Juan Pablo Russo
08/11/2018 15:05

El cine habitualmente cuenta historias de hombres que deben partir del pueblo donde viven y alejarse de sus familias durante una temporada por un trabajo que se les ofrece, casi siempre precario, pero con El llanto (2018) Hernán Fernández narra el lado B de lo que normalmente se muestra: las que se quedan.

El llanto

(2018)

Elías partió a la ciudad por un trabajo y Sonia quedó sola en el pueblo. Ella está embarazada de varios meses y su rutina es automática. Va al médico, al almacén, está en su casa y se refugia en la religión. Sonia espera la vuelta de Elías, la llegada del hijo y algo que la saque de la monotonía en la que habita. Sonia aguarda cada día los llamados de Elías como si fuera el hijo que está por nacer.

Fernández construye una ficción con los dispositivos del documental observacional para retratar el universo femenino de las mujeres que quedan a cargo del hogar cuando el hombre debe partir por la necesidad de un trabajo. Lo hace a través de encuadres simétricos, largos planos secuencias, que se repiten casi sistemáticamente –como los días de Sonia-, y la utilización de una fotografía lúgubre, añejada, melancólica, en sintonía con el estado que atraviesa a la protagonista.

El llanto es una película sobre la angustia contenida, la soledad, las carencias, los desarraigos y la necesidad de otra vida. Sobre las búsquedas personales y la necesidad de conformarse con lo que se tiene. Ese resulta el eje sobre el que se edifica una historia anacrónica que en épocas de feminismo se percibe como fuera de época.

5.0

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