Ezequiel Obregón
11/03/2015 19:52

Acompañando el estreno de La vida de alguien (2014), nueva incursión de Ezequiel Acuña en el territorio de la “joven nostalgia” que se presentó en el 29 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, se ralizará en el Malba durante julio una restrospectiva de su obra que incluye los films Nadar solo (2003), Como un avión estrellado (2005) y Excursiones(2009). En diálogo con EscribiendoCine se explayó sobre los temas que le interesan, y el aporte de sus amigos.

La vida de alguien

(2014)

“Lo de Mar del Plata fue muy bueno; la experiencia de que la película se pase en una sala súper grande, algo que iba mucho más allá de la competencia. Y hacía mucho tiempo que no pasaba una película con tanta gente”, sostiene Acuña pensando en lo que ocurrió en el 29 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Nuevamente a metros del mar presentó su último opus, esta vez en territorio es Pinamar y el público será distinto.

Viendo tus películas, uno tiene la idea de que lo que hacés es introducir pequeñas variaciones sobre un puñado de temas.
Sí, esa es la idea. Pero yo soy más fanático del policial que de la novela, por ejemplo. Me encantaría hacer otras cosas. También pasa que las películas hay muchos lugares a los que ni llegan. Por ejemplo, no estuve en ningún festival de Estados Unidos; excepto en Miami, con Excursiones. En Asia o África no se pasaron. A veces uno repite o trata de mejorar el estilo o lo que quiere contar, porque quiere que una película reactive las otras. Incluso a nivel local, no son películas que se hayan estrenado con una gran cantidad de salas o copias. La idea es revalorizar lo anterior.

Encuentro cierta afinidad entre tu mundo interior y lo que plasmás en la pantalla. Trabajar con los mismos actores y equipos técnicos, ¿marca acaso un continuidad entre la vida y el cine?
Y sí, porque si vas encontrando a la gente con la que te sentís cómodo laburando y te hacés amigo y ellos pueden crecer, por decirlo de alguna manera, en paralelo, y les interesa lo que cada uno quiere contar, y se identifican con eso, entonces todo es más fácil. Por ejemplo, en cuanto a La vida de alguien, Santiago Pedrero también es músico. Yo lo ayudé a producir el disco. Lo conozco desde que toca hace catorce años. Entonces, ya lo conocés a él y podés imaginar un personaje que es músico. Es más fácil, conociéndolo.

En varios realizadores uno percibe cierta “inestabilidad”. Filmar cuando se puede parece ser lo que subyace. ¿Cómo armás los guiones? Tuviste regularidad entre las cuatro películas, pero pasó un tiempo considerable.
Me interesan los procesos. A mí me gustan las películas de Lucrecia Martel, Damián Szifrón, Fabián Bielinsky o Martín Rejtman. Me gustan los procesos largos, no sé si por varios años. Pero tampoco sé si uno puede hacer una película por año. O a la edad de uno tener tanto conocimiento sobre el lenguaje cinematográfico, como si fueses un escritor que saca un libro por año y tuvieses un conocimiento sobre la gramática o un estilo muy plantado. Hay sistemas y formas que tienen que ver con una inmediatez, hay excepciones.

¿Cómo llegaste a contar con el escritor chileno Alberto Fuguet como productor?
Con Alberto tenemos una relación de amigos. Antes de dirigir, él vino con el diario El mercurio a la edición del 2003 del BAFICI. Yo lo invité a ver Nadar solo; había leído varios libros de él. Ahí empezó una amistad; nos fuimos encontrando en distintos lugares. Yo viajé bastante a Santiago de Chile. Él me pasaba sus libros, yo mis películas, nos encontrábamos. Tuvo una época en la que venía mucho a Buenos Aires. Él ha visto Como un avión estrellado en el living de la casa de mis viejos. Él tiene una película, Invierno, que va a durar como seis horas. Yo vi un tercio de la película y tiene una temática bastante parecida a La vida de alguien. Entonces, su aporte fue el de juntarnos y hablar un poco. No fue un productor/inversor, sino el productor que escribe algo, se interesa, te recomienda.

En tu filmografía hay una nostalgia particular, porque los personajes son jóvenes aún. Y la nostalgia está más marcada en quienes vivieron muchos años, porque tienen más para anhelar. Aquí parece que todo está más profundizado; cuando los personajes están tristes, están muy tristes; cuando están contentos, más contentos.
Sí. Eso es algo muy personal también, a mí hay cosas del pasado que me siguen generando esta cosa atemporal que tienen también las películas, como con un cassette, un disco. Se habla de una manera en la que está corrido del tiempo. Hay un anhelo mío, pero eso es más como que viene uno. A veces siendo un tipo melancólico la pasás bien, otras veces mal, y es algo que te lo preguntás más en terapia. Para lo creativo puede servir, luego para la vida personal no sé; te cuestan las relaciones, o la continuidad en las relaciones.

El disco de La foca es anterior a la película, pero parece lo inverso. Es tal afinidad que tiene con la película, que parece haber sido hecho para ella.
Yo soy muy amigo de los chicos de La foca, los conozco más o menos desde al año 2000. Es una banda uruguaya pero poco conocida en Uruguay. Tuvieron dos etapas muy marcadas, en una época hacían humor. Llegaron a tocar incluso en programas de viajes de egresados, muy adolescentes, en los ’90. Luego hicieron algo muy introspectivo. Fuimos juntando material y vimos en qué momento lo podíamos usar. Luego Ailín Salas y Santiago Pedrero tocaron algunas canciones para las películas. La música incidental fue algo más trabajado en función de componer algo nuevo.

También es muy fuerte el aporte de Fernando Lockett, el director de fotografía. ¿Aportó la idea de filmar en 35?
No, con él habíamos hecho entre Excursiones y esta película muchos video clips, algunos en 16, casi todos los demás en digital, pero siempre probando ideas. Lo del fílmico remite a algo nostálgico, el tema del grano por ejemplo. Hay toda una cosa medio onírica por momentos; Fernando es un grande.

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