Juan Pablo Russo
20/05/2013 13:51

El documentalista Claudio Remedi presenta en La historia invisible (2012), un relato sobre lo que fue el genocidio sobre el pueblo mapuche y la transmisión de los valores culturales. “La historia invisible da cuenta de esa visión histórica pero a la vez indaga en las huellas que marcan la vida de las personas en la actualidad”, dice a EscribiendoCine.

La historia invisible

(2012)

¿Qué te movilizó a filmar una película sobre perdida de la identidad mapuche? ¿Qué influencia tuvo en tu investigación Aimé Painé, una gran promotora de la cultura mapuche, que según leí fue una de las motivaciones para hacer la película?
La motivación sobre este tema surge, en principio, en mi adolescencia cuando durante la dictadura militar se festejaba el centenario de la conquista del desierto. Desde esa época me encontré con una bibliografía que otorgaba un punto de vista sesgado y estigmatizante, ya que autores del siglo XIX y contemporáneos caracterizaban al indio con no pocas adjetivaciones tales como salvaje, bárbaro, inhumano, etc.

Como contrapunto tuve la posibilidad en los ´80 de escuchar a Aimé Painé, divulgadora de la cultura mapuche. A través de su arte, su canto, sus narraciones, se percibían los valores de una cultura invisibilizada por los discursos bibliográficos y por la presencia esquemática y congelada en el pasado que nos brindan los museos.

Ya en los últimos años una importante generación de historiadores y antropólogos dan cuenta de otro punto de vista de la historia: la de un plan sistemático de exterminio de las poblaciones de Pampa y Patagonia con un objetivo meramente económico que atravesó todo el siglo XX y tiene su correlato en el presente.

Entonces La historia invisible da cuenta de esa visión histórica pero a la vez indaga en las huellas que marcan la vida de las personas en la actualidad. La identidad es parte primordial de este problema y nos preguntamos: ¿De qué forma se recupera, pese a una política que niega la existencia, o la estigmatiza? ¿qué significa el ser mapuche, sobre todo en las ciudades contemporáneas? ¿Qué valores nos puede otorgar la interculturalidad en el desarrollo de nuestra nación? Pero a la vez, ¿qué reconocimiento tendrá el estado de los territorios ocupados originariamente por todos aquellos que no descendieron de los barcos? La película intenta abrir estos interrogantes, para promover un debate que aún no está cerrado.

La película está narrada de manera no lineal y sigue a varios personajes. ¿Contános como fue el trabajo a la hora de la construcción dramática?
Hay que señalar que los proyectos documentales naturalmente varían y se modifican en el transcurso de la producción ya que la realidad impone sus propias reglas y no sería ético acomodarla en virtud de un capricho guionístico. Entonces, ciertos acontecimientos que aparecen en la película –como ser la devolución de restos óseos a una comunidad por parte del museo de La Plata o el encuentro Desmonumentar a Roca en la ciudad de Junín- ocurrieron en el transcurso del rodaje y son parte de nuestro momento histórico.

Fundamentalmente la película habla del presente y allí fuimos en busca de historias en las ciudades del sur, sabiendo que un importante porcentaje de la población tiene orígenes mapuches. Estuvimos en el Alto de Bariloche después de la pueblada de 2010 como resultado del asesinato del joven Diego Bonefoi , en Neuquén dando cuenta de cómo interviene la comunidad mapuche en la fábrica Zanón, en Fiske retratando a docentes y comunidades urbanas… Entonces se trata de una trama coral donde hay historias de vida, reflexiones y descubrimientos que confluyen en los sueños, en cómo se interpretan, qué legado nos dan para marcarnos un camino, un destino. Los documentales representan una mirada. Este es el caso de un punto de vista más acerca de este gran tema y nuestro desafío es que el público se sienta trasladado a otro mundo, a otra realidad por el espacio de 80 minutos.

