Rolando Gallego
12/10/2020 19:06

La fotógrafa y artista visual Malala Lekander presenta su película Minga (2019) en la Competencia Oficial de Largometrajes argentinos del 16 FestiFreak, una hipnótica propuesta en la que a partir de un pensado ensayo documental, se desarrolla una potente idea sobre los espacios y los hombres.

Minga

(2019)

Con una cuidada puesta y acompañamiento de cámara, se asiste a un hipnótico deambular de obreros, vehículos y viviendas, que trabajan la movilidad de casas en el sur del país, y por medio de esto nos acercamos de manera casi antropológica a una manera de reflexionar sobre el habitar y deshabitar los espacios.

La cámara fija, en el arranque, contextualiza el universo del cual hablará Minga, esa elección seguramente corresponde al medio de donde proviene la directora, desplegando su conocimiento sobre luz e imagen en una toma que permite adentrarse en el mundo que mostrara.

Sobre ello avanzará con la convicción también de hablar desplegando una mirada distinta sobre los espacios, en donde la precariedad, pero también la practicidad de construcciones movibles, configuran un universo completamente ajeno para aquellos que habitamos de toda la vida las grandes urbes, con enormes habitáculos de cemento como viviendas.

Aquí, la habilidad de Malala Lekander radica en mostrar ese universo diferente para los citadinos, y en donde la rusticidad del clima y suelo patagónico configura el marco ideal para reflexionar sobre la vida en sociedad, lo público y lo privado, y también, en tiempos de confinamiento, cómo los espacios determinan la vida de quienes habitan los lugares.

Un módulo se retira, al momento un hombre ingresa en el espacio aledaño, nada hace suponer que en ese poner y sacar, casi como jugando con piezas de encastres, puede permitirse el sufrimiento y el dolor de no pertenecer más a quien lo habitaba.

El lente se apasiona por aquello que se muestra, enormes estructuras que soportan el peso de casas de alguna manera prefabricadas y que son enviadas de unos terrenos a otros, en donde una vez más servirán para albergar historias, nuevas, y entrelazarse con aquellas que ya se tejieron dentro de aquellas cuatro paredes.

Lo que en un primer momento parece mera contemplación, con el correr de los minutos termina por hablar, desde la ausencia del lenguaje, de un mundo ajeno pero cercano, y que gracias a su fuerza visual genera rápidamente un extrañamiento en el posible espectador del relato.

Minga hábilmente potencia los sonidos e imágenes que presenta, para desarrollar una atrapante danza, un ballet impensado, en la que materiales nobles, fuerza humana y máquina, terminan por consolidar ideas sobre la existencia dentro de aquellos espacios que se muestran, lugares que trascienden a sus habitantes y que permiten imaginar nuevas historias para nuevos huéspedes.

8.0

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