Ezequiel Obregón
02/10/2013 12:38

El director de De martes a martes (2012) dialogó con EscribiendoCine sobre este polémico film que sembrará casi inevitablemente incomodidad en el espectador. Juan tiene un trabajo gris. No habla demasiado, pese a que a diario es maltratado por casi todos los que lo rodean. Juan es robusto, se entrena diariamente y sueña con tener su propio gimnasio. Un día es testigo de una violación. Pero elige no meterse. Tal vez, allí esté la clave de su nueva vida. Así de controvertido es el film de Gustavo Fernández Triviño, un hasta ahora técnico cinematográfico que debuta en la dirección y lo hace con un sólido elenco encabezado por Pablo Pinto y Alejandro Awada.

De martes a martes

(2012)

Cuando termine tu film el público seguramente se sentirá incómodo. ¿Notaste esa sensación cuando viste el film en los festivales a los que fue invitado?
De martes a martes deja mucha tela para cortar cuando termina y hay distintas posiciones tomadas respecto a la actitud del personaje. Y la gente quiere respuestas, muchas respuestas. Acompañé la película en diferentes festivales y las preguntas iban siempre a lo mismo. Todos quieren respuestas sobre el por qué del mal proceder de Juan. Y está buenísimo que suceda eso, que la película termine y que deje al espectador pensando, reflexionando, molesto. Algunos entienden por qué hizo eso y para otros es injustificable.

El actor que interpreta a Juan, Pablo Pinto, tiene una gran omnipresencia. Se trata de una obra dilemática y lo más importante pasa por su mente. ¿Cómo llegaste a él?
El guión al comienzo fue escrito para hacerse en ocho fines de semanas y con amigos, sin presupuesto, sin nada. Finalmente me mando a competir en el concurso de óperas primas del INCAA, siempre pensando que ganarlo era algo difícil, siempre sospechando que ganaban amigos de amigos. Siempre lo miré de reojo. La cuestión es que me mandé y gané el concurso sin conocer a nadie. El guión, que al comienzo era muy modesto, fue reescrito y tomó otra envergadura. Terminó siendo un largometraje que filmamos en cuatro semanas. Como trabajo como técnico de cine, todos mis grupos de amigos son técnicos. Sabía que estaba todo muy apuntalado a la parte técnica y que ahí no iba a tener ningún problema. El problema era el elenco, con el presupuesto que teníamos no contábamos con mucho para llamar a los actores. Como haciendo cámara filmé muchas películas con ellos, traté de seducirlos para que me dieran una mano. Con Alejandro Awada hemos trabajado en muchas pelis. Ale leyó el guión y me dijo que no busque a nadie, que quería hacer la película, y que el dinero no era importante. Lo mismo con todos los demás. Con el presupuesto que tenía, era todo soñado. El problema era el protagonista: no hay de esas características; cuarenta años, morocho, de mirada amenazante. Una mirada que tenga peso, porque el actor no habla mucho pero habla con la mirada. Tenía que encontrar a un actor así. Lola Sosa, la directora de arte, me dijo “tengo un chico que pude andar”. Nos juntamos en un bar. Me acuerdo que era invierno, llovía y era de noche. Me junté en un bar de Urquiza. Yo no lo conocía. Cuando él entra al bar todos se dieron vuelta para ver quién era, porque pensaban que iba a asaltar. Y me di cuenta de que él era Juan Benitez. El problema era que pesaba 90 kilos. No era lo que yo me imaginaba. Leyó el guión y se animó, pero le dije que el problema era su peso, muy flaquito. Le dije que pensaba filmar de seis a ocho meses, y que tenía que hacer pesas y dieta. Comer proteínas, batidos, huevos, carbohidratos. Tardamos tres años… Él hizo pesas todos los días y una dieta, y terminó subiendo 29 kilos para hacer la película. Su entrega y trabajo fueron enormes. Antes sólo había hecho algunos bolos nada más. Su trabajo es arreglar hornos, cocinas, esas cosas. El hermano, Eduardo Pinto, que es director también, lo hizo hacer bolos. Pero no con diálogos. Estoy muy agradecido con él.

El personaje vive atormentado, hostigado por todos. ¿Pensás que eso atenúa su decisión?
No, no lo atenúa. Es injustificable no haber intervenido. Desde el guión había una búsqueda de que genera mayor impotencia el hecho de que él sea un patovica, alguien grandote, el hecho de que él pueda agarrar a este violador y matarlo a golpes. Indigna más que él se quede pasivo. Con pesar cincuenta kilos y chistar, la violación no hubiera ocurrido. Pero da más impotencia al espectador que sucedan estas cosas. Y lo que más molesta es que en los primeros cuarenta minutos el espectador se pone del lado de Juan. Todos lo queremos a Juan, sabemos que le gusta hacer pesas, que trabaja doce horas en una fábrica de mala muerte en donde es molestado, ninguneado y forreado por sus compañeros de trabajo, donde después hace horas extras para ganar más plata y comprar ese gimnasio al que no llega. Después se va a trabajar de patovica a un boliche y los chicos se burlan de él porque es morocho y tiene un traje barato comprado en Once. Todos lo queremos a Juan, y cuando ocurre la violación el espectador se siente traicionado por él, por su pasividad. Y me gustaba la idea de llevar al espectador de ese lado de la vereda, y en medio de la película hacer ese cambio. El que era bueno pasa a ser el malo, pero hay otro malo que es el violador, entonces hay una lucha de malos. Vos querés que le gane al otro malo, ¿pero quién es más malo de los dos? Mi búsqueda iba más por ese lado y pintar a una sociedad que es hostil con alguien que quiere hacer las cosas bien y cómo una persona que es buen padre y quiere una buena vida para él y su familia, haciendo las cosas bien no llega. Siendo malo consigue su objetivo, después las cosas le salen mal.

El guión tiene un virage in media res. Hay algo hitchkohiano. ¿Cuáles son tus directores-referentes?
Durante la escuela de cine uno ve muchos directores y va tomando referentes. Yo trabajé en casi 60 películas como técnicos, y mis grandes referentes son los directores con los que trabajé. Uno puede ver películas y tener anhelo de trabajar con Coppola. La realidad es que vivo en Argentina, tenemos que filmar con dos con cincuenta. No me saldría hacer una película como las de Alfred Hitchcock, hago el cine que sé que me puede salir y que puedo llegar a hacer. De los directores con los que he trabajado aprendí cosas buenas, cosas muy buenas, y cosas que jamás haría en un set. Y sobre todo de los directores de fotografía, esas personas calladas pero que resuelven. Y muchos de los grandes directores de fotografía terminan armándoles o haciéndoles las películas a los directores, que después se llevan los laureles. Uno lo ve a eso como técnico.

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