La película tardó dos años en filmarse, ¿eso se debe a cuestiones de la investigación o por cuestiones de producción que hacían que el rodaje fuera así?
Digamos que más allá de la investigación previa que otorga conocimiento del tema y posibilita con mayor eficacia la transposición a cine, en el campo documental el rodaje abre constantes puertas que orientan a filmar escenas o desarrollar secuencias que no estaban en los papeles. Luego el montaje es otro espacio de creación, donde se reescribe nuevamente la estructura. Tenemos una práctica en nuestro grupo que es exhibir en primer término los documentales a aquellos que lo protagonizaron. Es otra investigación más, ya en el proceso de circulación del material, que señala aciertos y debilidades del relato. Por suerte con La historia invisible nos fue muy bien cuando la preestrenamos en Fiske y Neuquén el 12 de octubre pasado. La película no tardó dos años en filmarse, sino que se filmó a lo largo de dos años porque esto permite madurar, recrear, buscar el relato y los protagonistas de una forma profunda, a la vez que permite acompañar los procesos personales de los distintos personajes.

¿Por qué creés que todavía muchos niegan la cultura mapuche hoy en día?
Hay un pesado discurso histórico referido a que los pueblos originarios pertenecen al pasado y que se extinguieron. Se ha hablado de la última selk´nam, de los últimos tehuelches… Como dice el historiador Walter Delrío, frente a este discurso, la aparición de lo indígena hoy genera sospechas, dudas. Creo que esto es producto del gran desconocimiento que existe del tema, no hay noción de que la pertenencia a un pueblo no sólo se reduce a la carga genética sino también a la identidad cultural. Por otra parte existe una disputa por la tierra y un conflicto entre dueños privados, y comunidades que reclaman territorios. Seguir negando una cultura o construir un discurso tal como que los mapuches provienen de Chile (y en Chile decir lo mismo pero al revés) desacredita a este sector social y le resta herramientas para pelear por sus derechos. En este último caso la negación es instrumental a un interés particular.

En uno de los pasajes de La historia invisible se afirma que el estado no reconoce que hubo un genocidio contra los pueblos originarios por los reclamos que se le puedan venir, pero sí reconoce otros genocidios como el provocado por la última dictadura. ¿Pensás que en este caso es una cuestión económica o se debe a otras cuestiones? Pese a esto ves una inclusión hacia los pueblos originarios o solo son fachadas políticamente correctas
Hay varios motivos por los cuales los historiadores se inclinan en caracterizar que hubo un genocidio indígena, no sólo por lo que significaron las campañas militares en tiempos del rémington y el telégrafo, sino también por los éxodos forzados, la desintegración familiar, el trabajo esclavo, la existencia de campos de concentración -como el de la isla Martín García- y las subsiguientes políticas represivas y de control del siglo XX que decantaron en las figuras de las policías fronterizas, la gendarmería, etc. Entonces, reconocer este genocidio comprometería más a un cambio estructural en nuestro país, abriría una discusión más profunda en torno a la propiedad de la tierra, a la educación pública, al uso de la lengua. Este debate está abierto y su resolución está pendiente. No olvidemos que nuestro país reconoció el genocidio perpetrado hacia el pueblo Armenio que en gran parte del mundo es aún invisibilizado. Ahora resta saldar otra de nuestras deudas internas.

¿Cómo ves el estado del cine documental hoy?
Hay una característica histórica del documental que hace que su presencia vaya más allá de las coyunturas políticas y se imponga como mirada independiente que indaga en las contradicciones que plantean los temas. La producción de documentales argentinos es amplia, variada y representa o responde a una multiplicidad de visiones políticas y estéticas. Podría decirse que hay más producción de la que puede verse en las distintas “ventanas” (salas de cine, televisión) porque queda pendiente entre otras cosas cómo profundizar las políticas de distribución y exhibición que hoy día son muy limitadas.

Al impulso sobre el registro documental que se dio durante la crisis de 2001, se agregaron nuevas formas de producción por el advenimiento de los formatos digitales, y de las nuevas políticas de fomento que reconocieron las particularidades del género en el ámbito del INCAA. Todas estas acciones fueron movilizadas por los documentalistas antes de la sanción de la Ley de Medios.

Hoy se vive una discusión en torno la implementación de cambios en la forma de fomento del documental por parte del Instituto que las organizaciones de documentalistas no han pedido y que replantea una experiencia que funciona desde hace más de cinco años. De los realizadores dependerá entonces que las condiciones de producción y exhibición sean cada vez más amplias y pertinentes siguiendo el pensamiento que planteara Patricio Guzmán: “Un país sin cine documental es como una familia sin álbum de fotos”.

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