Nicolás Quinteros
08/04/2019 01:03

Francis Wolff, es una eminencia en filosofía clásica. Profesor emérito del École Normale Supériere de Paris, tiene dos pasiones. Como él mismo sostiene, una es universalmente aceptada: la música; la otra, es vergonzosa: las corridas de toros. En Un filósofo en la arena (2018), los realizadores Aarón Fernández y Jesús Muñoz acompañan a Wolff por diversos países en donde la afición por las corridas de toros sigue viva.

Un filósofo en la arena

(2018)

La cultura de la tauromaquia no está atravesando su momento de mayor esplendor ya que arrecian las críticas sobre la brutalidad del espectáculo. Pero Wolff no es un fanático, ni un cruzado. Simplemente es un apasionado. Aunque claramente, la defensa de la tauromaquia le sirve para provocar, para reflexionar sobre temas que van más allá de la fiesta brava.

El protagonista del documental es un personaje fascinante. Y si bien, como cuenta el documental, en un principio se resistió a participar del proyecto, Wolff se siente cómodo ante las cámaras, desplegando un gran sentido del humor y desarrollando con claridad sus argumentos sobre los valores del espectáculo. Sabe manejar los tiempos de la comedia, se inmiscuye en el proceso del rodaje de la película y se enfrenta a sus realizadores cuando no está de acuerdo con alguna de las decisiones artísticas.

Sin embargo, Fernández y Muñoz por momentos parecen olvidarse de su protagonista, y transforman su película en un simple documental de “cabezas parlantes”, plagado de testimonios que muchas veces sostienen la misma postura blandiendo argumentos similares. En esos momentos, extrañamos a Wolff.

Cuando el filósofo vuelve a aparecer en escena, la película vuelve a iluminarse. Más allá de su pasión por la tauromaquia, esta le sirve como punto de partida para reflexionar sobre las tradiciones culturales, la moda de la “liberación animal” y hasta incluso sobre la muerte.

Su presencia en el [21] BAFICI (donde forma parte del jurado de la competencia de derechos humanos), nos permitió conocerlo tras la función y pudimos confirmar que si los realizadores no hubieran desviado el centro de la película de su protagonista, Un filósofo en la arena sería mucho más que un documental simplemente correcto.  

7.0

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