Fernando E. Juan Lima
19/05/2019 12:12

No soy de aquellos a quienes el “basado en hechos reales” le añade algo de valor a una película; incluso tampoco si esa conexión con la realidad tiene que ver con la propia vida del realizador. De hecho, le escapo a los biopics y tampoco me interesa demasiado el cotilleo o lo que tiene que ver con la vida personal de la gente de cine, más allá de la pantalla.

Dolor y gloria

(2019)

Poniendo en pantalla retazos de su deriva vital un realizador puede hacer buenas o malas películas (más allá de que en todas, de una u otra manera ello aquella impronta o influencia estará siempre presente). Basta pensar en otra película de Almodóvar en la que la auto-referencia era bien clara, La mala educación (2004), y su casi unánime rechazo por parte de la crítica (soy de los pocos por aquí que la ha defendido y sigue haciéndolo), para verificar que esa relación, que ese vínculo, es solo un dato al que puede prestársele o no atención, pero nada indica sobre las bondades o méritos de la obra.

Si Dolor y gloria (2019) entra directo al podio de las mejores películas del director de La ley del deseo, Tacones lejanos y Todo sobre mi madre, no es en modo alguno por demérito de una obra que en su totalidad resulta valiosa, personal, interesante, sino porque logra ser indisoluble, intrínsecamente almodovariana, sin recurrir a esos artilugios con los que el sello del autorismo sirve para ocultar la reiteración, la autocomplacencia y la comodidad del plagio a sí mismo.

La historia está contada en dos tiempos. En la actualidad, el director de cine protagonista de la narración, aquejado en sus actuales cincuentitantos por múltiples dolencias, está un poco alejado de todo; la Filmoteca está por estrenar la copia restaurada de una película suya de hace 30 años, y eso le permite volver a ponerse en contacto con el actor de ese film, con quien está peleado desde entonces. Por otra parte, ya desde el inicio, en el que la ensoñación de un flotario lo remonta al pasado, vemos apuntes de su niñez, sus primeros deseos y (quien sabe) el germen de otra película. Cine y teatro, placer y sufrimiento, sexo y drogas, el amor y la potente presencia de la madre, todos tópicos perennes en el cine de Almodóvar en un remolino que (como sucede siempre con él) es casi imposible de enumerar. Hay algo menos de delirio en las vueltas de tuerca (quizás por esa relación con “los hechos reales”), pero sólo un poco; ya sabemos que en la España donde el surrealismo y el esperpento forman parte del cotidiano, aquel delirio asumido con tanta resignación como gracia es tan natural como el respirar.

Por eso mismo no tiene sentido reseñar la trama. Con lo dicho creo que uno puede hacerse una idea. Por lo demás, siempre nos interesa más el cómo que el qué. La elegancia con la que Almodóvar combina tiempos y colores, y la maestría para dirigir actores (Antonio Banderas y Penélope Cruz están simplemente perfectos; y son actores, que salvo cuando son dirigidos por Almodóvar, casi nunca lo están) nos dejan literalmente en un estado parecido al éxtasis. La composición de Banderas permite que suframos con él sus dolencias, su amaneramiento nunca resulta excesivo y si bien la barba entrecana hace que en algún perfil adivinemos el del Gran Pedro, lo suyo no es la mímesis estúpida ni intento superficial de imitación. Una gran película que cuando termina hace que uno tenga la sensación de que recién empieza, que se quede con ganas de más, que podría seguir viendo una hora más, y otra, y otra. Así de buena es Dolor y gloria.

10

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