Ximena Brennan
12/08/2013 16:49

Sip'ohi - El lugar del manduré (2011) es el segundo largometraje del director argentino Sebastián Lingiardi que se estrena en el Espacio INCAA Km 0 Cine Gaumont este jueves 15 de agosto, y que rescata con su discurso el reconocimiento de la comunidad wichí. En una charla exclusiva con EscribiendoCine, el director pampeano nos habla sobre cómo conoció a su protagonista, la estadía en el Chaco Impenetrable y la importancia de realizar un cine cultural y educativo.

Sip'ohi - El lugar del manduré

(2011)

¿Cómo fue encontrar y conocer a Gustavo Salvatierra y meterte tan profundamente en su historia?
Yo a Gustavo lo conozco a través de una amiga (María Paz Bustamante) que es la guionista de Las pistas – Lanhoyij - Nmitaxanaxac y Sip'ohi - El lugar del manduré. Ella ya lo conocía a Gustavo desde chica y también su madre. Ella siempre estuvo muy vinculada al Centro de Investigación y Formación para la Modalidad Aborígen (CIFMA), un instituto terciario en donde Gustavo es profesor. Él es wichí, es un profesor intercultural; habla los dos idiomas y esa es una forma de relacionar ambos mundos. En su momento surgió la idea de hacer Las pistas. Lo conocí y la verdad es que en ese momento pensé que es una persona muy particular, justamente alguien intercultural. Lo más importante igualmente fue la cuestión humana, la amistad, charlas tomando mate y hablando de las cosas que pensamos. Y a partir de ahí se fue tejiendo una relación que empezó en esa película pero que después continúa. En algún punto Sip’ohi es una iniciativa y una idea de Gustavo, algo más enfocado específicamente en lo wichí; y en Las pistas convive la cultura qom y la mocoví, que junto con la wichí, conforman las tres etnias de Chaco. El sentido de esta película era hacer algo sobre los wichí porque las otras dos etnias están más presentes quizá en lo audiovisual.

Como bien dijiste, trabajaste con él en Las pistas... que es una ficción, ¿cómo fue el traspaso de la temática wichí hacia este nuevo documental tuyo?
La primera película fue como una idea de probar algo. Era como ir a la inversa de lo que normalmente se hace que es el documental. Casi siempre el tema de los indígenas se trabaja desde el documental, no desde la ficción. De allí empezó a haber una serie de ideas de cómo podía ser una trama y el resultado es bastante extraño. Esa película es como que tiene algo incompleto, pero nos permitió establecer la relación con Gustavo. Él después de esa película fue como descubriendo lo que es el cine. Con una idea más precisa de lo que es justamente el cine, dijimos “ahora sí hagamos un documental”. De ahí hubo un movimiento interesante: para plasmar la cultura, una de las ideas más claras para hacerlo es partir de la realidad. Cada una tiene una cosmovisión, entonces una de las cosas más curiosas de este documental es que se encuentra con capas ficcionales. Ahí está esa tensión entre el documental y la ficción, que también estaba en la anterior, pero era un movimiento de fondo como más occidental. Aquí el discurso es como que está un poco más logrado en ese sentido.

¿Cómo fue la estadía de ustedes allá en la comunidad?, ¿cómo es convivir todos los días con los wichí?
La estadía en realidad fue muy grata y muy buena. Los problemas tuvieron que ver más que nada con lo climático. Quizá esto no se ve plasmado en la película pero hacerlo realmente fue un esfuerzo muy grande. Fuimos en verano. Las cosas independientes se hacen justamente en el verano por una cuestión de trabajo, por las vacaciones. En este sentido se hizo un poco difícil regular la energía. Pero la estadía fue buena porque principalmente teníamos una cierta comodidad que tiene que ver con que el pueblo está bastante equipado. Eso fue positivo. Esto marca el avance de la cultura occidental sobre el Impenetrable. Otra cosa que se relaciona con la estadía es el diálogo. Nos ayudó mucho el CIFMA, el instituto en cual hacemos todo esto y del cual sale una comunidad educativa. Esta película tiene que ver con lo etnopoético y esto viene del Festival de Marsella y está buenísimo, pero nosotros utilizamos el concepto de que era una película intercultural, que tiene que ver más con la educación. Yo, por ejemplo, soy de La Pampa y tengo una visión bastante rudimentaria de las cosas, muy diferente a las personas de la gran ciudad. Si bien estábamos cómodos, hubo muchos días sin agua y ese tipo de cosas. También, a pesar de estar en una casa y todo, la naturaleza te llega. Convivís quizá con bichos, víboras, etc.

