Juan Pablo Russo
18/09/2018 01:15

La directora chilena Marialy Rivas (Joven y alocada, 2012) transita con Princesita (2017) por el mundo de la pedofilia y las sectas a través del vía crucis de Tamara, una niña víctima de la manipulación religiosa.

Princesita

(2017)

Basada en la historia real de una secta religiosa que abusaba de menores de ambos sexos, la segunda película de Rivas comienza como un cuento de hadas y termina como una noche de brujas. El cielo, el purgatorio y el infierno por el que transita una niña según su propio punto de vista sobre los hechos que la envuelven es el eje de un relato sobre el horror.

A  través de la mirada, el usa de la voz en off y una cámara que no descuida ni por un segundo su punto de vista, seguimos a Tamara (Sara Caballero), una adolescente de 12 años elegida por Miguel (Marcelo Alonso), el lider de una secta, para engendrar a su hijo, una especie de Mesías que continuará con la misión comenzada por éste en el plano terrenal.

La manipulación y la perdida de la inocencia se convierten así en los temas centrales de una película que evita caer en los estereotipos de la morbosidad y el amarillismo para mostrar, con sutileza y sin subrayados, cómo, a través de la palabra, las drogas alucinógenas, el chantaje emocional, la mentira, la seducción, el terror y el aislamiento del mundo exterior, las sectas captan a los más vulnerables para utilizarlos como esclavos.

Con sensibilidad y sin golpes bajos ni efectismos, Rivas trabaja una puesta en escena perturbadora, evitando mostrar más de lo necesario. Para contar el horror utiliza el fuera de foco, recurre a primeros planos, desencuadres y a una fotografía que vira de la saturación del dorado a las sombras, que junto a un sonido envolvente y una banda sonora climática, transmiten el peor de los calvarios al que puede ser sometido un niño que cree que las más crueles perversiones son parte de la normalidad. 

7.0

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