Fernando Brenner
25/11/2020 22:15

Hace algo más de un año Chile era un hervidero absoluto de protestas, resistencia y enfrentamiento contra el poder enquistado hace varias décadas. A más de uno sorprendió esas cotidianas e hipermasivas marchas que movilizaban a millones de personas. Un poco como parte de ese germen, han sido las intransigencias juveniles, los deseos de reconocimiento, las necesidades insatisfechas de adolescentes frente a un status quo que no se bancaban. Este muy sentido film, opera prima de Luis Alejandro Pérez, muestra a un fragmento de esos “cabros” que quieren abrirse camino, donde hay obstáculos o simplemente paredes infranqueables. Piola integra la Sección Latinoamericana del 35 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata

Piola

(2020)

Los protagonistas de este par de historias que finalmente se cruzan, son jóvenes que andan saliendo de la pubertad para comenzar a enfrentar ellos mismos la vida hacia la mayoría de edad. Martín y Charly integran la banda rapera De la Urbe para quienes el hip hop es “su casa, su hogar” que los protege. Martín vive con sus padres y su hermana, solo dedica su tiempo a la creación musical –sonidos electrónicos y un decir de frases y sentencias que hacen a la esencia del rap. Y este con contenido realista, cercano, vital. Nada de “leseras”, termino en Chile para frases y cuestiones estúpidas. O sea no canta huevadas. Pero si se enfrenta constantemente a su padre (el veterano y siempre solvente Alejandro Trejo) a quien suele no darle mucha bolilla. Como dice aquel, “está en otra”. Charly está mal separado de su mujer, con quien tuvo un hijo y ella no se lo permite ver, dado que él nunca se ha hecho cargo de nada. Aunque trate de convencer a todos que solo trabaja (mal, a desgano, llegando tarde) en una casa de fast food, para que con esa “pega” poder llevarle el sustento al hijo. Él en la banda se hace cargo de la beatbox o sea la simulación bocal y gutural de ritmos, ruidos y sonidos.

En la otra historia de vida que nos muestra Pérez, está la Sol, una muchacha que vive con su madre, con la que se lleva aparentemente bien. Ella estudia en el Liceo y es muy buena arquera de mami futbol. Curte, más o menos, con un tatuador que pololea con otra. Ama a su perra Canela, una bóxer que un día se escapa de la casa, por culpa de la madre, según el análisis de Sol. Sale a buscarla en bici. Mira fotos y videos de las dos. Otro día va a clavar en árboles y postes, fotocopias con la cara de su perra donde dice “Se Busca”. Su madre la acompaña. Tal la desesperación que empiezan los cortocircuitos entre ellas. La escena de Sol con su madre cuando discuten en el auto es de una intensidad apabullante, creíble e impactante, que atrapa y provoca en el espectador mucha tensión.

Martín, Charly y Sol, todos se llevan mal con sus mayores. Martin y Charly están preparando un primer videoclip con el anuncio de esta grabación en una FM hiphopera. La llegada de los pacos (los carabineros chilenos) aborta la filmación del mismo y en su huída Martín es atropellado por Sol que le hurtó el auto a su madre. Como diría Rubén Blades, la vida te da sorpresas. Y este hecho les reperfila las suyas.

El director Luis Alejandro Pérez ha marcado su relato mediante diversos capítulos a los que segmentó con títulos como Martín encuentra un arma, Sol busca a Canela, Charly llega tarde, El atropello, Todos se van y Tren. Que de algún modo describen diversas cuestiones que se narran en el film. Más allá de las disímiles escenas, lo interesante es que optó con su opera prima en dotarla de una narración pausada, regulada, sin caer en ese lugar clásico para este tipo de películas, con ritmo trepidante o con un montaje histérico. En algún lugar se cruza por distintos motivos con otros films chilenos como Mala leche (2004) de León Errazuriz, Te creís la más linda...(Pero erís la más puta) (2009) de Che Sandoval, Volantín cortao (2013) de Aníbal Jofré y Diego Ayala, y Perro bomba (2019) de Juan Cáceres.

Fue rodada en la comunidad de Quilicura al norte del área metropolitana de la capital Santiago, ambiente que el director conoce por ser nyc de allí. Con personajes de clase media baja en plena crisis económica y que como dijimos formó parte de esa aparente calma silenciosa que vivía el país trasandino hasta principios de octubre del año pasado cuando los chilenos dijeron basta. Filmada en menos de un mes, lo que se dice cine de guerrilla como sinónimo de producción bien indie, con herramientas básicas pero de firmeza profesional.

Sus tres criaturas (que van dejando de serlas) son Max Salgado (Martín) en su debut y por el cual ganó el Premio al mejor actor en el último Festival Sanfic; mientras que René Miranda (Charly) e Ignacia Uribe (Sol) andan por su tercer film respectivo. Por lo aquí expuesto estos tres comediantes que están haciendo sus primeras armas, tendrán una más que productivas carreras –post pandemia- por delante.

7.0

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