Emiliano Basile
04/09/2018 14:36

El multifacético Rodrigo Vila (Mercedes Sosa, la voz de Latinoamérica, Boca Juniors 3D, La Película) realiza una producción clase B para el mercado de habla inglesa. Recurre a todos los clichés efectistas, y parece más preocupado por demostrar el buen manejo de los mismos que por contar una historia.

El último hombre

(2018)

El argumento nos presenta al traumado Kurt Matheson (Hayden Christensen), un excombatiente que vivió 17 mil y pico de días y no pudo superar un trastorno por la muerte de su mejor amigo. En el universo pos apocalíptico en el que vive la desesperanza crece segundo a segundo hasta que conoce al “pastor Noé” (Harvey Keitel), una suerte de mesías que todavía cree en la raza humana. Paralelamente Kurt consigue trabajo y se enreda con la hija del jefe (Liz Solari) y un matón (Rafael Spregelburd) lo busca para ajusticiarlo.

El inicio anuncia el apocalipsis con una tormenta exagerada digitalmente. El clima opresivo se percibe en la iluminación en penumbra y los espacios de encierro sobrecargados. Es que todo en la película está en exceso, desde los elementos de la puesta barroca, pasando por los mencionados efectismos hasta las aclaraciones de un guion redundante en cuanto al clasicismo que maneja. Como si Rodrigo Vila estuviera interesado en demostrar que puede incursionar en un cine a imagen y semejanza del americano con un equipo técnico y artístico argentino en su mayoría, manejando códigos genéricos y haciendo uso y abuso de los golpes de efecto.

En esta línea se construye la figura del héroe atormentado que encuentra su camino en la vida, derrota al villano, salva a la chica y aporta para un nuevo comienzo de la humanidad. La trama del elegido se fusiona con una ciencia ficción apocalíptica. Todo subrayado tres veces, mediante acciones o diálogos que no dejan lugar para la interpretación y/o reflexión alguna.

Esto no es malo per se, es decir, si la progresión argumental funciona y la acción dramática crece, uno puede llegar a perdonar los clichés de los muchachos que atormentan al protagonista y deviene en una coreográfica escena de lucha a puño y patada, o la innecesaria pero sensual escena de sexo. Pero aquí no funciona el relato que se enrosca en sí mismo. Porque a la linealidad del género de acción se le agrega el filosófico planteo acerca del fin del mundo volviendo a la película ambiciosa y desmedida.

La participación de Harvey Keitel en un rol secundario eleva cada escena en la que el actor de Un maldito policía (Bad Lieutenant, 1992) aparece. Sin embargo, la falta de matices en su personaje –al igual que en el resto- desdibuja su performance. Tal vez una cuota de humor hubiera hecho digerible tanto lugar común en una película sobre el apocalipsis, que termina siendo un apocalipsis cinematográfico.

3.0

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