Rolando Gallego
19/11/2019 14:33

Agustina Massa (Beatriz Portinari. Un documental sobre Aurora Venturini) explora en su nueva película Tanya (2019) las posibilidades de resiliencia humana ante hechos irreversibles que opacarían la vida de muchos, pero que en la construcción cinematográfica del personaje, posibilitan la comparación y la continuidad de la vida ante lo inevitable.

Tanya

(2019)

Una de las escenas más bellas de la película no tiene que ver con la protagonista, o sí, sonidos de tren desembocan en un pequeño juego infantil del que el medio de transporte es parte de él, con luces, colores y sonidos, la directora posiciona al espectador con un preámbulo que adelanta la particular afición de Tanya, ucraniana residente en Argentina, por los juguetes.

En otra escena la mujer ingresa a un local de peluches. Pregunta el precio de varios, una Pantera Rosa gigante se posiciona como el objeto preferido de ella, le dicen el costo, se aleja, pregunta por otros más. Uno no sabe bien qué acontece entre ella y los objetos, hasta que comienza a desandar los pasos del relato, en donde el acopio de artículos, parte fundante de su hogar, habla de cómo a partir de la multiplicación de cosas suplen una ausencia enorme en su vida.

La cámara la acompaña a ella y su marido en rutinas, en cenas, en charlas, en discusiones, en labores cotidianas, en la preparación de la llegada de visitantes, en el desarrollo del oficio del pastelero de uno, en la obsesión por la creación de imágenes homenajes del otro, acumulando impresiones y anécdotas que pintan a estos personajes como fuertes protagonistas de su apasionante vida.

El dolor se lo sugiere en la esforzada tarea por recuperar a su hijo icónicamente. Hay una especial necesidad de Tanya de reproducir mecánicamente imágenes de XX en llaveros, colgantes, en portarretratos. La novia de él lo ayuda a manipular técnicamente fotos. Si la necesidad de la mujer por verlo vívido en escenarios que tal vez nunca haya siquiera visitado le dan paz para resolver cuestiones personales, bienvenido sea, pero hay algunos pasajes en los que todo se torna muy macabro, y Massa no escapa, con su cámara, a eso.

“Quiero la mirada así, no está muy sonriente”, declama Tanya, y la joven que la asiste le cuenta todo lo que pueden llegar a hacer con las fotos. El programa que utilizan comienza a borrarle el color al globo ocular, en ese momento se transforma algo que supuestamente sería bello como recuerdo en algo completamente siniestro.

Y entre ambos mundos, ese universo de fantasía y recuerdos, y la inevitable necesidad de asirse a aquello que nunca se podrá recuperar, Agustina Massa devuelve una mirada luminosa sobre la vida, sobre pequeños momentos y situaciones que trascienden la inevitable e irreversible realidad, facilitada por la suavidad de los objetos innecesarios y la suavidad de los peluches que desea la protagonista.

8.0

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