Ezequiel Obregón
18/09/2013 01:36

La película uruguaya AninA (Alfredo Soderguit, 2012) fue presentada dentro de la Competencia Oficial Internacional de Ficción de UNASUR CINE 2013. Con un importante recorrido por festivales (el film ya fue exhibido en el último BAFICI), este encantador relato cuenta las vivencias de una niña con nombre y apellidos capicúas.

AninA

(2013)

En Argentina, el cine animado vive un momento especial. Y no sólo es atribuible al éxito de Metegol (Juan José Campanella, 2013); otros aspectos también señalan un estado emergente en cierta medida inédito. Por ejemplo, la aparición del canal Paka Paka que ha permitido el desarrollo de productos nacionales y la incorporación en su grilla de dibujos animados de la región. O el caso de Smilehood, la productora oriunda de La Plata cuyo principal producto (El payaso Plim Plim) consiguió ser distribuido ni más ni menos por la Disney, paraíso de la cultura mundial animada en términos de penetración en todos los mercados.

No obstante, hay otros exponentes que expresan poéticas más locales (aún en los largometrajes). Un rasgo que se evidencia con AninA, relato sobre una niña que –como ella misma dice- se metió “en un problema de novela”. EscribiendoCine dialogó con Alejo Schettini, el director de animación que fue invitado por UNASUR CINE.

¿Cómo fue la génesis de la película? Sabemos que es la transposición de un libro.
El libro es de Sergio López Suárez, su primera novela. Es un escritor, dibujante y maestro de escuela uruguayo que se contactó con mi socio, el director de la película, Alfredo Soderguit, para que ilustrara su libro. Yo en ese momento estaba asociándome con Alfredo para hacer otro proyecto multimedia y empezar a trabajar con él y armar lo que es ahora nuestra productora, Palermo Estudio. Eso fue hace diez años. Yo viví el proceso de cómo Alfredo disfrutó de dibujar ese libro y cómo ya a partir de ahí empezó a pensarlo como película. Trabajamos un tiempo, quedó el proyecto latente, y en un momento nos juntamos con los otros productores de AninA. Ellos armaron una carpeta que elevamos al Fondo Audiovisual. Y sin muchas esperanzas lo ganamos. Fue como el puntapié para empezar a decir “bueno, esto se puede hacer”. La película se hizo mayoritariamente con fondos estatales y en co-producción con Colombia.

¿Existe en Uruguay una reglamentación de animación o ingresa como proyecto junto a todos los relatos audiovisuales?
Los fondos mayoritariamente son de proyectos audiovisuales, o sea que competimos con ficción. Y nos fue bien porque ganamos. Es una película que, más allá de ser de animación, tiene un perfil distinto. Yo no puedo decir que es sólo para niños, el adulto también se sensibiliza con lo que ve. Y el niño la aceptó. Apostamos a nuestra sensibilidad y funcionó, porque la gente la ve y le llega.

Schettini hizo su primera escala en San Juan para acompañar a AninA. No obstante, demuestra tener una consciencia de lo que está pasando en el resto de países como Argentina, que apuestan a la animación poniendo tanto recursos como imaginación. En esa ecuación, los realizadores y productores se preguntan acerca de qué tipo de material quieren construir. La animación es una técnica que siempre demanda dinero; la pregunta por el grado de “globalización” de los relatos deviene, entonces, esencial.

¿Vos pensás que casos como el de AninA refleja un cambio del estado de la animación latinoamericana o es aún una experiencia aislada?
La verdad, hablo un poco del desconocimiento porque esta es la primera vez que vengo a un festival y estoy conociendo a mucha gente. Creo que hay dos ramas claras: cine de autor y cine más comercial, que no creo que esté mal y es lo que estamos acostumbrados a ver en el cine que viene de Hollywood.

¿Te referís a Metegol?
Metegol tiene un perfil más “Pixar”, más hollywoodense, que a mí me encanta pero son dos caminos que se pueden hacer en Latinoamérica. Creo que hay que ser fieles a la historia que tenés y a los recursos con los que contás. Y saber leer eso. Podés hacer una película buena que sensibilice sin meterte en la obligación de hacer algo que supuestamente funciona.

¿Cómo es la técnica empleada para AninA?
La animación de AninA es una mezcla, tiene una impronta muy fuerte de ilustración. Creo que una de las virtudes fue apostar a lo plástico de la película. La animación se ajustó a la propuesta artística de la ilustración, son “ilustraciones animadas”. Creo que si vos ponés “pausa” en cualquier fotograma tenés una ilustración de libro.

Mientras la veía, la técnica me remitía a Les triplettes de Belleville (Sylvain Chomet, 2003).
Sí, es una referencia por lo menos emocional para todos los que hicimos Anina. Es una película que nos fascina.

Cuando llega un film de tu país a Argentina, suele hablarse de la “melancolía uruguaya”. Creo que algo de eso hay en AninA, pero eludiendo todo tipo de mirada chauvinista.
No están el mate y el termo en la película, no quisimos caer en esos términos. Pero sí hay una identidad hasta rioplatense. La gente dice “ese es el puente de tal lado”, que no es pero podría serlo. Y creo que eso está bien. Lo mismo con las voces, que son no neutrales. Eso le da a la película una impronta que es extrapolable a otros países. Y no les resulta extraño, más en América Latina. Creo que no caímos en el chauvinismo ni en esa melancolía que dicen que tiene Uruguay. La película comienza gris, con una lluvia, pero va tomando color. Fue más por una cuestión narrativa que por un capricho melancólico nacionalista.

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