Benjamín Harguindey
19/09/2018 15:30

Milla 22: El escape (Mile 22, 2018) es un thriller de acción con una premisa sencilla y efectiva que no tarda en sabotearse a sí mismo con un montaje que promedia planos de uno a dos segundos y vuelve ininteligibles todas las escenas, ya sean simples conversaciones o enrevesadas secuencias de acción. El director Peter Berg ha sintetizado las peores costumbres del thriller post-9/11 en una película que las reúne todas, desde lo formal y lo estético hasta lo ideológico.

Milla 22: El escape

(2018)

El principio es aunque sea prometedor porque evoca la destreza de un Michael Mann al orquestar una sofisticada redada en la que agentes encubiertos sitian una guarida rusa. Otra escena, un extenso tiroteo a mitad de la calle, parece ser una cita directa a Fuego contra Fuego (Heat, 1995). Evidentemente hay una buena coreografía detrás de las secuencias de acción - en especial las que involucran a la estrella de La redada (The Raid, 2010), Iko Uwais - pero Berg ha cometido el equivalente a rayar su propia película al montarla de manera tan confusa.

Como en Búsqueda Implacable 3 (Taken 3, 2014), en la que Liam Neeson no puede saltar una cerca en menos de 15 cortes, Milla 22: El escape tritura indiscriminadamente todas sus escenas en cientos de pequeños y nerviosos planos en un equivocado intento de falsificar emoción e intensidad. Se deduce que el frenético montaje enmascara un producto mundano y poco atractivo. La película está poblada por personajes gritones y desagradables - con Mark Wahlberg a la cabeza - que más que hablar deliran, y sus diálogos son tan prescindibles que no pueden completar una oración sin que la cámara se distraiga con cualquier otra cosa. Tal es la desesperación de la película por alentar una llama que no está ahí.

La trama no provee un contexto claro o fuerte, y la película demora alrededor de una hora en resumir todo lo que ha pasado, aclarar qué está ocurriendo y determinar cuál es el objetivo. El quid esencial es que una peligrosa substancia ha caído en las manos equivocadas y un equipo de agentes encubiertos está cargo de recuperarla. Liderados por Silva (Wahlberg), el equipo llega a un país tercermundista genérico con la misión de escoltar al informante Li Noor (Iko Uwais) las 22 millas que lo deparan de un avión a cambio de información clave.

Conste que esta premisa es en realidad la consigna del tercer acto, y que nada de lo que lo antecede importa al público o a efectos de la trama, salvo por un detalle del principio que prepara un giro. El mismo no es particularmente sorpresivo pero es lo más parecido que la película tiene a un momento interesante, por irónico. El final en sí es insatisfactorio y cae como una necia apuesta a que algún día una secuela proveerá a la película una conclusión.

Con un protagonista insufrible (nunca mejor descrito cuando su superior le ordena a gritos “Deja de monologar, maldito bipolar”), un elenco de personajes mal caracterizados, un talentoso artista marcial sacrificado en el altar de un montaje nauseabundo, diálogo puramente expositivo y un guión flojo e incoherente, el producto final queda al nivel de un proyecto de vanidad del peor Steven Seagal.

2.0

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