Fernando E. Juan Lima
17/05/2019 11:06

Si algunos se habían quedado afuera de la hermosa Aquarius (2016) porque la consideraban demasiado explícita o panfletaria, prepárense para Bacurau (2019) de Kleber Mendonça Filho, ahora codirigiendo con Juliano Dornelles.

Bacurau

(2019)

Cosas que suceden en el mundo del cine, momentos de crisis importantes en un país generan una explosión de creatividad y movimientos que no dejan de sorprendernos. El avance de la ola bolsonarista (que amenaza incluso al sector cinematográfico) ha generado en todo el gran país vecino una cantidad de películas que, muchas veces desde los géneros (sobre todo el terror, recordemos la genial As Boas Maneiras, de Juliana Rojas y Marco Dutra, El club de los caníbales, de Guto Parente o Inferninho, de Guto Parente y Pedro Rojas) se mete de lleno con el difícil presente y el ominoso futuro.

Estamos ante una película que no por urgente y quizás hasta fechada, deja de tener unos cuantos aspectos para destacar. En primer término, la manera en que imbrica algo de la historia del cine brasileño que nos remonta al Cine de Liberación y Glauber Rocha, con la utilización de los géneros (en este caso, incluso algo de western) de un modo salvajemente político, un poco a la manera del Carpenter de They live!

Un pueblito perdido en del noroeste de Pernambuco (el Bacurau del título) ve cómo a los habituales problemas ligados con la ausencia del Estado se suma la aparición de un grupo de extranjeros (estadounidenses, para más datos) que por alguna razón que no conviene revelar, comienza a atacar a los habitantes de ese caserío que, sugestivamente, desaparece de los mapas y pierde conexión con el mundo exterior. Sí, no es momento de sutilezas: cuerpos desnudos y calientes (porque no consumen los medicamentos en los que, se dice, se contrabandean sustancias que disminuyen la libido en el resto del país), drogas y armas, gore y violencia. La presencia además de Sonia Braga y Udo Kier regalando, una vez más, inolvidables interpretaciones.

Imposible no pensar en los contactos y las diferencias con la producción francesa Los miserables (2019). Si bien ambas películas se refieren a un fenómeno compartido de exclusión y ausencia del Estado, e incluso cuando ambas se propone una especie de utopía que podría parecer a primera vista similar, la carga ideológica es bien distinta. La película francesa asume el punto de vista de la policía; la muestra corrupta e ineficiente. Pero también “humana”, obligada a hacer lo que puede con lo que tiene. Los lazos que ligan al poder del Estado (representado por la policía) con la mafia y la religión institucionalizada son evidentes y subrayados por la narración. En ese sentido, la oposición encabezada por los jóvenes opera como reacción, no sabemos (está fuera de campo) cómo logra algún grado de cohesión; es un exabrupto, un vómito de violencia que hasta podría servir de algún modo para justificar la represión. En el caso de Bacurau la violencia no es menos explícita, sin embargo hay una idea de construcción política, de resistencia, de necesidad del pueblo de armarse para defenderse que la ubica en un lugar muy distinto. Aquí mafias, religión y Estado no hacen sino explotar (y hasta matar) a la población, pero así como el sexo y las drogas juegan un rol distinto (aquí, a diferencia de Los miserables, poseen un costado de placer y de goce) la organización para resistir no implica igualar los distintos ejercicios de violencia.

8.0

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