Ximena Brennan
10/09/2012 14:46

Tras su presentación en el BAFICI y en los Prólogos del FIDBA se estrena comercialmente El Etnógrafo (2012), de Ulises Rosell, film que relata la experiencia del antropólogo británico John Palmer quien pelea por los derechos de la comunidad Wichí. El realizador nos cuenta los detalles de su película y nos habla sobre cómo conoció al protagonista y cómo fue filmar con él en una charla exclusiva con EscribiendoCine.<--break->

El Etnógrafo

(2012)

¿Como conociste a John Palmer?
Durante el 2009 estuve dos meses viajando por el interior del Chaco, filmando una serie documental de ocho capítulos sobre Pueblos Originarios con el mismo equipo de rodaje del film. John fue el único blanco que decidí entrevistar en cámara ya que su experiencia de vida me parecía diferente al resto de los académicos que normalmente trabajan con el tema aborigen. Claramente había experimentado la interculturalidad sin miedos, con riesgos personales muy profundos, de manera directa.

El documental tiene un tinte de ficción, ¿quisiste realmente hacerlo así o se dio?, ¿retrataste las cosas tal cual pasaban o hiciste modificaciones y otros aportes al guion?
Afortunadamente las películas se construyen con decisiones, incluso cuando se opta por una mayor cuota de azar en la resolución o en el abordaje. En el caso de El Etnógrafo, al igual que en Bonanza (En vías de extinción) (2001), se trataba de identificar los temas y los personajes que interesaban y desarrollarlos en escenas factibles, que puedan ser propuestas en el contexto elegido. Las cosas nunca pasan, si nos ceñimos a lo cinematográfico. Mejor dicho pasan cosas muy diferentes si las encuadramos en un plano general o en un primer plano, o si tomamos la decisión de hacer un plano y un contraplano, o si tomamos el sonido directo o decidimos sólo poner música. En ese sentido hay que dejar en claro que es una película muy trabajada, con decisiones estéticas y narrativas en cada escena. Es verdad que hay muchísimas situaciones que no se sabe hacia dónde van en el momento mismo de filmación, pero ahí es donde hay que saber cómo mantenerse fiel a las decisiones previas o tomar el riesgo de cambiar sobre la marcha. 

El film tiene un gran contenido cultural y político, ¿qué quisiste mostrar en base a esto?
Sería un poco perezoso enunciar en dos líneas lo que quise mostrar, cuando en realidad me tomó dos años de trabajo hacer el film. Puedo mencionar que este es un momento interesante para filmar en esa zona, porque los procesos de cambio están a la vista. La imposición cultural, sus consecuencias sobre las costumbres aborígenes, está transformándolos día a día y todo el contexto tiene algo de reminiscencias de western. El desafío narrativo de la película es conectar diferentes situaciones como la explotación del petróleo, la pelea por las tierras, el oscuro procesamiento de un aborigen por abuso de menores, como consecuencias de un mismo conflicto para el que no hay ni legislación ni respuestas oficiales aun. Y contraponer una historia de amor como la de la familia de John y Tojweia, que ofrece una dimensión más inesperada y esperanzadora del encuentro intercultural.

¿Qué te hizo volver al documental después de años?
Para mí filmar implica principalmente filmar personajes. En este caso es evidente que el encuentro con John fue decisivo. Disfruto mucho filmando documentales porque la experiencia de rodaje te sumerge en otras vivencias mucho más interesantes que las de un rodaje de ficción, donde el día a día es más parecido a cargarse una responsabilidad casi empresarial. Hay que resolver jornadas en presupuesto, hay que rezarle al clima todos los días, aprovechar en tiempo el alquiler  de equipos carísimos, etc. Es un juguete muy caro. Encontrar lo lúdico en medio de esas presiones suele ser un poco más difícil. Creo que lo que me tentó esta vez fue la necesidad de volver a comprobar que una buena película puede hacerse entre cuatro personas, con una cámara y micrófonos.

Trabajaste con documentales televisivos, ¿cómo diferencias el género en la televisión y en el cine?
La diferencia fundamental es el tiempo que se le puede dedicar, 4 o 5 jornadas para un capítulo de TV, 45 jornadas mas otro tanto de trabajo de campo para El Etnógrafo. Pero mi abordaje suele ser parecido: me interesa el retrato de personajes y su contexto. Muchas veces es complicado poner esa impronta en formatos ya armados, aunque por el momento me ha ido muy bien y puedo estar satisfecho con cada programa que hice tanto para Pueblos Originarios, como para Pequeños Universos con el Chango Spasiuk.

¿Te encontraste con alguna limitación al filmar esta película?. El idioma, por ejemplo, podría ser una
Yo no hablo wichí, el idioma que se habla en más de la mitad de las escenas. En general John me anunciaba solo el tema que se trataba, pero meses después, desgravando y traduciendo, me enteraba de qué había sucedido realmente frente a cámara y aparecía el sentido verdadero de la escena. Pero este misterio no me impedía encuadrar y seguir la evolución de lo que sucedía intuitivamente, observando a los personajes. Y luego registraba alguna pregunta o mirada puntual a pedido, que me parecía que podía ayudar a entender o resultaba atractiva como imagen.

¿También tuviste que meterte un poco en la piel de John y jugar a ser antropólogo, no?
De eso habla el título de la película.

¿Seguiste el tema de la situación judicial de la comunidad y de Qa' tú?, ¿sabés en qué quedó eso?
Luego de siete años de estar preso, aun sin fecha certera para el juicio, hace dos meses finalmente la justicia accedió a la excarcelación. Hoy Qa’tú ha vuelto a su comunidad desde donde sigue reportándose semanalmente en la comisaría de Tartagal la evolución de su causa.

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