajo con muy buenos actores y muy generosos, y el caso de Elisa Carricajo, porque a un actor le encanta aparecer y hacer todas las piruetas, que me entregue su voz, que para mí es el instrumento más preciado, prescindiendo su imagen, es un acto de generosidad increíble y se agradece en otro proyecto poniéndole la cara.

¿Cómo trabajaste la recuperación de la nostalgia por el pasado y la reconstrucción de la infancia de Ariel?
Yo comía las galletitas con dulce de leche que come en la película Ariel, más allá de eso las experiencias o los acontecimientos, como habla Slajov Zizek, que me parece muy interesante, se cristalizan en detalles, la gran imagen es una proyección de algo pequeño, para mí de la infancia uno guarda esos detalles y luego imagina algo basado en eso, algo totalmente deforme de lo que uno cree que era y básicamente la infancia no es lo que fue sino lo que uno cree que fue, y en esa diferencia o tensión se construye nuestro vínculo con nuestros padres. Creo que hay una instancia de revisitar la infancia y asumir la tensión o esa diferencia, no sé si eran galletitas con dulce de leche o era pan, o si comí esto alguna vez en lo de un amigo, pero finalmente esa infancia, que uno inventa, la que uno quiere, como el Once que yo pongo en las películas, que no es el que existe, volver a revisar ese gap, esa diferencia, ese desfasaje alivia y permite recuperar el vinculo con nuestros padres y nuestra identidad con otra liviandad.

¿Cómo pensaste los rasgos y conflictos de Ariel, alguien tan diferente a su padre?
Fueron apareciendo como están en la película descriptos pero de una manera mucho más caótica, porque el proceso de producción suele ser caótico y a la vez dialéctico, con muchas idas y vueltas y contradicciones internas que algunas se resuelven y otras quedan latentes y son parte de la propia dinámica del relato. Qué es lo que queda y qué no luego como propios de la narrativa de un film es un misterio. A mí me gusta jugar mucho con las contradicciones, con la tridimensionalidad y también con la conciencia, los personajes no son conscientes todo el tiempo ni de lo que les pasa ni de en qué momento están en la curva, pero uno no sabe tampoco en qué momento se están transformando, uno se entera después, o nunca, es por los demás, por el reflejo de la mirada del otro, todo lo que tiene que ver con Ariel y Eva (Julieta Zylberberg), la decisión de quedarse o irse, todo fue trabajado mucho con los actores y participantes del proyecto y fue un proceso de una dialéctica compleja, sinuosa, con contradicciones hasta llegar al guión y una vez que lo tuvimos el rodaje fue bastante fiel.

Una vez que tenés el guion, ¿sos de respetarlo al pie de la letra?
Lo respeto bastante porque desconfío del rodaje, porque es un momento muy emocional y con una mirada bastante distorsionada de lo que uno está haciendo.

¿Tiene que ver con la espera que tienen los directores hasta poder filmar y concretar el proyecto?
Sí, puede ser, pero tiene que ver con que es todo muy inestable, un día dormís bien, otro dormís mal, algo te cayó mal, en cambio el momento del guion es un momento maravilloso, te vas al bar que te gusta, mirás por la ventana, todo es controlado, pero por otro lado, y aunque parezca contradictorio y lo es, hay una dosis de incertidumbre en el rodaje y que hay que abrazar, no hay que querer controlar todo, si vas y aparece en el rodaje algo diferente a lo pensado, porque la realidad del día y la calle es distinta, hay que abrazarla, no hay que ir en contra porque la fuerza de la realidad es demoledora, un segundo de realidad tiene mucha más fuerza que horas de ficción perfectamente construidas, y en esa aparente contradicción navego cuando hago una película.

Regresas al cine, al Once y a Berlín con la película ¿cómo te sentís con esto?
Yo trato que ocurra, quitándole solemnidad e intensidad, que son los enemigos públicos número uno de la felicidad y trato que todo suceda sin pensarlo demasiado. No es fácil, y me lo digo para hacerlo, trato de estar lo más relajado posible. No lo estoy logrando, pero presentar la película con la gente que la hizo es muy emocionante, estar en Berlín, que no es cualquier lugar, con una película de esta temática es muy movilizante pero también trato que las emociones no me ahoguen.

Comentarios