Ezequiel Obregón
09/11/2009 21:46

La realizadora estrenará este jueves el film El último verano de la Boyita, sutil mirada sobre el pasaje de la niñez a la adolescencia a través de los ojos de una niña, quien entabla una amistad con un niño intersexual. La película será inevitablemente comparada con el film de Lucía Puenzo XXY, pero su punto de partida y sus indagaciones son de otro tipo. Julia dialogó con EscribiendoCine sobre su esperada película, co-producida por los hermanos Almodóvar

El último verano de la Boyita

(2009)

Viendo tu film considero que la idea del pudor está muy presente, tal vez acompañando la mirada que tiene la protagonista. Un pudor que recorre todo el relato.
No es nada impuesto. Si quisiera quitármelo, no sé si quedaría bien. Me parece que tiene que ver con un respeto al tema. Hay una responsabilidad en trabajar con gente, con niños, en trabajar ciertos temas. Tiene que ver con eso, y con respetar el espacio del otro.

Me gustaría que me hables del casting, los dos niños logran desempeñarse de una forma muy espontánea, ¿cómo fue el proceso para llegar a ellos?
Fueron dos procesos distintos. En el caso del chico, es alguien a quien conocí hace tres años, entablé con él una relación personal. Es decir, no tuvo que ver con un casting, sino con conocer a alguien. En el caso de Guadalupe sí fue un casting. Buscamos nenas en Buenos Aires, en Rosario… Y ahí la búsqueda era de otro tipo. En ambos casos fue muy importante María Laura Berch, la entrenadora de los chicos, con quien trabajamos escena a escena, momento a momento. No hubo que memorizar muchos diálogos, la idea era trabajar de la manera más espontánea posible. La idea era ayudarlos a jugar, y a tener una mirada sobre lo que estaban haciendo para que no se convirtieran en autómatas. María Laura también hizo el trabajo para Una Semana Solos (Celina Murga, 2008). Es una persona muy talentosa. 

En cuanto al guión, ¿había una estructura imposible de modificar? ¿O se fueron produciendo cambios durante el rodaje?
Lo que fue muy trabajado fue el guión en cuanto a su estructura dramática. El orden de las escenas, el por qué... Eso fue lo más trabajado, no tanto las líneas de diálogo ni las acciones físicas. Eso fue más buscado en el momento. Igual los diálogos estaban escritos, pero se podían modificar en torno a cómo fluían. Lo lindo en cuanto a tener un guión muy sólido es que pudimos incorporar muchos elementos de la naturaleza. 

La película se va construyendo desde los opuestos: el pueblo y el campo, lo masculino y lo femenino, el mundo adulto y el mundo infantil. En cuanto a la cuestión del género, hacia la época del film (los ’80) existían muchas menos certezas sobre la intersexualidad. ¿Qué mirada sentís que tiene el film sobre este asunto, y qué mirada tenés vos?
Dentro de la película, aparece la idea del aislamiento, el “no saber”, y creo que lo que la película plantea más que una sola lectura o mirada sobre el tema es una apertura, una pregunta, una duda. Y sobre todo una aceptación, que está muy lejos de la palabra “tolerancia”, porque me parece que la palabra “tolerancia” es algo negativo. No es tolerancia, es –de alguna manera- aceptación y celebración de la diferencia. Y eso es lo que siento como mi mirada hoy. En ese momento, a esa edad, hay cosas que no tienen nombre. Ellos no hablan de intersexualidad. Hay una situación de cierta ambigüedad. De alguna manera más rica, porque sino todo termina siendo una etiqueta. Es algo a lo que la película rehuye todo el tiempo: la etiqueta. Cuando Jorgelina escucha lo clínico se tapa las orejas. No lo quiere escuchar, porque nadie debiera ser reducido a un cuadro clínico, intersexual, heterosexual o lo que fuera.

Inexorablemente tu film va a ser comparado con el de Lucía Puenzo. ¿Cómo pensás este tema? Yo siento que ambas películas tienen una mirada sobre la intersexualidad, pero parten y llegan a lugares muy diferentes. ¿En qué medida creés que El último verano de la boyita puede aportar nuevos acercamientos sobre la cuestión?
Supe de la existencia de la película de Lucía básicamente cuando yo tenía el guión terminado, hacia la época del casting. Esto ya estaba bastante avanzado. Si bien tienen un punto en común, tienen muchas diferencias. Y creo que la mayor diferencia es que mi película es sobre el final de la infancia y sobre distintas complejidades. No siento que sea una película que se centre en la intersexualidad solamente. Se niega a tratar de reducirla como una explicación médica, hormonal o ética. Trata de mantenerla en un espacio más amplio. Son dos películas que dialogan. Las dos tienen la bella instancia de no cerrarse sobre el tema, no juzgar ni dar por cerrado el tema. 

Elegiste contar la historia desde el punto de vista de una niña. ¿Cómo concebís la infancia a partir de esta singular mirada, tan permeable a la curiosidad y a la tolerancia tantas veces ajena al mundo adulto?
Creo que esa curiosidad es una especie de gran capital de la infancia. Ese desprejuicio... Muy pronto después, hacia la pubertad, aparece como esa necesidad de formar una norma, que luego en la adolescencia se vuelve a romper. Hacer la película fue ponerme muy en contacto con cosas de la infancia muy mías que tenía olvidadas. También me puse en contacto con los chicos, ya desde el casting. Uno se va acordando de pequeñas cositas que son como joyitas. El tema de la habitación, esbozado a comienzo de la película. En un momento entrevistamos a tres hermanas, y la menor decía estar contenta porque ahora tenía una habitación propia. Cuando entrevistamos a las otras dos nos enteramos que seguía durmiendo en la habitación de ellas, porque no se bancaba dormir sola todavía. Lo bueno de estar en contacto con chicos es que te recuerdan un montón de cosas.

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