Ezequiel Obregón
24/09/2014 16:56

La directora de Rompecabezas (2009) estrena El cerrajero (2014), una película centrada en las vivencias de un hombre que se entera que será padre, entra en crisis y, silenciosamente, se replantea su vida. En esta entrevista, Natalia Smirnoff habla de las oportunidades, el casting de su film, y el recuerdo de Arturo Goetz, quien aparece en la pantalla grande por última vez.

El cerrajero

(2014)

Una Buenos Aires sitiada por el humo, un joven cerrajero que súbitamente recibe el don de conocer la vida de sus clientes, y una noticia que le provoca un análisis de su existencia. De todo eso habla el opus dos de Smirnoff, quien tenía previsto estrenar su film dos semanas atrás. “Está muy difícil conseguir pantalla y no por la peli en sí. No hay pantallas”, sostiene. Y agrega: “Todo se fue dando de manera rara y compleja, se fueron adelantando películas y viste que en general se atrasan. El Ardor (2014), por ejemplo, se adelantó. Y hay muchas películas por estrenarse, a la vez".

Es tu segunda película y volvés a trabajar la idea de un personaje al que le cuesta “encajar”. Nuevamente, ponés la lente en un mundo cotidiano en donde hay dramas pero nada se presenta como trágico.
Me gustan mucho esos momentos que son de crisis, de cambio, y lo que vos describís creo que refiere a personas que tal vez “encajaban” antes, pero en el momento en el que comienza la película sucede que ya no. Para mí, las crisis tienen muy mala prensa. Pero son grandes momentos de algo nuevo y transformatorio. Son momentos en los que como no todo está bien, eso permite que se cuelen cosas nuevas dentro de la búsqueda. Es algo que aplico en mi vida; sí o sí yo creo que cuando en alguien todo está bien, no cambia, no se transforma. Y, en general, después vienen decadencias. Cuando todo está bien, algo se empieza a desgastar. Son partes del ciclo de la vida y permiten que te plantees que algo no funciona.

¿Cómo surgió la idea de trabajar con ese famoso humo del 2008?
Viste que los guiones, en general, son ideas que se disparan y tardan mucho en llegar a decantar. Cuando estaba por empezar a filmar Rompecabezas empecé a escribir El cerrajero. El germen inicial fue en el 2008, 2009, y lo del humo había sucedido hacía muy poco. Me resultó muy potente ese momento; esta cosa súper argentina de buscar el motivo para hacer nada sobre la Tierra. Lo conspirativo; “siempre hay algo oculto”. Un motivo para interrumpir todo lo de uno. Si alguien puede “por culpa de la lluvia” no hacer algo, no lo hace. Si la gente puede no hacer, no hace. Pienso en las cenizas volcánicas, la gripe aviar, la crisis… Siempre viene algo que viene, nos agarra, y no hacemos nada más.

Es obvio hablar aquí de la mirada femenina, pero es algo perceptible en el hecho de ir hacia el detalle, de trabajar una forma más silenciosa de abordar el conflicto. Por otro lado, trabajaste con Paula Markovitch como asesora de guion y con Delfina Castagnino en el montaje. Más miradas femeninas.
Paula me dio dos o tres devoluciones. Con el guion, trabajé tanto con ella como con Martín Salinas. Escribo yo y voy recibiendo asesorías. Paula me habló de algo esencial y es el amor. Me redefinió lo que yo estaba queriendo contar. “Estás contando sobre alguien enamorado que no se anima”, me dijo. Partir de ahí fue una revisión de todo el guion. Delfina es muy personal en su visión, ella hace su trabajo, yo lo veo y hablamos. No le gusta tanto trabajar con el director al lado y es alguien que claramente tiene una visión.

¿Tenías ganas de abordar un personaje masculino?
Me divertía intentarlo. También, tratar la paternidad como tema. Creo que, como cineastas, tenemos una gran responsabilidad y es ponernos en la piel de otro, no juzgar. Me parece que es súper rico ponerse en la piel de un hombre, si bien yo creo que una tiene parte de hombre, de mujer. Traté de asesorarme mucho, quise que el personaje fuera un hombre creíble. Me parece que eso lo logré.

Tu film es la película póstuma de Arturo Goetz. ¿Cómo lo recordás?
Yo era muy amiga de Arturo, él hacía tiempo estaba enfermo y venía peleándola. Lo fui a ver un mes atrás y luego me llamaron para que me fuera a despedir. Pero yo estaba en Bolivia y no pude. Tomé su muerte no con sorpresa pero sí con mucha tristeza. Arturo era un ser excepcional, fuera de serie. Me acompañó muchísimo, en Rompecabezas hicimos muchos viajes juntos. Fue una pena grande. Cuando volví de Bolivia, él había muerto el lunes y ya era el jueves. Empecé a llorar y todos se preguntarían porque lloré. Él va a seguir viviendo en sus películas. Tenía mucha vitalidad, hizo películas aun en estado de quimioterapia. Hay seres que en la vida te marcan, y para mí Arturo es uno de ellos.

En el film, compone al padre del cerrajero y eso genera dentro de su universo interno algo muy conmovedor.
Cuando vos sos padre, entendés que tus padres hicieron lo mejor que pudieron, y que además pudieron haberse equivocado porque son humanos. Y aprender y perdonar la dimensión humana es lo único que te permite seguir adelante.

¿Cómo llegaste a Esteban Lamothe y a Erica Rivas?
A él, yo lo había castineado para la película Agua, de Verónica Chen. Cuando lo vi en El estudiante y después lo fui a ver al teatro me fascinó. Me pareció que tenía algo muy bueno para esta película, y es que podía pasar por un cerrajero común y tener algo un poco más sutil que él tiene, que es no ser un actor ciento por ciento histriónico. Y eso lo hace muy interesante. Érica vive cerca de mi casa. Con ella estábamos escribiendo un proyecto, cuando yo ya estaba por filmar El cerrajero. Al final no llegamos a hacerlo, pero en medio de todo eso dije “qué genial que sería que el personaje tenga treinta y pico en vez de veinte años y algo más”. Lo charlamos y aceptó estar.

En el medio de la crisis aparece Daisy, una chica peruana que produce algo muy bello en el universo del cerrajero. Un hallazgo.
A ella la buscamos con Daniela Marinaro, que empezó a hacer un casting en los ámbitos peruanos en Buenos Aires. Ella grababa chicas para que vinieran después. Juntamos a muchas chicas y cuando la vi a Yosiria Huaripata, que fue la segunda, fue un milagro. “Es ella, no hay duda”, dije. No tenía experiencia en cine. Vivió un tiempo en mi casa, pero luego del casting se estaba volviendo porque la trataban muy mal en donde trabajaba como costurera. Me contaba cosas terribles, como no darle comida y trabajar veinte horas en condiciones increíbles. Es increíble que eso exista. Me gusta tratar los temas sociales “de costado”, creo que entran más que si uno los trata directamente.

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