Emiliano Basile
23/10/2018 14:51

Pocas veces el cine argentino habló de la complicidad civil en la última dictadura militar -La larga noche de Francisco Sanctis (2016) es uno de los pocos ejemplos- con la claridad que lo hace Rojo (2018), la contundente tercera película de Benjamin Naishtat donde narra y describe con maestría el clima enrarecido previo a la intervención militar de 1976.

Rojo

(2018)

En una de las secuencias más hipnóticas que ha dado el cine nacional, Claudio (Dario Grandinetti) discute con un hombre (Diego Cremonesi) en un restaurante. La discusión se transforma en pelea afuera del local y culmina con un intento de suicidio. Tres meses después aparece un detective (Alfredo Castro) preguntando por el hombre. El clima de violencia enrarecida se apodera de la escena en la Argentina de 1975.

Rojo no sólo describe los oscuros comportamientos de los argentinos “qué sólo quieren trabajar y vivir en paz”, sino que utiliza el lenguaje cinematográfico de aquellos años para adentrarnos –como un viaje en el tiempo- en la espesa atmósfera que se respiraba entonces. Lentos movimientos de cámara, zoom, música de entonces y sonido mono, son algunos de los recursos que le dan una estética setentera a la película. Pero no se trata de un mero regodeo estético sino de situarnos en la experiencia de revivir esos tiempos que, lejos de generar nostalgia nos ponen los pelos de punta. Así sucede también con la prepotencia percibida en las relaciones sociales, las soluciones violentas a conflictos simples, y la frialdad e indiferencia para justificar una falta evidente de sensibilidad social en los “ciudadanos comunes”.

Con estas actitudes se presenta una clase media oportunista, viendo cómo acomodarse a una inminente intervención de las juntas militares. Pero el tema excede la época y el lugar para resignificarse en la actualidad. Podemos entender la película como una fábula que abre múltiples sentidos -la variedad de metáforas desplegadas en el relato así lo demuestran– para poner en escena el fascismo arraigado en una cultura. La publicidad de Bonafide es uno de los ejemplos concretos.

Por suerte Rojo no abusa de los diálogos sino que dispara todos estos temas desde una acción concreta: la pelea casual y la consecuencia cuasi criminal elegida por Claudio, el abogado que compone Dario Grandinetti. La trama policial estructura y la puesta sensorial expresa el río subterráneo que subyace el –aparentemente- normal funcionamiento de la sociedad.

Benjamin Naishtat hace su mejor film a la fecha, con tan sólo 32 años y tres películas en su haber, propone una visión categórica sobre el estado de las cosas. Y lo hace demostrando un dominio perfecto del dispositivo cinematográfico combinando a la perfección argumento, propuesta estética y discurso audiovisual. De este modo el relato trasciende el lugar y la época, porque ya sea el clima previo a la dictadura militar o el neofascismo actual, los comportamientos hipócritas, violentos y deshumanos son los mismos y nos definen como sociedad.

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