Emiliano Basile
25/01/2019 16:38

Cuando uno creía que ya lo había visto todo -o casi todo- en materia cinematográfica aparece una película como Suspiria (2018), la remake del clásico del cine de terror de Darío Argento que duraba 94 minutos y ahora se transforma en una obra operística de 154, fastuosa en sus pretensiones a un límite casi imposible de digerir. Eso sí, tiene algunas imágenes imposibles de olvidar.

Suspiria

(2018)

Sussy Bannion (Dakota Johnson) llega a la mítica casa de danza comandada en Alemania por Madame Blanc (Tilda Swinton) donde reemplazará a otra estudiante desaparecida en misteriosas circunstancias. Raras cosas suceden en el lugar mientras un veterano psiquiatra (también Tilda Swinton) investiga a pedido de Patricia (Chloe Grace Moretz), otra ex bailarina. Una extraña fuerza maligna utiliza los cuerpos danzantes como un ritual satánico mientras se apodera de los mismos.

Luca Guadagnino, que adquirió reconocimiento internacional hace un par de años con la intimista Llámame por tu nombre (Call Me by Your Name, 2017), se embarca en este grandilocuente proyecto dividido en seis actos y un epílogo. Cómo film de terror no puede catalogarse, tiene un ritmo lento y la acción tarda en llegar, pero una vez que lo escabroso se apodera de la pantalla se incrementa minuto a minuto, llegando a límites imposibles de ver y creer en un verdadero e inolvidable festival gore.

El realizador italiano sigue con un meticuloso trabajo sobre los cuerpos ya presente en su film anterior. La insinuación y sugerencia están a la orden del día en la primera parte, la seducción de la danza en la segunda para luego armar unas coreografías por montaje donde el baile se funde con los siniestros asesinatos. Esa combinación mortal explota en las geniales escenas finales donde el goce por lo macabro bañan la imagen de un espeso color rojo.

Sobre el final la tragedia encuentra su razón de ser (que aquí no adelantaremos) dando motivos que no estaban en la original a los sucesos anclados a la condición humana. La película se vuelve existencial y operística -hay un cantante de ópera en pantalla en medio de la truculenta escena final- que buscan elevar a un nivel superfluo a una película que, tal vez, no necesitaba de un registro tan serio para ser contada.

Pero si de algo no quedan dudas es el riesgo estético y formal que asume esta nueva versión. Justo cuando las remake se contentan con ser apenas correctas y recordar a la original, Suspiria siglo XXI rompe todos los cánones y se anima a profundizar hasta las entrañas sus mas oscuras premisas.

8.0

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