Hernán Panessi
28/09/2009 19:23

Como un Jean Luc Godard moderno, Alejo Moguillansky nos entrega una historia sobre la velocidad del cine, la persecución y cierto ostracismo (¿voluntario?). Se trata de su segundo largometraje, Castro, que ha tenido la suerte de ser premiado en el último Bafici como mejor película dentro de la competencia argentina. Escribiendo Cine tuvo la oportunidad de cruzarse con el director quien nos otorgó interesantes reflexiones cinéfilas.

Castro

(2009)

¿Por qué Castro y Todos mienten se estrenan juntas?
Ambas películas han tratado de generar el espesor de un cine no reactivo al mundo, en el que la novedad o la imprevisibilidad no sean sinónimos de pesadez o hermetismo. De ahí el intenso intercambio con artistas, actores, músicos, coreógrafos, de ahí que los roles del equipo tiendan a confundirse, y los sonidistas manejan autos a 100 km por hora en toma, y los actores hacen las veces de grip, y maniobran el carro de travelling de manera milimétrica. Hace varios años que con Piñeiro pensamos y miramos el cine juntos. Las ideas de uno viven en la película del otro. Alguna frase de algún diálogo se ha colado en el film de al lado. Una misma modalidad de producción atraviesa ambas películas.

He aquí, entonces, dos films complementarios, o colegas, o hermanos, en su haraganería paranoica y en su hiperquinesis melancólica, que además de compartir actores, y cámaras, comparten el intento de empujar al cine hacia lugares en los que todavía no es.

¿Qué es Castro?
Castro es el nombre un personaje. Es el personaje que huye. Durante toda la película no hace sino huir. Digamos que huye de manera casi ontológica. En cierto sentido es la historia de sus múltiples destierros, hasta llegar al último destierro. Detrás de él van una serie de personajes y la película se estructura como una gran persecución. ¿Por qué lo persiguen? No importa. Lo que importa es que lo persiguen, y es en esa forma donde el film se va regenerando y girando como un motor fuera de borda que ha empezado a girar en falso y no parará hasta que ocurra una tragedia. Siempre ví al film como una tragedia.

¿Cómo surge la idea del film?
Hace tiempo que ese personaje (Castro) holgazanea dentro de mi cabeza. Quizás el punto de partida sea la lectura de la novela Murphy, de Samuel Beckett. Esa novela inspira, ligeramente, la idea original de la película, en términos de estructura y personajes y, finalmente, cierto espíritu que habita y sobrevuela el film.

Por otro lado hay en la película un elemento coreográfico que era una de las ideas primordiales cuando pensábamos en ella antes del rodaje. Queríamos incorporar elementos que vienen quizás del mundo de la danza contemporánea y contaminar al film de ese diálogo. La bailarina y coreógrafa Luciana Acuña empezó como una colaboradora y terminó siendo una parte fundamental en el trabajo directo de la factura de cada plano. Ella, el fotógrafo Gustavo Biazzi y yo, empezamos a formar en algún momento del rodaje una tríada que organizaba los movimientos buscando sorprendernos y contradecirnos a cada paso que se daba.

¿En qué o quién te inspiraste para filmarla?
Hay que decir que mucho del personaje de Castro está inspirado, o deliberadamente adaptado, del actor que lo encarna: Edgardo Castro. Hay una serie de actitudes que son en la película “normales” que en el mundo real limitan con lo excéntrico, lo esotérico, con algo completamente corrido de lugar. Ese lugar tan corrido tiene mucho que ver con Edgardo Castro y su modo de pasar por este planeta. Por otro lado hay en la película un registro de cierta zona de Buenos Aires: Parque Patricios fundamentalmente, cierta parte de Barracas, algo de Pompeya, y ese epicentro urbano que es Constitución. Hay un pensamiento en la película, que tiene que ver con registrar la ciudad, y pensar pasajeramente en ella como un generador de ficción. Es decir, que la ficción no preceda de manera estricta al rodaje, sino que los lugares registrados por la película sean los que la promueven. Es ahí donde Castro, siendo un film tan corrido de lugar, se vuelve dentro de nuestras cabezas un film realista. El carácter de las locaciones de la película, esa “saturación de lo urbano”, es el primer motor del carácter explotado que tienen los personajes y las peripecias de Castro.

