José C. Donayre Guerrero
14/04/2019 23:52

La película Ojo de mar (2019), dirigida por Pavel Tavares y Benjamín Garay, se centra en la exploración ambiental de una zona de la Patagonia. Prácticamente sin diálogos es un viaje a un pequeño lugar tan real y a la vez tan onírico. Un lenguaje propio basado en que el espacio se manifieste por sí mismo. Sin atisbos ni intervenciones logra que sean los paisajes los que mantengan la expresión escondida y silenciosa de cada uno de sus habitantes. 

Ojo de mar

(2019)

Una cultura sincrética en Neuquén, en lo alto de las cordilleras, respira su propio tiempo. Continúa su vida entre el paso de cada una de las estaciones mientras que su poder radica en su gente, en sus creencias, en su fe. Una fe que se mueve en silencio y los aboca a seguir su camino. Una película profunda que se resume en pocas palabras, pues su poder está en la forma visual, casi como una poesía donde conviven, paradójicamente, el silencio y el ruido.

La gran virtud de la película es poder extraer de un mundo real su lado más escondido. El otro lado que resulta más expresivo. Sin duda que apunta a ser contemplativo en su totalidad y consigue colocar al espectador en una postura de testigo. En este caso en un punto de vista cerca de un pueblo contenido en su propio ritmo, viviendo el clima y sus ritos. Lo importante es lo que mueve sus día a día y aquello que los mantiene vivos. Conseguir ese gesto donde se perciba un sistema que existe por sí mismo es lo mejor que tiene.

Pero ese gesto, antes mencionado, parte desde la belleza de sus imágenes. Todas tiene mucha fuerza. La obsesión por la observación, por el sonido natural, por el fuego de los rituales. El objetivo siempre claro de conseguir otros matices en su registro simple. Por ejemplo, muestra a los animales vivos a campo abierto en las montañas y luego dándoseles muerte por la necesidad de sus habitantes. Todo eso conlleva a captar la idea de cultura atrapada en un espacio y tiempo que puede volverse extraña y onírica. Por ejemplo, la mirada perdida de los viejos; es decir, la vida y la muerte en una sola imagen.

Al final se puede criticar su languidez, ciertas imágenes que pecan por exagerar el formato turístico, pero es una experiencia. La película se arriesga a capturar aquel tiempo detenido que a la vez se mueve. Las estaciones sirven de indicadores del espacio que es un personaje más, y queda aún más claro al empezar con los exteriores para terminar en los interiores de las casas de los habitantes y dilucidar en sus rostros otra lectura más para este lugar inhóspito. Esta vez el pasado, el futuro y la historia. Y así hasta que finalmente llega el invierno y el color amarronado de la cordillera y el verde de los árboles se vuelven blancos y nuevamente el circulo va a comenzar. Un viaje del viento, un viaje de colores. Emotiva e interesante pieza que se toma en serio su propio desafío visual.

6.0

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