Juan Pablo Russo
16/11/2019 12:13

Luego de varios años sin filmar, su último trabajo data de 2011 con Un amor, la directora argentina Paula Hernández regresa al cine con Los Sonámbulos (2019), película que puede ser leída como una relectura de La ciénaga (2001), de Lucrecia Martel, veinte años después.

Los Sonámbulos

(2019)

Una familia de clase media acomodada venida a menos se reúne en una casa de campo para pasar juntos las fiestas de fin de año. Los conflictos no tardan en aparecer y con ellos los reproches, celos, indiferencias y demás cuestiones que hacen que la convivencia se torne insoportable.

La historia de Los Sonámbulos comienza con una adolescente desnuda que camina dormida por la casa. Su madre (Erica Rivas descomunal como siempre) la llama para que despierte. Elipsis temporo-espacial y la familia que conforman junto a Luis Ziembrowski está en un automóvil yendo al campo. Ese comienzo no es casual sino que resulta el prólogo para una historia sobre una serie de personajes que caminan dormidos para no ver lo que sucede a su alrededor y que tal vez les llegó la hora de despertar.

Hernández construye un relato coral sobre un grupo familiar de personajes muy disimiles que se encuentra baja el ala protectora de la matriarca interpretada por Marilú Marini, controladora de todo y a la que todos satisfacen más por cierto interés que por afecto. A medida que las horas transcurren, y un nuevo personaje se suma a la reunión (Rafael Federman) los conflictos no tardan en aparecer. Primero superfluos como la asignación de habitaciones, luego medianos como la noticia de que la casona está en venta y finalmente trágicos.

Los Sonámbulos dialoga con la ópera prima de Lucrecia Martel por lo que cuenta, casi como si se tratara de un desprendimiento de la historia y uno de esos personajes atravesó el tiempo y el espacio para repetir los errores del pasado. La diferencia subyace en la manera de contar el relato, mucho más lineal y narrativo y de la forma personal de trabajar una puesta en escena sutil, de primeros planos gestuales y diálogos para nada impostados. Aunque también hay claras referencias a cierto tipo de cine francés contemporáneo donde los conflictos familiares están a la orden del día pero siempre evitando el regodeo intelectual que lo caracteriza.

Con un punto de vista femenino, visualmente elegante, actuaciones que siempre están al límite pero que nunca derrapan y una tensión latente que se respira en el aire y que se incrementa de manera sutil hasta que la bomba hace que todo estalle en mil pedazos, la historia de Los Sonámbulos es como uno de esos retratos familiares que está en un lugar estrátegico de la casa pero que a pesar de verlo a diario uno nunca mira. Hasta que un día uno se cansa y lo estrella contra la pared.

8.0

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