El Árbol de Lima
Una de cítricos
Por Nicole CartierComo otras, ésta es una película basada en hechos reales. Pero a diferencia de muchas, la última película de Eran Riklis, el realizador israelí más destacado de su país con siete obras estrenadas y una octava en post-producción, no cae en una trama predecible y anticipativa. El tema central es la dignidad, y la premisa que lo acompaña asegura que las cosas no valen por sí mismas, sino por el valor que nosotros les damos.
Salma Zidane es una viuda palestina, madura pero hermosa, que vive del lado de los Territorios Ocupados en la frontera con Israel. Junto a su humilde casa yace la plantación de limoneros que heredó de su padre y que le permite sustentarse económicamente. Las cosas se tuercen cuando el Ministro de Defensa de Israel se muda con su mujer a una casa vecina que limita con los añejos limoneros de Salma. Por seguridad, el Ministro autoriza la poda de los árboles. Pero Salma dispuesta a pelear por sus raíces, no tendrá temor de plantarse; incluso frente a la Corte Suprema de Israel.
Lo que perdura después de ver el film no es tanto el conflicto con los limoneros, sino toda la subtrama que se entreteje mientras tanto. No deja de lado una referencia tan importante como es el tema del Medio Oriente, pero lo cuenta desde “personas reales, con historias reales” como lo dice la misma Salma frente a los jueces.
Otra encarnación de la realidad es Mira Navon (Rona Lipaz Michael), la mujer del ministro, quién afectada por la fortaleza que tiene Salma para defender su dignidad, termina por descubrir la punta de un iceberg: su vida aparentemente perfecta la abruma de infelicidad. Imposible no prestar atención a la relación amorosa que se pone en juego entre Salma y Ziad Daud (Ali Suliman), su joven abogado; resaltando las cuestiones de ética y moral que se generan alrededor.
Hay un vínculo logrado entre el ritmo de la película y el del personaje de Salma (Hiam Abbass). Todo sucede de manera orgánica, el tiempo del relato coincide con el tiempo de la historia, no sobran escenas ni faltan palabras. La resolución del caso genera intriga, pero no inquieta.
Para Salma Zidane vale más su campo de limoneros que la indemnización económica que le ofrece el estado de Israel. Para Mira Navon vale más su integridad que una casa lujosa y un marido importante. Para Ziad Daud vale más un amor imposible que la esposa indicada. Estas valoraciones pueden ser eternamente discutibles, pero nunca más reales.
El Árbol de Lima es una película que hace honor a su fruto. Ácida, sí, pero noble y reluciente también.

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