Rolando Gallego
15/04/2019 14:16

Ingresar al universo que propone el film de Isabelle Dupuis y Tim Geraghty no es fácil, porque generalmente las películas sobre artistas bucean en sus vidas para luego, desde el ejemplo, multiplicar enseñanzas sobre la importancia del esfuerzo y la pasión en el trabajo para alcanzar los objetivos. Aquí la elección de los materiales con los que se reconstruye la vida de Peter Gruzdien, como su transformación en objeto de discurso, no hace otra cosa que intentar darle cierto brillo a una vida plagada de dolor y sufrimiento que golpea al espectador con cada fotograma.

The Unicorn

(2018)

Peter Grudzien fue el primer artista country en grabar un disco abiertamente gay. Su música, convertida en ícono, lo llevó a lugares inimaginados para su existencia. Disfrutó de su momento pero esa época pasó, y aquello que tal vez fuera anecdótico, por el quiebre que significó para ese estilo musical recibir una propuesta con un significado impensado por ese entonces, marcó a fuego a él y su familia, persiguiéndolo hasta sus últimos días como su peor amenaza

The Unicorn (2018) revisa materiales que en muchas ocasiones fueron registrados por el propio Grudzien en su vivienda, una casa abarrotada de objetos que terminó convirtiéndose en su propio lugar de encierro sin posibilidad de continuar explorando la calle para sus hechos artísticos. Los directores refuerzan su recorte, su registro, invitando más al rechazo que a la aceptación en el visionado.

El músico vive con Terry, su hermana gemela, y su padre, y habitan el espacio pero sin una convivencia armónica, cada uno bajo el mismo techo construye su propio relato, y en esa multiplicación de testimonios, Dupuis y Geraghty, comienzan a deambular la historia de ese disco, para rastrear algunos de los sucesos que han llevado tanto a Peter, Terry y su padre, a un estado lamentable de vida y decadencia.

Generalmente el cine sobre músicos/artistas, propone un viaje por el meteórico ascenso de los mismos, con detalles sobre los highlights, la superación de obstáculos, y hasta -si se quiere- la construcción en bronce de los íconos de los que se habla. Pero en el caso de The Unicorn el recorrido es al revés, porque desde la decadencia, desde la destrucción del mito, del subrayado del estado de las cosas irreversibles en las que se encuentran, se comienza a construir una mirada lúcida y sin lugares comunes sobre Grudzien como fenómeno, como pensador, como lúcido exponente de la bohemia musical, que encontró en bares y lugares clandestinos la posibilidad de imponer otras miradas a cerrados estilos musicales.

El artista tuvo su momento hace mucho tiempo, pero tampoco recuerda con bonhomía esa época, porque sus memorias remiten a tiempos anclados a su casa, a las múltiples cirugías estéticas de Terry, arrastrado por su padre a terapias de electroshock con secuelas que hasta sus últimos días lo acompañaron, con las que se intentaron borrar su homosexualidad, y con cada descarga, también, la posibilidad de seguir creando en un mundo que lo alejó sin ofrecerle el lugar que merecía tener.

8.0

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