Juan Pablo Russo
02/02/2016 15:56

Tras La educación gastronómica (2012), su auspiciosa ópera prima, Marcos Rodríguez, prueba suerte en el documental con Arribeños (2014), un particular retrato sobre el Barrio Chino y la comunidad taiwanesa en Buenos Aires. "Con Arribeños lo que buscaba era, sobre todo, transmitir una experiencia de vida, hacer que el espectador pueda vivir, de alguna forma, lo que vivieron ellos", dice en una charla con EscribiendoCine.

Arribeños

(2015)

¿Qué fue lo que fascinó del Barrio Chino para hacer una película sobre él?
El primer impulso desde el que nació Arribeños fue justamente la fascinación. Estaba un día almorzando en un restaurante del Barrio Chino y de pronto me vi envuelto por un lugar que me llevaba al otro lado del mundo. Hacía un par de cuadras estaba en el Bajo Belgrano y de pronto me encontraba en Taiwán. Había algo ahí, en ese lugar, en ese cruce, que me imaginaba una y otra vez en pantalla. Supongo que tiene que ver con la historia de uno, con las películas que ha visto, con lo que conocía sobre la inmigración taiwanesa.

Después, al avanzar en el proyecto, al ir conociendo las historias de esas personas, al frecuentar el lugar, esa primera fascinación se fue abriendo y haciendo más clara. Por un lado estaba el gusto estético: el Barrio Chino es un lugar que atrae la cámara. Por otro lado, había historias, conflictos, temas, identidades complejas que me atraían: los inmigrantes, sus familias, sus vidas. La combinación de esas cosas es lo que explica esa primera fascinación.

La película traza un panorama sobre la inmigración taiwanesa en nuestro país, ¿te une algo a esa comunidad o solo tiene que ver con cierta curiosidad?
Yo conocía algo de la historia de la comunidad a través de una de mis mejores amigas, que es taiwanesa. Pero no hay nada que me una a la comunidad, uno de los primeros atractivos del proyecto fue justamente el deseo de conocer un poco más esa historia.

¿Por qué la decisión estética de la utilización del plano general y el plano fijo?
La idea de usar el plano general tiene que ver con ciertas ideas que quería plasmar en este documental. La idea de Arribeños no fue nunca, por ejemplo, buscar un personaje principal que contara su historia, tener un protagonista, digamos. El protagonista es la comunidad. Y la comunidad atravesada por el paso del tiempo. Había una cierta cuestión de perspectiva, de distancia que permite componer el cuadro general (compuesto, por supuesto, de detalles) que quería trabajar en toda la película y que funcionaba de forma natural con el plano general. El plano general es el que permite tener la imagen completa, que permite ver el espacio como un todo. Eso era lo que quería mostrar.

Entraron en juego, además, mis gustos personales, por supuesto, y la influencia de una línea del cine taiwanés que me parecía importante trabajar también en la película.

¿Y la de usar las voces y evitar mostrar los rostros?
La idea de usar solo las voces tiene que ver también con esta idea de trabajar con la comunidad como protagonista. Los rostros marcan una individualidad muy fuerte en el espectador, y si bien esa individualidad está presente en las voces, me parecía interesante jugar por otro lado con la idea de crear la voz de un barrio, la voz de una experiencia que se compone de muchas voces.

Tanto en Arribeños como en La educación gastronómica, tu ópera prima de ficción no estrenada comercialmente, tratás temas vinculados con el arraigo y la identidad vinculados con el hábitat, ¿qué te moviliza trabajar sobre esos tópicos?
Es verdad que hay algunos puntos en común, que en un primer momento no me había planteado para Arribeños. La educación gastronómica nació con una fuerte marca autobiográfica, con la que yo intentaba procesar ciertos temas que eran importantes para mí, como la identidad y el espacio. Que tienen que ver con experiencias personales, como el hecho de haber crecido en el interior y haberme venido a vivir a Buenos Aires.

Evidentemente, esos temas de alguna forma también están presentes en Arribeños, era algo de lo que quería explorar: cómo construye uno su identidad, cómo le da forma a su vida. En el caso de la inmigración taiwanesa, una de las cosas que me resultaban atractivas era lo extremo de ese choque: haber dejado toda una vida, familia, experiencia, del otro lado del mundo y caer en Buenos Aires, muchas veces sin saber dónde queda exactamente, sin hablar siquiera el idioma, y encontrar la forma salir adelante, de adaptarse, de formar una familia en un mundo nuevo. Todo eso hace a la identidad.

¿Cómo tomó la comunidad taiwanesa tu visión sobre ellos?
Tuvimos muy buenas respuestas de los que vieron la película. Muchos estaban agradecidos de que alguien hubiera contado su historia. Creo que muchos pudieron percibir el respeto con el que nos acercamos al tema.

Con Arribeños lo que buscaba era, sobre todo, transmitir una experiencia de vida, hacer que el espectador pueda vivir, de alguna forma, lo que vivieron ellos. Y en general, tanto de gente de la comunidad como de gente que no pertenece a la comunidad, tuvimos una respuesta muy emotiva y muy linda.

¿Te cambio el punto de vista que tenías sobre ella? ¿Creés que el espectador va a tener otra visión después de ver Arribeños?
Creo que el espectador puede cambiar su punto de vista sobre la comunidad sobre todo porque la historia de la comunidad no es muy conocida por el público en general. La comunidad taiwanesa no es muy grande, pero forma parte desde hace muchos años de la vida de Buenos Aires y creo que descubrir esa otra parte es también descubrir un poco de nosotros mismos.

Mi visión sobre la comunidad fue tomando forma a medida que entraba en contacto con la gente. En un primer momento, a lo mejor tenía ciertas dudas o miedos sobre si iban a abrirse para contar sus historias, si iban a querer compartir sus vidas con un desconocido. Creo que muchos tienen la idea de que es una comunidad cerrada. Pero en cuanto empecé a hablar con ellos, me di cuenta de que, al contrario, en general son gente muy abierta, que me recibió con mucha amabilidad.

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