Hay como temas y subtemas que se repiten en el guión y que atraviesan la trama. ¿Esto se dio naturalmente o lo fueron armando a medida que escuchaban los testimonios?
Fue como algo que fuimos descubriendo. Teníamos la idea de que había un poder muy grande en los relatos que habíamos recavado en la otra película. Había una seguridad muy fuerte en ese poder y pensamos que seguramente una película se iba a sostener con eso. Entonces pensamos en jugarnos e ir todo un verano a registrar e ir viendo. Igualmente fue un trabajo, si se quiere, intelectual bastante intenso porque editando seguimos descubriendo cosas y desde la mitad del rodaje en adelante ya sabíamos hacia dónde teníamos que orientarla. Fue como muy intenso estar pensando las cosas en el momento. Otro desafío de este tipo de proyectos es que uno no puede imaginarse yendo muchas veces al lugar. Hay que tomar decisiones rápidas y, por ejemplo, en el caso del relato sobre el espíritu mayor de ellos, ese dios, nosotros hicimos como “indescifrable cultural”, como que este casi inexplicable ser llamado Takjuaj, en el momento de descubrirlo fue como inevitable pensar que debíamos enfocarnos allí.

¿Cómo fue la elección de cada uno de los que prestaron su voz para relatar sus cuentos?
Eso tuvo que ver con la exposición y las ganas de cada uno la verdad. Fue un poco en función de eso y a lo largo de la película hay un montón de imágenes de distintas personas, algunas han quedado afuera pero eso tuvo que ver más que nada con un sentido general de darle una unidad. Quedaron varias secuencias y con cada uno fue una situación particular y tuvo más que ver con la propuesta de diálogo que se iba dando, de las ganas de participar, el interés, etc. Así se fueron construyendo casi todas las cosas. Fueron dos meses de rodaje intenso con ellos.

¿La radio en la que Gustavo trabajó existe en realidad?, ¿se hacen transmisiones reales durante todo el año?
La radio existe y se hacen transmisiones. La única “trampa” en la película fue la de hacer como que estábamos transmitiendo en realidad. No había posibilidad de hacerla si no era así. Había que esperar mucho más tiempo. Al mismo tiempo era lo mismo, porque esto pasa en realidad. Simplemente se filmó así. Podríamos haber llegado a grabar una transmisión en vivo si hubiéramos estado en el momento pero se dio así. Esto también tiene que ver con los cruces con la ficción. Al mismo tiempo nos dimos cuenta de que teníamos que empezar a hacer hincapié en el lugar, entonces queríamos que el programa de radio hablara justamente sobre eso, sobre Sip’ohi, y que presentara esos temas musicales y sonidos capturados que teníamos.

¿De qué manera te afecta en lo personal y en tu carrera la situación actual de la comunidad wichí?
A mí me pasó que, por un lado me conecté más con el entendimiento de lo que estaba pasando, que es mucho más profundo a veces de lo que se quiere mostrar. Lo cultural suele pensarse a veces más desde lo económico; la economía también es cultural. Hay que encontrar lazos para que las comunidades puedan salir adelante. Lo que necesitamos es que se puedan establecer diálogos culturales; por eso partimos desde la educación en este documental y a través de este instituto donde se forman muchos integrantes de las comunidades. De allí que tienen el título de profesores interculturales bilingües y de esta manera entran al sistema económico. La situación es mucho mejor de lo que se dice. Hay una imagen distorsionada de los medios que sostiene que el indígena está re mal y no es así. El indígena está saliendo adelante en muchos sentidos y lo hacen ellos mismos; no es que nosotros somos buenos y les damos cosas, más allá de los planes sociales que existen actualmente. Hay que pasar de un estado de situación a otro en el que hablemos de la cultura de manera más seria. El reclamo está en la película; fueron muchos años de genocidio. Ellos tienen una crítica a los invasores, eso tiene que estar. Hay como una confusión; quizá ellos no necesiten tanto de nosotros, sino nosotros de ellos. Necesitamos su ejemplo para intentar reconstruir nuestra sociedad que está en crisis. Irles a hablar desde ésta sociedad en crisis con superioridad diciendo que ellos están mal y que necesitan ayuda…no lo veo bien. Volviendo a lo económico concreto, su sistema económico lo hacen ellos mismos.

¿Qué otros proyectos en cine tenés?
Este año voy a tratar de terminar de editar una película que se filmó el año pasado. Tiene una temática parecida a esta en relación a que tiene algo cultural detrás. Justamente hace unas semanas se estrenó una película sobre payasos (Sólo para payasos de Lucas Martelli). La mía tiene algo que ver con los payasos; es otra cosa igual pero tiene que ver. La filmé en La Pampa donde crecí yo y esa es la idea. No tiene que ver con la cuestión indígena. La idea de lenguajes más marginales o que no son tan tenidos en cuenta, en este caso trabajando en mi pueblo que es General Pico con artistas locales y payasos, artistas de teatro y la música popular de ahí. Son mundos abismalmente opuestos pero que tiene que ver con ir a las periferias, no tanto con el centro.

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