Emiliano Basile
01/04/2019 14:53

John Lee Hancock se ha ganado la fama de director polémico al realizar las biografías de personajes malditos relativizando su accionar. Filmó la vida y obra del responsable de convertir en franquicia internacional a McDonalds y apoderarse de la marca en Hambre de poder (The Founder, 2016) y al ladrón del cuento Mary Poppins a su escritora con El sueño de Walt (Saving Mr. Banks, 2013). Ahora es el turno de los asesinos a sangre fría de Bonnie & Clyde en Emboscada final (The Highwaymen, 2019).

Emboscada final

(2019)

Producida por y para Netflix, la película protagonizada por Kevin Costner y Woody Harrelson cuenta la historia de dos ex Texas Ranger (cuerpo especial de agentes del departamentos de seguridad de Texas, EEUU) puestos en carrera nuevamente para atrapar a los ladrones de bancos idolatrados por la gente Bonnie y Clyde. Los hombres de pasado violento se suben a un Ford y conducen la carretera (Hombres de la carretera es la traducción literal del título original The Highwaymen) en tiempos de crisis económica tras los pasos de la pareja de forajidos admirada por asaltar a los enemigos públicos número uno del pueblo: los bancos.

La película no escatima en detalle y, como su director John Lee Hancock acostumbra, deja suelto el asunto del idilio y de la pobreza promovida por los bancos para entrar en controversia con el accionar de los protagonistas, a quienes también construye como personajes malditos. Se menciona también el tema de las escuchas ilegales que instala Edgar J. Hoover al mando del FBI, y la violencia desmedida ejercida por la ley. Pero en este “compensar la balanza” Emboscada final toma postura y elabora una difícil noción de “lo correcto versus lo oscuro” (hablan literalmente de oscuridad al referirse a los fuera de la ley).

El eje, punto de vista y empatía está puesta en los Texas Ranger siempre, y hasta justificada su violencia en un extraño “no queda otra”. Claro, la película los plantea humanos que asumen las consecuencias de sus actos pero, lejos de mostrarlos como tales, los justifica en sus desmanes como seres que simplemente reaccionaron ante circunstancias extraordinarias. La cosa se pone más oscura si trasladamos la época de la película a la actualidad, con un Trump salteándose la ley en pos del orden.

Si nos separamos por un segundo de la nefasta línea ideológica que la película maneja vemos a un Kevin Costner en una suerte de fusión de su utópico Eliott Ness de Los intocables (The untouchables, 1987) y a su parco y violento Wyatt Earp de la película de 1994. Sin mucho esfuerzo su Frank Hamer le calza perfecto mientras que Woody Harrelson compone realmente un personaje con matices al interpretar a su socio Maney Gault, llevándose los mejores momentos de la película y sacándola de la previsibilidad que el final conocido por todos anuncia.

“El mundo está perdiendo la cabeza” dice Gault con certeza en alusión al comportamiento de la gente y de los medios con el caso. Palabras que resuenan en la actualidad aunque la manera de mejorar ese mundo no es precisamente homenajeando asesinos a sueldo como hace esta historia.

6.0

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