Hay, finalmente, cierta melancolía en el film. Cierto espíritu romántico que no tiene que ver de manera directa con lo que veníamos diciendo. Allí la música, el piano, de Ulises Conti, juega un rol preponderante y se conecta con las vísceras del film.

Como montajista de Castro figura Mariano Llinás, ¿cómo llegan a trabajar juntos?
Con Llinás compartimos, hace ya casi nueve años, una productora, El Pampero Cine (dentro de la cual también se cuenta a Agustín Mendilaharzu y Laura Citarella). De todas maneras la primera vez que trabajamos juntos de manera verdadera en un largometraje fue en Historias Extraordinarias, dado que él nunca había trabajado previamente en mis asuntos con el cine ni yo en los de él. En aquella película yo hice –junto a Agustín Rolandelli- el montaje. En Castro la idea original era que yo hiciera el montaje solo, dado que soy montajista. Sin embargo los tiempos de producción de Castro fueron completamente desmedidos y veloces: el último día de rodaje fue el 10 de febrero de 2009, y el film se estrenó el 1 de abril en el Bafici. En esa carrera vertiginosa necesité de una mirada que no sea la mía para organizar un poco el mundo de la película. Ahí Mariano Llinás fue una persona clave, en la re-estructuración de todo el relato, no tanto en el fino, en la terminación musical del film, sino en su forma más global, en el terreno más estrictamente narrativo. Además Mariano Llinás fue, junto a Laura Citarella, productor del film. Sospecho que también para él fue una experiencia novedosa, dado que él está acostumbrado a otro tipo de elementos en sus films. Es, en ese sentido, un poco un disparate esa muletilla de la crítica del “Grupo Llinás" con el que tanto insisten a falta de otra cosa. Es reconocible que Mariano Llinás ha generado ciertos rasgos capaces de definir cierto estilo de films. Considero que este film, Castro (y aquí la hermandad con el film de Matías Piñeiro, Todos mienten, cobra un sentido concreto) no sólo no está en esa línea, sino que está en las antípodas de esa línea poética. Cuando la crítica insiste en meter estas dos películas en el mismo horizonte estético que Historias Extraordinarias están haciendo todo menos ver las películas. Antes de empezar los rodajes de Castro y Todos mienten llegamos incluso a bromear con una crítica obstinada y necia que iba a ligar estas películas a la visible cara de Llinás (con frases como Factoría Llinás o símiles) por el hecho de que él figuraba como productor en Castro y El Pampero Cine (junto a Revólver Films y la FUC) en Todos mienten. Finalmente esa parodia está ocurriendo.

¿Qué sensaciones tuviste ante el premio que recibiste en el BAFICI?
Es importante ese reconocimiento. El film mantiene un riesgo formal en todo momento. Junto con Todos mienten de Matías Piñeiro, son films que procuran la búsqueda de la novedad en cada plano. Al mismo tiempo me da la sensación que no son películas que salgan deliberadamente a discutir, sino que se caracterizan más bien por un signo positivo. No son films que estén hechos a partir de restricciones formales, o que vengan a decir “el cine debería ser así” de una manera pseudos-canónica. Me parece que más bien señalan lugares desconocidos en donde el cine también está y no se lo busca. En ese sentido son films entusiastas y apasionados, pero que necesitan de un reconocimiento para no manifestarse como mero ruido dentro del mapa del cine.

Si me preguntás puntualmente por las sensaciones, bueno, estoy muy contento.

Siempre suelo preguntarlo, ¿cuál es tu película favorita?, ¿por qué?
Tengo varias predilecciones, que pasan por Rohmer, Antonioni, Rosellini, Tati, Renoir, Godard. Dentro del mapa actual los films de Hong Sang-Soo, Kyoshi Kuorosawa, Bruno Dumont son las cosas que más me han interesado.

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