Alejandro Turdó
20/03/2019 16:23

El director Santi Amodeo eligió salir de su más reciente letargo detrás de cámara con Yo, mi mujer y mi mujer muerta (2019), uno de los recientes móviles para los histrionismos más versados y frecuentemente visitados dentro de lo que es el oficio de un actor de la talla de Oscar Martínez.

Yo, mi mujer y mi mujer muerta

(2019)

Martínez interpreta a Bernardo, un estricto docente y arquitecto que enviuda sorpresivamente. La vida sin su esposa demuestra ser un poco más complicada de lo que creía, y en medio de todo esto decide cumplir el deseo de la difunta de cremarla y esparcir sus cenizas en la costa de Málaga, en España. A partir de este punto, bastante avanzado en el relato, el personaje comenzará una suerte de viaje circular en el más clásico de los sentidos narrativos, a través de un periplo que -por supuesto- lo irá transformando.

Los rasgos que evidencian ese aire familiar a coproducción argentino-española están a la orden del día y concentran buena parte de su ímpetu en el personaje interpretado por el ibérico Carlos Areces (Las brujas, Balada triste de trompeta, Mi gran noche), una suerte de sidekick de Bernardo en Málaga. El viudo descubre que su mujer tenía una vida totalmente diferente cuando veraneaba en esas costas.

Si por algún motivo alguien llega a ver sólo los primeros 30 o 40 minutos del film difícilmente podría imaginar todo lo que sucede después. Parecen dos películas en una: primero un drama sobre la perdida de la pareja de toda la vida y cómo sobrellevarlo, y por otro las desventuras de un hombre rígido y estricto obligado a salir de su zona de confort en pos de develar los secretos de su difunta esposa. Y como si esto fuera poco ambos "momentos" son interconectados por situaciones que aluden a lo paranormal, para nunca ser retomadas a posteriori ... curioso por decir poco. No es necesario siquiera recurrir a ninguna clase de spoilers en el caso que hayan visto algún trailer o avance de la película, el cual de por sí revela de manera poco sutil el quid de la cuestión.

Oscar Martínez hace un trabajo correcto en base al material con el que cuenta, aunque por esta misma razón no estamos ante una performance que sacuda ningún paradigma. Bernardo es una suerte de extensión de su Daniel Mantovani en El ciudadano ilustre (2016) pero perdido en una picaresca que se esfuerza bastante por disimular esto último.

6.0

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