Juan Pablo Russo
27/06/2020 12:57

La primera película chilena original de Netflix difiere mucho de lo que fue el debut de la señal de streaming en su primera producción argentina.Nadie sabe que estoy aquí  (2020) no se compara en nada con La corazonada (2020), mientras la primera asume riesgos narrativos y estéticos dando como resultado un producto compacto y original, la segunda recurre a una serie de clisés y obviedades para ofrecer un film mediocre sin ningún tipo de vuelo artístico.

Nadie sabe que estoy aquí

(2020)

La ópera prima de Gaspar Antillo está protagonizada por el actor Jorge Garcia, una de las figuras de Lost, en el rol de Memo Garrido, un solitario y callado hombre que vive junto a su tío (Luis Gnecco) en una granja cercana al lago Llanquihue trabajando en la curtiembre de pieles de oveja. Pero más allá de lo que se ve en la superficie Memo esconde un pasado traumático. Con una voz privilegiada para el canto y un futuro provisorio, de niño, viviendo en Miami junto a su padre, Memo que sufría de sobrepeso, por “sugerencia” de un productor es obligado por su progenitor a prestarle la voz a un niño con el look cool pero sin talento para el canto. En el presente Memo, sueña con las luces de la fama robada, mientras lee las memorias de quien triunfó gracias a su voz. Pero un hecho imprevisto hará que una mujer lo rescate del olvido y tal vez le devuelva la fama.

Antillo, ganador del premio al Mejor Nuevo Director en Tribeca 2020, construye un relato enigmático, tan sutil como sólido desde lo narrativo, utilizando una puesta en escena plagada de silencios y miradas pero con giros inesperados que rompen con una estructura calcina dominante a través de algunos detalles en los encuadres y en el uso del montaje, para poner el foco en aquellas situaciones que tienen que ver con la imagen y el talento, la fama y los sueños, el dinero y el abuso, la mentira y la desilusión.

Nadie sabe que estoy aquí, que no solo remite al título de una canción sino también al aislamiento social voluntario al que se somete Memo, se nutre por momentos de una estética pop minimalista alternada con reiterados planos generales y aéreos que se contraponen a la prisión traumática en la que encuentra inmerso el protagonista, víctima de una industria superficial y un padre abusador.

8.0

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