Rolando Gallego
06/01/2021 09:45

¿Cuál es el propósito para que una película como El joven doctor (Running for Grace, 2018) finalmente llegue a estrenarse, siquiera online, tras años de haber sido presentada en varios países con diversa suerte? Seguramente la respuesta se de en la intencionalidad con la que la narración de la imposible relación entre los protagonistas llegue a buen destino pese a todos los obstáculos que el guion les propone.

El joven doctor

(2020)

Ni a Alberto Migré o a Abel Santa Cruz se le hubieran ocurrido los bordados con los que esta propuesta, dirigida, escrita y producida por David L. Cunningham (Más allá del deber), intenta llevar adelante una épica historia de amor enmarcada en el Hawái de 1920, diezmado por una peste y en donde un multimillonario mantiene su poderío a fuerza de la explotación de campos de café y otros cultivos. Al lugar llega un médico (Matt Dillon, que hace lo que puede con la historia) con el objetivo de ayudar a la clase acomodada a mantener su salud en medio de una devastación económica y política del lugar.

Sin conciliar con las medidas que le informan, este médico “adoptará” al pequeño Jo, un niño huérfano que ha perdido su madre en medio de la pandemia y que sabe que podrá ayudarlo a relacionarse con la población del lugar, además de asistirlo en sus tareas diarias.

Jo (Ryan Potter) al igual que Grace (Olivia Ritchie), hija del poderoso hacendado, que tiene prohibido relacionarse con los nativos del lugar, aún sean estos médicos o pretendan serlo. Y ahí está la clave de la historia, en cómo Jo aprenderá del médico a ayudar y recomponer la débil salud de los más vulnerables, mientras anhela encontrarse a escondidas con esa mujer a la que ama profundamente. Pero como esto es un relato melodramático clásico, se sumara el condimento de la llegada de un nuevo doctor (Jim Caviezel), quien pretenderá a la joven, con el único objetivo de quedarse con la fortuna de su padre.

Telenovela cinematográfica, plagada de estereotipos y lugares comunes, el principal inconveniente que presenta esta propuesta es su nula capacidad para suavizar los trazos gruesos con los que se configuran los personajes, un universo dramático en donde los malos son malísimos y los buenos pecan de ingenuos e incautos.

Una estética publicitaria, que esconde la intención de vender el paradisíaco escenario de Hawái, además, imposibilita que sea tenido en cuenta como un largometraje que refuerza sus valores para contar una historia trillada, ya que omite esforzarse para aggiornar el relato a los tiempos que corren.

Si bien Grace se rebela, al cumplir casi a rajatabla los mandatos impuestos por su padre, como así también las órdenes que su abuela imparte, en ese espíritu libre con el que se intenta delinearla, no alcanza para superar el tiempo que se dedica a casi ridiculizar los encuentros, las miradas, los acercamientos, de una pareja que no posee química alguna en la pantalla.

Como en esas telenovelas de antaño, en donde el beso se hacía esperar capítulos y capítulos, en El joven doctor todo se demora, y esa morosidad termina por invalidar su origen y destino, un público ávido de romance y “good feelings movies”, algo que por el contexto de la epidemia que se narra, además, tampoco puede ser tomado como positivo.

Almibarada por demás, con una estética barroca, difuminación de contornos y paleta de colores estridente, es en la utilización de actuaciones de manual, exageradas, exaltadas, donde está el principal inconveniente de todo, además en su puesta en escena televisiva, que recuerda a aquellas malas películas de Hallmark, El joven doctor es un film que atrasa en todos los sentidos que se pueda imaginar.

2.0

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