Incómodos
Aquellos Viejos Tiempos
Por Ezequiel ObregonLa ópera prima de Esteban Menis lo revela como un director atento a los detalles, consciente de una propuesta estética elaborada y a la vez dirigida mayormente a un grupo generacional cercano a los 30. Incómodos es un film que encontrará ejes de resonancia con el cine de Wes Anderson y Aki Kaurismaki, pero que sin lugar a dudas está arraigado a perspectivas, estilos y citas bien locales.
Nicolás (Santiago Altaraz), Alfred (Iván Moshner) y Abril (Carolina Tejeda) viajan a Miramar en pleno invierno con diferentes propósitos. El primero es un muchacho de treinta y pico que se traslada para arrojar las cenizas de su abuelo y, de paso, reconciliarse con su novia, sin saber que ella decidió convertirse en su ex de forma definitiva. El segundo, un cuarentón que trabaja con su padre en un supermercado (y que de tanto en tanto recibe un golpe por parte de éste), viaja junto a Nicolás para inscribirse en un patético concurso de baile sincronizado. Si bien el baile es grupal, ha decidido ir sólo luego de que sus compañeros lo hayan dejado de lado. Alfred lleva a Abril, que aprovechará la ocasión para reencontrarse con su familia tras ocho años de distancia.
Estamos frente a personajes erráticos, depresivos, cuyas vidas no encuentran camino, teñidos de un patetismo que –por fortuna- el realizador atenúa para poder encontrar en ellos una buena dosis de calidez y ternura. El humor absurdo del film va en sintonía con esas cualidades, sobre todo en lo que respecta a los aspectos generacionales que el relato explora. Es así como aparecen en los diálogos menciones a los yogures y botellas de agua minera que en otros tiempos se regalaban en la ruta 2, la reminiscencia del espíritu heroico (del cual los personajes de Incómodos carecen) de Volver al futuro, y otras citas que hablan de tiempos en donde la fantasía les permitía a ellos imaginar un mejor destino.
En contraposición del mundo desencantado, inhóspito, casi minimalista por el que deambulan Nicolás, Alfred, y Abril, Menis inserta una serie de secuencias que ponen en tensión la medianía en la que viven. En uno de ellas, Alfred se encuentra –casi en una atmósfera lynchiana- a Juan Gujis, su admirado conductor de El show del clío, quien lo alienta a seguir con sus deseos. Es una secuencia cargada de sentido, que en otras circunstancias puede parecer ridícula, pero que en el contexto de su aparición ofrece una mirada complementaria con la necesidad de afecto que atraviesa al personaje.
Planos estáticos, una elaborada fotografía que resalta los colores primarios (como infantilizando el ambiente), y una discreta banda sonora que reproduce al leve entusiasmo que los personajes tienen en el viaje, conforman un universo compacto muy bien elaborado. Hacia el final, Abril contempla tres personajes casi idénticos a ellos. Un verdadero salto ontológico que se bifurca en universos paralelos, una mirada absurda y a la vez crítica, un grito de ayuda para un mundo que presenta iguales a nosotros pero cuyas soluciones se disfrazan de viajes de ensueño que terminan de forma abrupta.

Facebook
Twitter
