José C. Donayre Guerrero
13/09/2018 22:06

Segey (2018), documental de Pedro Barandiaran, es una pieza emotiva y sugerente sobre un apátrida ruso perdido en Argentina. La historia surge de un misterio absoluto e indescifrable, atractivo por su lenguaje visual, donde todo se vuelve extraño y divertido. Una visión expresionista, como un pequeño cuento alemán o del Este más siberiano, más glacial, diseñado en Latinoamérica. En blanco y negro y con lo más bello de lo grotesco de la ciudad de fondo como un personaje más, casi diseñado a cartón y pintado como acompañante.

Segey

(2018)

Segey Spivak nació en la antigua URSS y llegó a Argentina donde le pusieron, simplemente, Sergio. Arribó en 1997 por una oferta laboral en la ciudad de La Plata pues es un pintor que se formó en el Museo Hermitage de San Petersburgo. Sin embargo, no tiene patria, no es ruso y al mismo tiempo si lo es, aunque haya nacido en la URSS, vivido en Marruecos y tener paso en varios países, no puede ser reconocido como proveniente de ahí por distintos temas legales: Es un hombre sin identidad. De baja estatura, con una mirada y forma de caminar, particular, es un artista con movimientos infantiles, con voz de adulto, que se mueve como un extranjero en una ciudad que ya es suya, y que habla un español que muy poco se comprende, pero que se le entiende muy a pesar de todo. Un afán cautivante lo rodea en su más intrínseca soledad.

La puesta dramática de la vida de Sergio es de lo mejor. La búsqueda de extrañeza de un mundo natural convierte todo en una pieza visual elocuente. En lugar de hacer un reflejo natural de un extranjero que está lejos de su país de origen, intenta ir más allá y encuentra una mirada personal, manierista, centrada en el detalle, en las figuras, en las sombras, en las miradas perdidas, en las líneas del rostro opaco y perdido y ahí es donde nos hace referencia al expresionismo alemán, con cuerpos y voces dispares que se encuentran y se desencuentran, en la importancia de la oscuridad y de lo onírico, todo potenciado por la puesta de cámara y la ventaja del uso del blanco y negro. Siempre creando texturas, siempre incrementando el drama.

No hay duda de que hay un aire onírico en cada escena. Como Andrei Tarkovski que intento hacer una película de ciencia ficción desde un mundo natural como sucede con la ciudad en Solaris (1972) donde en una famosa escena, un hombre va en una avenida urbana, en silencio dentro de un auto y lo vemos ir perdido en sí mismo, bajo túneles y acompañado por el sonido de los autos que van a toda velocidad. Tarkovski decía que la ciencia ficción estaba en nuestro propio mundo. Una escena larga, en blanco y negro y que la duración, la manera como está montada, nos vuelve todo extraño, como fuera de este mundo. Segey es justamente eso: Lo enrarecido cautiva, el mundo se vuelve un eterno sueño, como aquella escena donde Sergio habla con su hijo a través de una pantalla como un fantasma o un médium que evoca seres del más allá. Y a la vez, como un cuento de Kafka tenemos preguntas, la vida de Sergio queda llena de incógnitas, no se puede definir qué pasó, quién es con exactitud, y sin embargo, lo podemos hacer. Es posible que su propuesta visual hace languidecer la película, pero sabe a lo que está apuntando y con cada momento lo va consiguiendo.

7.0

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